La raíz envenenada

Lo que hoy ocurre en Palestina es un proceso histórico que remonta al universo conceptual del que el sionismo emergió y que Hanna Arendt nos ayuda a entender

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La raíz envenenada
NEW IMMIGRANTS FROM YEMEN AT THE ATLIT RECEPTION CAMP (National Photo Collection of Israel)

Racismo científico, sionismo, y la lógica que conecta la discriminación a los judíos orientales con la obliteración del mundo palestino

Cuando Hannah Arendt asistió en 1961 al juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, esperaba encontrar a un monstruo. Encontró algo más perturbador: un hombre mediocre, burocrático, incapaz de pensar desde la perspectiva del otro. En su reporte para The New Yorker —luego publicado como Eichmann en Jerusalén (1963)— acuñó la frase que definiría su legado: la banalidad del mal.

Lo que Arendt observó que las mayores atrocidades de la historia no requieren de monstruos. Requieren de personas ordinarias que han dejado de pensar, que han desconectado su capacidad de imaginar al otro como un ser humano pleno.

El mal, escribió en una carta a Gershom Scholem, "se extiende como un hongo sobre la superficie" precisamente porque no tiene profundidad ni dimensión demoníaca. Es la pasividad del que no piensa la que lo hace posible.

Esta idea es la clave para entender un fenómeno que de otro modo parece inexplicable: cómo una sociedad con memoria viva del Holocausto ha podido llegar, frente a la evidencia, a considerar razonable —o directamente a no ver— lo que ocurre hoy en Gaza.

La respuesta no está en la maldad de los individuos. Está en un proceso histórico que comenzó mucho antes de que existiera el Estado de Israel, en el mismo universo conceptual del que el sionismo emergió.

 

El contexto: Europa, 1880

El sionismo nació en el apogeo del racismo científico europeo. En las últimas décadas del siglo XIX, la ciencia —o lo que se hacía pasar por tal— había sistematizado la idea de que la humanidad estaba dividida en razas con capacidades distintas y jerarquizables. Esta ideología no era marginal: informaba políticas coloniales, leyes de inmigración, y la obra de figuras académicas respetadas en toda Europa occidental.

El judío europeo vivía en ese contexto en una posición paradójica. Era, al mismo tiempo, objeto del racismo —el antisemitismo moderno lo señalaba como raza inferior, elemento extraño en el cuerpo de las naciones— y sujeto que había crecido respirando ese mismo aire intelectual.

Theodor Herzl, el fundador del sionismo político, era un periodista vienés cultivado, hijo de la Ilustración europea. No podía no estar marcado por el marco conceptual de su época.

La conclusión de Herzl frente al antisemitismo no fue que el prejuicio racial era irracional y debía combatirse en su raíz. Fue que los judíos eran, en efecto, un pueblo diferente —una nación— y que la solución era tener un Estado propio. La premisa, en otras palabras, era compartida con el antisemita: el judío no pertenece a Europa. La diferencia estaba en la solución propuesta.

"El antisemitismo no es una aberración, sino una respuesta natural y completamente entendible del no judío a la conducta y actitud extranjera judía."

Theodor Herzl, en sus diarios — citado en Avi Shlaim, The Iron Wall, W.W. Norton, 2000

Esta frase no convierte a Herzl en antisemita. Pero revela algo que la narrativa heroica del sionismo prefiere no examinar: que el proyecto nació adoptando la gramática del opresor para construir una respuesta a la opresión. Las consecuencias de ese origen no son solo filosóficas.

En 1903, tras el pogrom de Kishinev —organizado por Vyacheslav von Plehve, ministro del Interior del zar— Herzl solicitó y obtuvo una reunión con el propio Plehve. El hecho es documentado y no está en disputa. Ambos querían lo mismo: que los judíos salieran de Rusia. Uno para deshacerse de ellos. El otro para construir un Estado. La paradoja moral de esa reunión fue ignorada entonces. Sus consecuencias se extienden hasta hoy.

 

Ruppin y la jerarquía racial interna

Si Herzl fue el arquitecto conceptual del sionismo, Arthur Ruppin (1876–1943) fue su ejecutor práctico.

Como director del Departamento de Colonización de la Agencia Judía durante más de tres décadas, Ruppin decidió qué tierras se compraban, qué asentamientos se establecían, y quién podía inmigrar a Palestina.

Su pensamiento estaba profundamente marcado por el racismo científico europeo. En sus escritos —ampliamente documentados por el historiador Etan Bloom en su investigación académica sobre Ruppin— aparece la preocupación por "purificar" la raza judía.

Para Ruppin, no todos los judíos eran iguales: los judíos asquenazíes del centro y este de Europa representaban el tipo superior, modernizable; los judíos orientales —mizrajíes, yemeníes, marroquíes— eran considerados más primitivos, más cercanos al árabe, menos aptos para el proyecto civilizatorio que el sionismo se proponía.

