De Weitz a Weiss: oy vey iz mir

Un Estado judío no puede coexistir con una minoría palestina libre de crecer. Esta contradicción ha sido reconocida por cada una de las figuras que hemos recorrido. Y la solución que cada una de ellas ha propuesto o ejecutado es siempre la misma: los palestinos deben irse.

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De Weitz a Weiss: oy vey iz mir
Cuatro figuras, una misma idea: los palestinos deben irse.

Oy vey iz mir. En yidish, el idioma de la diáspora judía europea, esta expresión condensa siglos de historia en tres palabras: "ay, qué desgracia la mía". Es el lamento del que ve venir algo terrible y no puede detenerlo, o del que contempla un daño ya consumado. Lo usaban los abuelos y las abuelas en los guetos de Polonia, en los barcos que cruzaban el Atlántico, en los conventillos de Santiago. Era el idioma del sufrimiento judío.

Hoy lo tomamos prestado para un lamento diferente. No para llorar lo que le han hecho al pueblo judío, sino para llorar lo que una parte del pueblo judío le ha hecho —y le sigue haciendo— al pueblo palestino. Y para señalar que eso no comenzó ayer.

 Una idea que nació en privado

El 12 de junio de 1895, Theodor Herzl escribió en su diario una frase que no estaba destinada al público. El padre del sionismo político reflexionaba sobre cómo construir el Estado judío que había concebido, y anotó: "Tanto el proceso de expropiación como la eliminación de los pobres deben llevarse a cabo con discreción y circunspección."

La discreción. La circunspección. Herzl sabía perfectamente que Palestina no estaba vacía. Sabía que había una población palestina mayoritaria que no iba a ceder su tierra voluntariamente. Y sabía que eso había que manejarlo con cuidado, lejos de la mirada pública.

Algunos han intentado desvirtuar esta cita argumentando que Herzl se refería a Argentina, no a Palestina. Poco importa: no importa donde fuese, a los pobres había que eliminarlos en silencio.

Ese mismo año, en otra entrada, escribió sobre los palestinos de Palestina: los que no pudieran ser integrados al proyecto deberían ser llevados hacia Transjordania. No con violencia explícita —al menos no en el papel—, sino mediante aquello que el movimiento sionista llamaría eufemísticamente "transferencia".

El proyecto de Herzl contenía una contradicción que los historiadores han identificado en sus propios escritos: ¿cómo construir un Estado con identidad judía garantizada en un territorio de mayoría palestina? La respuesta implícita en su diario era la misma que articularían sus sucesores: mediante la ‘transferencia’.

 La idea se vuelve institucional

Arthur Ruppin (1876–1943) fue el hombre que convirtió el pensamiento de Herzl en política concreta. Director de la Oficina Palestina del Ejecutivo Sionista desde 1908, y luego jefe del Departamento de Colonización de la Agencia Judía, Ruppin fue durante más de tres décadas el principal articulador de la colonización sionista en Palestina: compraba tierras, organizaba asentamientos, diseñaba las estructuras del futuro Estado.

 En 1911, Ruppin fue uno de los primeros dirigentes sionistas en proponer formalmente la "transferencia" de los campesinos palestinos desposeídos hacia el norte de Siria. No como una idea marginal, sino como una necesidad práctica del proyecto de colonización.

 Lo que hace a Ruppin especialmente revelador para esta historia es que sus posiciones no eran solo políticas sino también raciales. Escribió que la "raza judía" debía "purificarse", porque "solo los racialmente puros llegan a la tierra". Estas teorías, hoy completamente desacreditadas, lo llevaron incluso a reunirse en 1933 con el ideólogo racial nazi Hans F. K. Günther para debatir ideas sobre pureza racial. Los paralelismos entre el racismo que perseguía a los judíos en Europa y el racismo que algunos dirigentes sionistas aplicaban a los palestinos no eran, para Ruppin, una contradicción. Eran marcos conceptuales del mismo universo intelectual.

 La idea se operacionaliza

Yosef Weitz (1890–1972) no era un teórico. Era un hombre de acción. Como director del Departamento de Tierras y Forestación del Fondo Nacional Judío, su trabajo era adquirir territorio para el asentamiento judío. Y lo que rápidamente comprendió fue que la compra de pequeños lotes de tierra nunca alcanzaría para crear un Estado con mayoría judía.

 El 22 de junio de 1941, Weitz escribió en su diario con una claridad que no admite interpretaciones: "La tierra de Israel no es pequeña del todo, si solo los árabes fueran removidos, y sus fronteras ampliadas un poco, al norte hasta el Litani." Y más adelante: "No queda un solo pueblo, no queda una sola tribu. Y la forma de la transferencia debe ser la creación de un refugio para ellos en Iraq, en Siria e incluso en Transjordania."

 En 1948, mientras la guerra del nacimiento de Israel se desarrollaba, Weitz impulsó activamente la creación de un "Comité de Transferencia" cuya misión explícita era convertir la huida de los palestinos en un hecho irreversible: destruir aldeas, impedir el regreso, confiscar tierras. Según el historiador israelí Benny Morris, Weitz tenía acceso directo a Ben-Gurión y a los principales comandantes militares. No era un extremista marginal: era un operador central del Estado naciente.

 Por eso la historia lo recuerda con un título preciso: el "Arquitecto de la Transferencia".

 La idea ya no necesita ocultarse

Daniella Weiss nació en 1945, el mismo año en que terminaba la guerra que había revelado al mundo hasta dónde podía llegar el odio racial. Hoy, con casi ochenta años, es la figura más prominente del movimiento de colonos israelíes en Cisjordania y la voz más conocida de quienes exigen la colonización total de Gaza.

