El antisionismo religioso judío

El antisionismo religioso es más antiguo y más amplio que Neturei Karta. Este artículo distingue sus corrientes, sus argumentos —no solo teológicos, también éticos— y examina la lógica que lleva a la facción más pequeña a aliarse con los enemigos declarados de Israel.

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El antisionismo religioso judío
Foto: Hasidic Men on Street - Borough Park - Hasidic District - Brooklyn - New York - USA by Adam Jones

Cuando el sionismo político nace a fines del siglo XIX, no lo hace como la expresión natural de una tradición religiosa. Durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, la mayoría de la judería ortodoxa consideró que la idea de un regreso organizado, político y armado a Sion antes de la llegada del Mesías era una transgresión, no una redención. El sionismo tuvo que abrirse paso contra ese consenso religioso, no a partir de él.

El fundamento de ese rechazo está en un pasaje del Talmud de Babilonia, el tratado de Ketubot (111a), que la tradición conoce como los Tres Juramentos. A partir de una lectura del Cantar de los Cantares, el pasaje sostiene que Dios impuso tres juramentos: que el pueblo de Israel no ascienda en masa ni por la fuerza a la Tierra Prometida, que no se rebele contra las naciones que lo acogen en el exilio, y que esas naciones no lo opriman en exceso.

Es un texto agádico —narrativo—, sin estatus de ley vinculante en los grandes códigos halájicos de Maimónides o el Shulján Aruj. Pero durante generaciones funcionó como el argumento central contra cualquier proyecto de restauración política del pueblo judío por medios humanos.

Cuando Theodor Herzl convocó el primer Congreso Sionista en 1897, buena parte del liderazgo rabínico europeo —tanto jasídico como litvak— lo condenó.

En 1919, el rabino Yosef Chaim Sonnenfeld fundó en Jerusalén la Edah HaChareidis precisamente para que la comunidad ultraortodoxa no dependiera de instituciones creadas bajo tutela sionista, incluido el rabinato. En julio de 1947, meses antes de la partición de Palestina, el rabino Yosef Tzvi Dushinsky presentó ante Naciones Unidas, en nombre de esa misma Edah, una declaración de "oposición definitiva a un Estado judío en cualquier parte de Palestina".

El antisionismo religioso no es una curiosidad marginal de la historia judía: fue, durante décadas, la postura mayoritaria del mundo ortodoxo.

Antes de que ese consenso se consolidara, hubo voces aisladas como la de los rabinos sefaradíes Yehuda Bibas y Yehuda Alkalai, y el ashkenazí Tzvi Hirsch Kalischer, quienes predicaron entre 1830 y 1860 la necesidad de una redención activa e impulsada por la propia acción humana —décadas antes que Herzl.

Es honesto mencionarlos, y también decir cuánto pesaban en su época: ninguno logró fundar una corriente rabínica relevante ni torcer el consenso dominante.

El propio Alkalai, ya instalado en Jerusalén en 1874, chocó con los rabinos del Yishuv tradicional, que rechazaban el asentamiento activista. Su lugar como 'precursores del sionismo' es, en gran medida, una construcción retrospectiva de la historiografía sionista posterior. Son la excepción que confirma, no la que refuta, el rechazo rabínico mayoritario

El argumento ético, no solo el teológico

Reducir esta oposición a una discusión sobre cuándo debe llegar el Mesías sería empobrecerla. El antisionismo religioso no se limita a la discusión si los judíos deben esperar al Mesías. El rabino Yoel Teitelbaum, fundador del linaje de Satmar, en su obra Vayoel Moshe (1961)— combina el argumento teológico con una lectura ética de la historia: sostiene que la creación forzada de un Estado, por vía política y militar, traiciona la vocación del exilio como espacio de testimonio moral, y que precipitar por la fuerza lo que solo Dios puede otorgar expone al pueblo judío a una violencia que el poder político no redime, sino que multiplica.

Ese argumento tiene una derivación explícitamente ética, no solo escatológica del fin de los tiempos. Si el poder y la soberanía corrompen, un pueblo que construye su identidad moral en la condición de exiliado —sin ejército, sin territorio que defender, sin poder que administrar sobre otros— pierde algo esencial de sí mismo al convertirse en Estado.

Es la misma intuición, formulada en clave secular, que sostuvo el sionismo cultural crítico de Martin Buber o Ahad Ha'am: que la normalización nacional judía, si se paga con la subyugación de otro pueblo, no es una redención sino una degradación.

El segundo argumento ético, más directo, es el que formuló el rabino Moshe Hirsch, uno de los teóricos de Neturei Karta: si el argumento para justificar el Estado es reparar el crimen de Hitler, ¿por qué la reparación se cobra en tierra y desplazamiento palestino, y no en Berlín o en el corazón de Alemania?

