Por qué ocurrió la «Inundación de Al-Aqsa»: Ilan Pappé reexamina octubre de 2023
A tres años del 7 de octubre, Ilan Pappé sostiene que la operación «Inundación de Al-Aqsa» no fue un plan concebido en Teherán, sino un intento de Hamás de adelantarse a un ataque israelí contra Gaza tras fracasar las negociaciones indirectas con Netanyahu.
Al cumplirse tres años de la operación «Inundación de Al-Aqsa» y del inicio del genocidio en Gaza, el paso del tiempo nos permite percibir con mayor claridad ciertos aspectos y cuestiones cruciales vinculados a aquella fecha fatídica; elementos que permanecían difusos o invisibles cuando se analizaban inmediatamente después de la operación y del genocidio subsiguiente.
Es importante reflexionar sobre estas cuestiones y aspectos, dado que también se relacionan con el hecho de que demasiadas personas en el mundo —incluidas algunas que han apoyado la causa palestina— creen que este capítulo aterrador ha quedado atrás. El genocidio continúa, aunque sea de forma gradual, en la Franja de Gaza y se ha extendido ahora a Cisjordania, donde la intensificación de la violencia del ejército y de los colonos busca convertir a Cisjordania en otra Franja de Gaza.
El paso del tiempo nos permite conocer mejor los motivos del reducido grupo de líderes de Hamás que planificó la operación. Resulta fundamental analizar dichas motivaciones con rigor profesional para refutar la narrativa engañosa y fabricada por Israel, la cual sostiene que la operación fue concebida en Teherán como parte de un plan para destruir el Estado judío.
Esta narrativa ya ha sido cuestionada con éxito por ignorar deliberadamente el contexto histórico de la prolongada opresión sionista y el bloqueo inhumano —más reciente— de la Franja. Sin embargo, también oculta una realidad más compleja que se gestó en los años inmediatamente anteriores a la operación «Inundación de Al-Aqsa», y que a menudo fue pasada por alto por comentaristas palestinos y propalestinos.
Esta mirada más detallada sobre aquel periodo arroja luz sobre los dilemas que afrontan Hamás y el movimiento de liberación palestino en su conjunto, en el marco de su lucha existencial contra el proyecto sionista de aniquilación.
La reconstrucción de este contexto inmediato me recuerda cómo la historiografía de la Nakba de 1948 se benefició de la desclasificación de los archivos israelíes. La fusión de material de archivo israelí con la historia oral y escrita palestina ofreció una imagen más completa de aquella catástrofe. Ahora comprendemos mejor los acontecimientos que condujeron a octubre de 2023 gracias a la labor rigurosa de algunos periodistas israelíes que tienen acceso a material que la mayoría de nosotros no podemos ver actualmente.
Sus investigaciones arrojan luz sobre las difíciles decisiones que tuvo que afrontar el líder de Hamás, Yahya Sinwar —y, de hecho, cualquier figura destacada del movimiento de resistencia palestino— ante los diecisiete años de bloqueo de la Franja de Gaza y de opresión en Cisjordania.
Esto ayuda a refutar la imagen habitual que se tiene en Occidente de Sinwar como un líder fanático y mesiánico que emprendió una operación destinada a establecer un califato islámico sobre las ruinas de Israel. Tal representación nace de un enfoque racista y orientalista hacia Palestina en general, y hacia los palestinos que depositan su confianza en movimientos políticos islámicos.
Sinwar se enfrentó a Israel de una manera similar a la adoptada por líderes árabes como Anwar el-Sadat en 1971 y líderes palestinos como Yaser Arafat en el año 2000. Sadat advirtió a los dirigentes israelíes de que, si no devolvían el Sinaí a Egipto por la vía diplomática, Egipto iría a la guerra; por su parte, Arafat advirtió a Ehud Barak y a Bill Clinton de que, si no lograba regresar de la cumbre de Camp David del año 2000 con la promesa de reducir la opresión sobre el pueblo palestino, otro levantamiento sería inevitable.
En el caso de Sinwar, ahora sabemos que negoció con Israel —concretamente, de forma indirecta, con Netanyahu— sobre las demandas básicas de la población de Gaza: el fin del asedio, un aumento en la entrada de alimentos y materias primas al enclave bloqueado y la liberación de presos políticos palestinos.
Sinwar advirtió a los israelíes de que rechazar estas demandas conduciría a una operación de la magnitud de la «Inundación de Al-Aqsa». El ejército israelí sugirió a Netanyahu responder a estas demandas con un ataque a gran escala contra la Franja de Gaza: el mismo ataque que llevó a cabo en respuesta a la operación «Inundación de Al-Aqsa».