 La diferencia entre Weiss y sus predecesores no es ideológica. Es de pudor.

 Lo que Herzl escribía en su diario privado con "discreción y circunspección", lo que Ruppin proponía en reuniones institucionales a puerta cerrada, lo que Weitz anotaba en su diario personal, Daniella Weiss lo dice en entrevistas de CNN, mirando a la cámara, con una sonrisa tranquila.

 Cuando CNN la entrevistó en 2024 y le preguntó por los más de dos millones de palestinos de Gaza, respondió sin titubear: "Ningún árabe. No se quedarán allí. Los judíos estaremos en Gaza." Cuando le dijeron que eso sonaba a limpieza étnica, no lo negó: respondió que son los palestinos quienes intentan hacer una limpieza de judíos, y que por tanto la expulsión de los palestinos de Gaza sería una respuesta legítima, no una agresión.

 Durante la guerra en Gaza organizó cruceros frente a la costa para que colonos israelíes observaran los bombardeos. Encabeza la organización Nachala, que durante décadas ha promovido asentamientos ilegales en Cisjordania y ha liderado ataques contra comunidades palestinas. Varios gobiernos —Canadá, Reino Unido— la han sancionado por su papel en la violencia contra civiles palestinos.

 La idea que Herzl anotó con cautela en 1895 ha llegado, 130 años después, a su expresión más desinhibida.

 Las voces que fueron derrotadas

Sería deshonesto, y también históricamente inexacto, presentar el sionismo como un bloque monolítico. Hubo otras voces. Voces judías que vieron la contradicción desde el principio y se negaron a resolverla a costa del pueblo palestino.

 Martin Buber, el gran filósofo judío austriaco, defendió toda su vida la posibilidad de una convivencia palestino-judía genuina en Palestina. Se opuso a la creación de un Estado exclusivamente judío y propuso en cambio una federación binacional. Para Buber, el sionismo solo podía ser éticamente legítimo si reconocía al otro como un igual.

 Ahad Ha'am, el pensador sionista cultural que visitó Palestina a fines del siglo XIX, regresó perturbado. Escribió que los colonos judíos trataban a los palestinos "con hostilidad y crueldad, les atropellan sin razón, los golpean vergonzosamente por ninguna causa y hasta se jactan de ello". Y advirtió que construir un hogar nacional sobre la injusticia sería una traición al espíritu del judaísmo.

 Albert Einstein, en 1948, firmó una carta pública —junto a Hannah Arendt y otros intelectuales judíos prominentes— publicada en el New York Times el 2 de diciembre de 1948, que describía al partido de Menahem Begin como de carácter "fascista" por la masacre de Deir Yassin. Einstein nunca respaldó la idea de un Estado judío que se construyera sobre la exclusión del otro.

 Estas voces existieron. Fueron judías, fueron sionistas en algunos casos, y fueron derrotadas. No por la fuerza de los argumentos, sino por la fuerza de los hechos consumados: la guerra de 1948, la Nakba, la expulsión de 700.000 palestinos, la construcción de un Estado que desde su origen tuvo que resolver la contradicción que Herzl había identificado en su diario privado.

 La contradicción que no se resuelve

La tesis de este artículo es simple: el sionismo político, en su corriente dominante, lleva desde su origen una contradicción irresoluble. Un Estado judío con demografía garantizada no puede coexistir con una minoría palestina libre de crecer. Esta contradicción ha sido reconocida —en privado o en público, con pudor o sin él— por cada una de las figuras que hemos recorrido. Y la solución que cada una de ellas ha propuesto o ejecutado es siempre la misma: los palestinos deben irse.

 Herzl lo escribió en su diario. Ruppin lo propuso en actas institucionales. Weitz lo planeó operativamente. Weiss lo anuncia en televisión.

 El daño que esta idea ha causado al pueblo palestino es incalculable y está a la vista del mundo: casi ocho décadas de ocupación, desposesión, refugio y ahora una guerra que organismos internacionales y juristas de todo el mundo califican con palabras que preferimos no eludir: crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad, y —según la Corte Internacional de Justicia, que en enero de 2024 emitió medidas provisionales en el marco de una demanda presentada por Sudáfrica— posibles actos de genocidio.

 Pero esta idea también le ha causado un daño profundo al propio pueblo judío: el de ser hoy, en gran parte del mundo, asociado a prácticas que son la inversión exacta de lo que el judaísmo ha predicado durante siglos. El pueblo que durante dos milenios fue perseguido, expulsado y exterminado por el odio racial, ha permitido que en su nombre se construya un proyecto que reproduce, sobre otro pueblo, la misma lógica de exclusión.

 Eso no es lo que somos. O al menos, no es lo que queremos ser.

 Oy vey iz mir.

 Fuentes principales

Nur Masalha, Expulsion of the Palestinians: The Concept of "Transfer" in Zionist Political Thought, 1882–1948, Institute for Palestine Studies, 1992.

Benny Morris, The Birth of the Palestinian Refugee Problem, 1947–1949, Cambridge University Press, 1988.

Benny Morris, Righteous Victims: A History of the Zionist-Arab Conflict, 1881–2001, Knopf, 2001.

Ilan Pappé, The Ethnic Cleansing of Palestine, Oneworld Publications, 2006.

Diarios de Theodor Herzl (1895), citados en Masalha, op. cit.

Diarios de Yosef Weitz, Archivos Sionistas Centrales, Jerusalén.

Albert Einstein, Hannah Arendt et al., carta pública, The New York Times, 2 de diciembre de 1948.

Entrevista de CNN a Daniella Weiss, marzo 2024.