Es un argumento sobre la desproporción y la injusticia de trasladar el costo de un crimen europeo a un tercer pueblo ajeno a él —el mismo argumento, dicho sea de paso, que sostienen historiadores judíos seculares como Ilan Pappé o Avi Shlaim desde otro lugar del espectro.

A esto se suma un tercer argumento, de raíz bíblica, pero de alcance ético universal: la propia Torá impone límites estrictos al trato hacia el extranjero y el desposeído dentro de la tierra que se habita.

Para buena parte de la tradición antisionista religiosa, la ocupación y el desplazamiento de la población palestina no es un desvío lamentable del proyecto sionista: es la consecuencia previsible de haber intentado fundar por la fuerza lo que, según su lectura, debía llegar por gracia.

Quién es quién: del rechazo pragmático a la separación total

Dentro de esta tradición conviven posturas muy distintas en su método, aunque compartan la base teológica. Conviene distinguirlas con precisión, porque el debate público suele aplanarlas en una sola categoría.

Agudat Israel se opuso al sionismo político desde su fundación en 1912, pero tras 1948 adoptó una postura pragmática: no reconoce ideológicamente al sionismo, pero participa en elecciones —hoy como parte de la coalición Yahadut HaTorah— y administra instituciones con financiamiento estatal. Es una postura "no sionista", de convivencia funcional, no de confrontación.

La Edah HaChareidis —que agrupa a Satmar, Dushinsky, Toldos Aharon, Toldos Avraham Yitzchak y otras facciones de Jerusalén— practica la separación total: no vota, no recibe fondos del Estado, no reconoce al rabinato oficial. Pero, salvo excepciones puntuales, tampoco despliega una campaña internacional activa contra Israel. Es retraimiento, no activismo.

Satmar es, con amplio margen, el grupo antisionista religioso más numeroso del mundo —se estima que supera los cien mil adherentes—, y desde 2006 está dividido en dos facciones rivales lideradas por los hermanos Aaron y Zalman Leib Teitelbaum.

Comparten la misma teología antisionista —la escisión de 2006 fue, en el fondo, una disputa de sucesión y control institucional, no una diferencia doctrinal— y en ocasiones han criticado públicamente a Neturei Karta por su cercanía con la Yihad Islámica Palestina, calificando ese acercamiento como una profanación del nombre de Dios.

Neturei Karta se escindió de Agudat Israel en 1938 por rechazar cualquier forma de acomodo. Comparte la teología de las corrientes anteriores, pero se distingue por el método: mientras el resto practica el repliegue, Neturei Karta practica el activismo internacional —manifestaciones, viajes a Teherán, encuentros con dirigentes de Hamás y la Yihad Islámica, presencia en el funeral de Ismail Haniyeh en Doha en agosto de 2024—. Es la facción más visible mediáticamente aunque es marginal numérica e institucionalmente dentro del propio universo que dice representar.

La Liga Antidifamación estima que menos de cien personas participan activamente en el activismo internacional de Neturei Karta; otras fuentes, como Canary Mission, elevan la cifra a unas mil. La propia organización afirma —sin verificación independiente— representar la sensibilidad de "cientos de miles" de jaredíes antisionistas.

Neturei Karta no es el rostro representativo del antisionismo religioso judío. Es su franja más pequeña.

El enemigo que hay que destruir: la lógica de Neturei Karta

¿Qué explica, entonces, que un grupo tan minoritario concentre una atención pública tan desproporcionada? La respuesta está en su lógica interna, que es distinta —no solo en grado, sino en estructura— a la del resto del antisionismo religioso.

Para Satmar o la Edah HaChareidis, el sionismo es una transgresión teológica que se enfrenta con distancia: no se lo combate activamente, se lo espera superar.

Para Neturei Karta, en cambio, el sionismo es enemigo. Y en su lectura, ese enemigo "secuestró" la identidad judía y ocupa "ilegítimamente" una tierra que no le pertenece —palabras textuales de su vocero, el rabino Yisroel Dovid Weiss, en su encuentro de 2009 con Ismail Haniyeh en Gaza.

Desde esa premisa se deriva una consecuencia política concreta: cualquier actor que se oponga al Estado de Israel pasa a ser, por esa sola razón, un aliado potencial.

Es la lógica binaria del "enemigo de mi enemigo": si el sionismo es la amenaza a destruir, entonces Irán, Hamás o Hezbolá no son juzgados por sus propios fines o su propia retórica hacia los judíos como pueblo, sino solo por su hostilidad hacia el Estado que Neturei Karta también quiere ver desaparecer.

Es exactamente ese punto el que separa a Neturei Karta del resto del antisionismo religioso, y el que explica el rechazo que recibe incluso desde dentro de esa tradición.

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