También está claro que Netanyahu dudó en dar luz verde a tal operación, pero resulta igualmente evidente que los comandantes de Hamás, incluido Sinwar, sabían que un ataque de esa envergadura contra Gaza era inminente. En este sentido, Sinwar parece haber sido un líder que buscaba logros limitados, reservando una visión más amplia y a largo plazo para un futuro mucho más lejano. Al igual que Sadat, acabó recurriendo a la opción militar cuando quedó claro que Israel había rechazado totalmente la vía política. Es más —y este es el aspecto más relevante de lo que ahora está saliendo a la luz—, el ejército habría terminado convenciendo a Netanyahu de lanzar ese ataque devastador contra la Franja; la operación «Inundación de Al-Aqsa» fue un intento de adelantarse a dicho ataque.
Lo que desconocemos es cuándo y por qué la operación «Inundación de Al-Aqsa» derivó, en algunos lugares, en una masacre de civiles, ya fuera en los asentamientos judíos o en el festival Nova. Se trató de una ruptura del cerco del gueto protagonizada por un pueblo que había sufrido miles de muertes, decenas de miles de heridos —entre ellos mujeres y niños— y el desplazamiento de cientos de miles de personas que perdieron sus hogares durante la ofensiva israelí de 2014 y seguían desplazadas en 2023; una población traumatizada y sometida, como política deliberada, a la hambruna durante los diecisiete años de bloqueo israelí, así como a frecuentes bombardeos por aire, tierra y mar.
Lo que sí sabemos es que Sinwar demostró desde el primer momento que, para él, el secuestro de ancianos y niños no formaba parte de la operación, ya que propuso inmediatamente su liberación, aunque no obtuvo respuesta por parte de Israel.
La destrucción de Gaza como política genocida no fue una reacción irracional de Israel ante la muerte de tantos soldados y civiles el 7 de octubre de 2023. Fue la ejecución de planes militares preparados mucho antes de 2023 —concretamente desde 2004—, cuando el ejército construyó una ciudad simulada en el desierto para practicar la destrucción de entornos urbanos ante un posible ataque a la Franja de Gaza. Esta estrategia se puso a prueba durante el bombardeo masivo del barrio de Dahiya, en Beirut, en 2006.
Al igual que en 1948, también en 2023 Israel buscaba un pretexto para avanzar en su visión imposible de una Palestina desarabizada. «Es un milagro», exclamó Ben-Gurión al ver a cientos de miles de palestinos «huir» de Palestina, aun cuando él mismo fue el artífice de esa limpieza étnica. «Es un milagro», proclamó Orit Strock, ministra del gobierno de Netanyahu, refiriéndose a la oportunidad histórica de perpetrar un genocidio contra la población de Gaza.
«El ahogado no puede mojarse» es un famoso proverbio árabe que resume el dilema palestino, el cual se percibe con claridad desde la perspectiva de 2026. Cualquier intento armado de Hamás por poner fin al asedio y a la ocupación sirvió de pretexto a Israel para intensificar sus políticas de eliminación. La alternativa de plegarse a la realidad del asedio —opción adoptada por la Autoridad Palestina en Ramala— desembocó en una limpieza étnica gradual y en una sucesión de pogromos perpetrados por los colonos con la complicidad del ejército israelí.
Me pregunto cuántas personas fuera de Palestina son capaces de comprender plenamente este dilema, que empujó a adolescentes de los campos de refugiados de Cisjordania a enfrentamientos con el ejército israelí que sabían perdidos de antemano, prefiriendo esta opción a sufrir continuos abusos, heridas y la muerte a manos de un ejército de ocupación.
Es el dilema inhumano que el proyecto sionista de eliminación impone a los palestinos, y constituye una manifestación más de la difícil situación que padecen desde la llegada de los colonos sionistas a Palestina a finales del siglo XIX.
La respuesta a cómo liberar a los palestinos —e indirectamente a los israelíes— de esta realidad imposible no es difícil de hallar. Solo puede lograrse mediante el establecimiento de una Palestina democrática y posterior a Israel. Tal Estado no resolvería todos los problemas de quienes habitan entre el río y el mar ni de quienes regresen a esa tierra, pero eliminaría la amenaza existencial constante que sufren a diario todos los palestinos que allí residen.
En una realidad así, Palestina no estaría fragmentada en territorios separados como Gaza y Cisjordania, sino que constituiría una patria orgánica y unificada. Si Gaza sigue siendo una «Franja» aislada, no habrá paz ni reconciliación.
– Ilan Pappé es profesor en la Universidad de Exeter. Anteriormente fue profesor titular de Ciencias Políticas en la Universidad de Haifa. Es autor de *La limpieza étnica de Palestina*, *The Modern Middle East*, *A History of Modern Palestine: One Land, Two Peoples* y *Ten Myths about Israel*. Es coeditor, junto con Ramzy Baroud, de *Our Vision for Liberation*. A Pappé se le considera uno de los «nuevos historiadores» de Israel que, desde la desclasificación de documentos gubernamentales británicos e israelíes relevantes a principios de la década de 1980, han estado reescribiendo la historia de la creación de Israel en 1948. Es autor de este artículo para *The Palestine Chronicle*.
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