Antisemitismo, judeofobia y el uso político del lenguaje
¿Qué ocurre cuando una palabra mezcla fenómenos distintos, borra matices históricos y se convierte, además, en un instrumento político?
Hay palabras que usamos todos los días sin preguntarnos de dónde vienen. “Antisemitismo” es una de ellas. La escuchamos en los noticieros cuando buscan nombrar el odio hacia los judíos.
Pero si nos detenemos un momento y preguntamos qué significa exactamente, descubrimos que la palabra esconde una historia más compleja de lo que parece, y que esa complejidad importa.
¿Qué es un semita?
En 1781, el académico alemán August Ludwig von Schlözer propuso el término “semítico” para clasificar una familia de idiomas que tienen estructuras gramaticales y raíces comunes: el árabe, el hebreo, el arameo, el amhárico de Etiopía, el maltés, entre otros. Era una herramienta académica, como cuando los lingüistas hablan de lenguas románicas o germánicas.
El término tomó su nombre de Sem, uno de los hijos de Noé según el Génesis. Pero esa referencia bíblica era solo una etiqueta de conveniencia para agrupar lenguas con estructuras gramaticales similares, no una afirmación sobre el origen de los pueblos que las hablaban. Los lingüistas del siglo XVIII usaban referencias bíblicas para nombrar sus categorías de la misma manera que los biólogos usaban el latín: como convención académica, no como afirmación de parentesco real. Que dos pueblos hablen lenguas emparentadas dice algo sobre contactos históricos y migraciones antiguas, pero no define ninguna unidad étnica ni racial.
Sin embargo, los ideólogos del siglo XIX tomaron esa categoría lingüística y le proyectaron características étnicas y raciales que la propia lingüística nunca pudo sostener.
Lo que esto significa es importante: semíticos son los árabes. Semíticos son los judíos. Semíticos son los etíopes de las iglesias copto-ortodoxas, los asirios de Irak, los bereberes del norte de África. “Semita” nunca fue sinónimo de “judío”. Era una categoría lingüística amplia que la ideología del siglo XIX iba a estrechar y deformar.
El antijudaísmo religioso
Mucho antes de que existiera la palabra “antisemitismo”, existía el odio a los judíos. Pero ese odio tenía una lógica muy diferente a la del siglo XIX.
Durante la Edad Media europea, el odio hacia los judíos tenía un origen y una lógica fundamentalmente religiosa. También jugaban su papel la competencia económica, el miedo al extraño y la búsqueda de chivos expiatorios en tiempos de crisis, pero la Iglesia Católica le daba el marco: los judíos eran los que habían dado muerte a Cristo, los que rechazaban la verdad cristiana, los obstinados enemigos de la fe verdadera.
Ese marco produjo siglos de sufrimiento concreto: guetos donde los judíos debían vivir encerrados, restricciones legales que les prohibían ejercer la mayoría de las profesiones, expulsiones masivas —de Inglaterra en 1290, de España en 1492— y pogromos, esos estallidos periódicos de violencia colectiva que arrasaban comunidades enteras.
Pero en esa lógica había, paradójicamente, una salida: la conversión.
Un judío que se bautizaba dejaba de ser, al menos en teoría, objeto de persecución. Su identidad era religiosa y por tanto mutable. El odio apuntaba a la fe, no a la sangre.
Los historiadores llaman a esto “antijudaísmo”, para distinguirlo del fenómeno moderno. La distinción marca una diferencia fundamental en la lógica del odio, y en sus consecuencias.
El siglo XIX y el racismo científico
El mundo cambió con la Ilustración y el nacimiento de las ciencias naturales modernas. Los seres humanos comenzaron a clasificar todo: plantas, animales, minerales. Y también, fatalmente, a otros seres humanos.
En la primera mitad del siglo XIX surgieron los llamados “racismos científicos”: teorías que proponían que la humanidad estaba dividida en razas con características biológicas fijas, hereditarias e inmutables, ordenadas jerárquicamente. El conde francés Joseph Arthur de Gobineau, en su “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” (1853–1855), fue uno de los primeros en sistematizar estas ideas. Para él, las razas superiores estaban condenadas a degradarse por la mezcla con las inferiores.
Estas teorías, hoy completamente desacreditadas por la ciencia, tuvieron consecuencias devastadoras. Aplicadas a los judíos, transformaron el odio religioso medieval en algo cualitativamente diferente y más peligroso: un odio racial. Ya no importaba la fe de un judío, ni su profesión, ni su grado de asimilación a la sociedad europea. Su “inferiore raza” estaba inscrita en la sangre. No había bautismo que valiera.
El Holocausto no es concebible sin el racismo biológico del siglo XIX. Un odio religioso puede resolverse con la conversión. Un odio racial solo puede resolverse con la eliminación.
Wilhelm Marr y la invención de una palabra
En 1879, un periodista alemán llamado Wilhelm Marr publicó un panfleto titulado “La victoria del judaísmo sobre el germanismo”. En él acuñó el término “antisemitismo”. Ese mismo año fundó la Liga de los Antisemitas.
La innovación de Marr era precisa e intencional. Quería diferenciarse del antijudaísmo religioso tradicional. No odiaba a los judíos por su fe, sino por su “raza”. Al usar la palabra “semita” —tomada de la lingüística— le daba a su odio una apariencia científica y moderna.
La paradoja es inmediata: Marr usó un término lingüístico que incluye a los árabes para referirse exclusivamente a los judíos. Los árabes desaparecieron del concepto de “semita” en el mismo momento en que nació el “antisemitismo”.
La nueva palabra se extendió rápidamente. Nombraba algo que muchos querían nombrar, y le daba respetabilidad científica. Ese nombre y esa lógica llevarían, sesenta años después, a los hornos de Auschwitz.