En 1933 —el año en que Hitler llegaba al poder— Ruppin se reunió voluntariamente con Hans F.K. Günther, el principal teórico racial del nazismo, para discutir ideas sobre "higiene racial".

Documentado en Etan Bloom, Arthur Ruppin and the Production of the Modern Hebrew Culture, 2011

Esta reunión no es una anécdota. Es la ilustración de hasta qué punto el marco conceptual era compartido. Ruppin no fue nunca un simpatizante del nazismo —era un judío que huyó de Alemania en 1933— pero sí operaba dentro del mismo universo intelectual del racismo científico que el nazismo llevaría a sus consecuencias más extremas.

Las consecuencias prácticas de esa jerarquía racial interna fueron concretas y documentadas. Cuando el Estado de Israel se fundó en 1948, los judíos orientales que llegaron en masa —mizrajíes de Irak, Yemen, Marruecos— fueron recibidos como ciudadanos de segunda. Fueron enviados a asentamientos periféricos, sus hijos escolarizados en sistemas de menor calidad, su cultura considerada atrasada.

 

La transferencia: del judío oriental al palestino

La jerarquía racial que el sionismo aplicó primero a los propios judíos orientales tenía una lógica que se extendía naturalmente hacia la población árabe de Palestina. Si los mizrajíes eran considerados más primitivos por su proximidad cultural al árabe, el árabe palestino ocupaba el escalón más bajo de la jerarquía.

Esta lógica no es una inferencia. Está documentada en los textos del período. Para Ruppin y para buena parte de la dirección sionista, los árabes palestinos eran un problema demográfico, no una población con derechos. La exclusión fue conceptualmente anterior a la exclusión práctica.

Lo que vino después —la Nakba de 1948, el desplazamiento de aproximadamente 700.000 palestinos— no fue el inicio de la deshumanización. Fue su consecuencia. Una estructura conceptual que no reconocía la humanidad plena del otro hacía posible lo que de otra manera habría sido impensable.

 

La banalidad del mal: el mecanismo que Arendt describió

Aquí es donde Arendt se vuelve indispensable. No para trazar una equivalencia entre el nazismo y el sionismo —eso sería deshonesto y factualmente incorrecto— sino para nombrar el mecanismo por el cual una sociedad ordinaria llega a hacer posible lo que la razón moral debería impedir.

Arendt identificó tres pasos en el proceso de dominación total, descritos en Los orígenes del totalitarismo (1951): primero, la destrucción de la persona jurídica —eliminar al otro del marco legal que protege derechos—; segundo, la destrucción de la persona moral —hacer imposible el testimonio, el duelo, la solidaridad—; tercero, la destrucción de la individualidad misma. En cada etapa, el mecanismo central es la pérdida de la capacidad de pensar al otro como un ser humano pleno.

Lo que la historiadora señaló sobre Eichmann no fue que fuera un monstruo. Fue que era un funcionario que había dejado de pensar. "Su incapacidad para hablar estaba íntimamente relacionada con su incapacidad para pensar —es decir, para pensar desde el punto de vista de otra persona." La maquinaria del horror no requiere sádicos. Requiere burocracia y la ausencia de pensamiento moral.

Ese mecanismo requiere de un sustrato: una cultura que ha normalizado la no-humanidad del otro. Y esa normalización no ocurre de golpe. Ocurre a través de décadas de lenguaje, de omisiones en la educación, de declaraciones que nunca se penalizan, de chistes que nunca se cuestionan.

 

La deshumanización documentada

No es necesario especular sobre si ese proceso de deshumanización ocurrió en Israel. Está documentado, con nombres, fechas y fuentes primarias verificables.

El caso más citado en la literatura académica y legal es el de Rafael Eitan, entonces jefe del Estado Mayor de las FDI, quien declaró en la Knesset en los años 1980: los palestinos "corretearán como cucarachas drogadas en una botella." El general no fue sancionado. La declaración fue registrada en el Diario de Sesiones de la Knesset.

En 2023, ante la Corte Internacional de Justicia, Sudáfrica presentó como prueba central en su demanda por genocidio una serie de declaraciones de altos funcionarios israelíes realizadas en los días y semanas siguientes al ataque de Hamás del 7 de octubre:

El ministro de Defensa Yoav Gallant, al anunciar el asedio total de Gaza que cortaría electricidad, agua, alimentos y combustible, declaró: "Estamos luchando contra animales humanos y actuamos en consecuencia."

El diputado y vicepresidente de la Knesset Nissim Vaturi publicó que todos los israelíes tenían un objetivo común: "borrar la Franja de Gaza de la faz de la Tierra." El ministro Amichay Eliyahu sugirió lanzar una bomba nuclear sobre Gaza y afirmó que no había "civiles inocentes" en el territorio.

El primer ministro Benjamin Netanyahu invocó, en cadena televisiva, el relato bíblico de Amalek —un pueblo al que, según el Antiguo Testamento, Dios ordenó exterminar sin dejar a nadie vivo, ni hombres ni mujeres, ni niños.

Estas declaraciones forman parte del expediente presentado ante la Corte Internacional de Justicia en el marco del caso Sudáfrica c. Israel (caso núm. 192), enero de 2024. Su autenticidad no está en disputa; Israel las atribuyó a funcionarios con "poco papel en la determinación de la política" (declaración del abogado Malcolm Shaw ante la CIJ).

El abogado Tembeka Ngcukaitobi, presentando el caso de Sudáfrica ante la CIJ, afirmó: "El lenguaje de la deshumanización sistémica es evidente. Las declaraciones genocidas no están en los márgenes. Están encarnadas en la política del Estado."

Un estudio publicado en Political Psychology (2014) encontró que los israelíes mostraron "los niveles más altos de deshumanización abierta hacia cualquier grupo externo jamás observados" en el instrumento de medición utilizado, clasificando a los palestinos un 39.81% más cerca de los antepasados cuadrúpedos del ser humano que de los humanos modernos. En promedio, los encuestados israelíes expresaron que para salvar a un soldado israelí herido, estarían dispuestos a matar a 575 civiles palestinos.

Fuente: Noor, M. et al. (2014). "On the Norm of Conflict-Related Moral Disengagement: Links with Intergroup Attitudes and the Perception of Outgroup Humanity." Political Psychology, 35(5).

 

Omer Bartov: el especialista en genocidio que llegó adonde no quería llegar

El testimonio más significativo no proviene de activistas ni de gobiernos hostiles a Israel. Proviene de Omer Bartov —nacido en Israel, ex oficial de las FDI, profesor de Estudios del Holocausto y el Genocidio en la Universidad de Brown, y citado por el Museo del Holocausto de los Estados Unidos como uno de los principales especialistas mundiales en el tema.

Bartov pasó meses resistiendo la conclusión. En noviembre de 2023, publicó en The New York Times que creía que las FDI estaban cometiendo crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, pero que no tenía evidencia suficiente de acción genocida.

Su posición cambió en mayo de 2024, cuando las FDI invadieron Rafah —la última zona de Gaza que no había sido tomada— desplazando a un millón de palestinos que ya habían sido evacuados allí por orden del propio ejército israelí.

"Llegué a la conclusión de que, al menos desde el ataque de las FDI contra Rafah el 6 de mayo de 2024, ya no era posible negar que Israel estaba involucrado en crímenes de guerra sistemáticos, crímenes de lesa humanidad y actos genocidas."

Omer Bartov, The Guardian, agosto de 2024

En julio de 2025, Bartov publicó en The New York Times un ensayo titulado "Soy un académico del genocidio. Sé reconocerlo cuando lo veo." En él señaló que un número creciente de especialistas en genocidio —a diferencia de los académicos del Holocausto, que en su mayoría han guardado silencio— ha llegado a la conclusión de que lo que ocurre en Gaza cumple con la definición legal de genocidio establecida por la Convención de la ONU de 1948.

Bartov también señaló el uso instrumental de la memoria del Holocausto: "La idea de 'nunca más' nunca fue sobre el Holocausto específico. Fue sobre nunca más el genocidio y los crímenes contra la humanidad. Al instrumentalizar esa memoria como escudo, se traiciona precisamente el principio que debía proteger."

 

El mecanismo completo: de Herzl a Gaza

El sionismo, al nacer dentro del universo conceptual del racismo científico europeo, incorporó una jerarquía racial que primero se aplicó a los propios judíos orientales —con consecuencias concretas y documentadas— y que esa misma lógica estructural determinó la relación con la población palestina desde el inicio.

El mecanismo que Arendt describió —la suspensión del pensamiento moral, la normalización del otro como no-humano, la burocracia que hace posible lo impensable— no requiere de monstruos en el origen. Requiere de una cultura que, durante décadas, ha construido y reproducido una imagen del palestino que lo excluye del universo moral pleno.

Ese proceso no comenzó el 7 de octubre de 2023. Tiene un siglo de historia. Y esa historia —no la maldad intrínseca de nadie— es lo que hace posible que un ministro de Defensa hable de "animales humanos" ante las cámaras y no sea inmediatamente destituido, ni siquiera genere un escándalo político y sea irrelevante para millones de ciudadanos israelíes, según el propio testimonio de Bartov, que no quieren saber lo que ocurre al otro lado del muro.

Eso es, exactamente, lo que Arendt llamó la banalidad del mal. No la ausencia de conciencia. La decisión, sostenida durante décadas, de no mirar.