Las tres trampas del término
El término “antisemitismo” tiene problemas estructurales que conviene nombrar.
Primera trampa: excluye a los árabes. Un palestino arabófono es semita en el sentido lingüístico original del término.
Segunda trampa: infla la antigüedad del odio. Cuando se dice que el antisemitismo tiene dos mil años, se está fusionando en una sola categoría dos fenómenos que tienen lógicas distintas: el antijudaísmo religioso medieval, que odiaba a los judíos por su fe y tenía la conversión como salida, y el antisemitismo racial moderno, que los odia por su sangre y no tiene salida posible. Son la misma palabra para dos odios diferentes.
Esa fusión no es inocente. Presentarlos como un mismo fenómeno continuo oscurece algo fundamental: el antijudaísmo religioso persiguió a los judíos durante siglos con enorme crueldad, pero nunca produjo un exterminio industrial. Incluso la Inquisición que incluyó persecución sistemática y organizada tuvo como objetivo la conversión, no el exterminio racial.
Para llegar a Auschwitz fue necesario algo cualitativamente diferente: el racismo biológico del siglo XIX, que convirtió la identidad judía en algo inscrito en la sangre, hereditario e inmutable. Sin esa transformación, el Holocausto no es concebible.
Tercera trampa: ha sido instrumentalizado para blindar a Israel. Esta es la trampa más reciente y la más políticamente efectiva. Cuando cualquier crítica documentada y fundada a las políticas israelíes puede ser descalificada como “antisemitismo”, el concepto pierde su capacidad de nombrar el odio real. Y cuando eso ocurre, las víctimas reales del odio real quedan desprotegidas.
Lo que sigue a Gaza
Desde el 7 de octubre de 2023 y la guerra que le siguió, los incidentes de odio hacia judíos e instituciones judías han aumentado drásticamente en todo el mundo. En Alemania, la Asociación Federal RIAS registró 8.627 incidentes en 2024, la cifra más alta jamás documentada, equivalente a 24 por día. En Estados Unidos, la ADL registró 9.354 incidentes ese mismo año, un 344% más que cinco años antes.
Pero estos números requieren una lectura cuidadosa, porque mezclan dos fenómenos que son distintos en su naturaleza.
El 68% de los incidentes en Alemania estaban relacionados con Israel y la guerra en Gaza: manifestaciones, pintadas, pancartas, consignas en universidades. Son expresiones de indignación política ante lo que ocurre en Palestina. Pueden ser legítimas o ilegítimas según su contenido, pero no son necesariamente odio hacia los judíos por ser judíos.
El resto son otra cosa: ataques contra sinagogas, agresiones a personas judías en la calle, amenazas a colegios, vandalismo en cementerios. Los incidentes dirigidos directamente contra judíos casi se triplicaron en Alemania en dos años, de 331 en 2022 a 966 en 2024. El antisemitismo de extrema derecha, que no tiene ninguna relación con Gaza, creció un 28%. Esos sí son judeofobia: odio hacia los judíos por ser judíos, que existía antes del 7 de octubre y que el calor del conflicto ha intensificado.
Y aquí aparece algo que el término "antisemitismo" no permite ver con claridad, pero que "judeofobia" sí permite distinguir: cuando se mezclan en una misma estadística la protesta política contra Israel y el ataque a una sinagoga, se está haciendo exactamente lo que la IHRA promueve institucionalmente: tratar la crítica a Israel como si fuera odio a los judíos. Esa confusión no protege a los judíos. Los expone, porque invisibiliza el odio real detrás del ruido político.
La declaración del presidente interino de Perú, José María Balcázar, en abril de 2026 —afirmando que los judíos empujaron a Alemania a la guerra porque controlaban los bancos y practicaban la usura— no tiene nada que ver con Gaza. Es el viejo estereotipo del judío usurero, una calumnia de siglos que no necesita de Israel para existir. Eso es judeofobia pura. Y nombrarla con precisión es la única manera de combatirla.
La ironía histórica es brutal: el sionismo nació para proteger a los judíos del antisemitismo europeo. Lo que ha producido, ochenta años después de la fundación de Israel, es exactamente lo contrario: ha creado las condiciones para que ese odio resurja con una escala y una velocidad que no se veían desde la Segunda Guerra Mundial. No porque la crítica a Israel sea antisemitismo. Sino porque el calor de esa crítica despertó algo que estaba latente y que no tiene nada que ver con Israel.
Llamar las cosas por su nombre
Llegamos así a la pregunta que da título a este artículo. Después de este recorrido, ¿tiene sentido seguir usando la palabra "antisemitismo"?
El término carga con demasiados problemas.
Nació en Alemania en 1879 de la mano de un ideólogo del racismo.
Excluyó a los árabes del concepto de "semita" en el mismo momento en que pretendía nombrarlo.
Fue construido sobre una categoría lingüística que no tiene ningún fundamento biológico.
Ha sido apropiado por el sionismo para convertir la crítica legítima a un Estado en odio racial.
Y cuando se usa hoy, mezcla en una sola palabra fenómenos que tienen naturalezas distintas: la protesta política contra Israel y el ataque a una sinagoga.
"Judeofobia" no tiene ninguno de esos problemas.
Nombra exactamente lo que quiere nombrar: el miedo y el rechazo irracional hacia los judíos por ser judíos.
Es paralela a otros términos que el debate público ha aceptado sin dificultad: islamofobia, homofobia, xenofobia.
No excluye a nadie del concepto de "semita".
Y no puede ser instrumentalizada para silenciar la crítica a Israel, porque su significado es demasiado preciso para ese abuso.
Es verdad que sus limitaciones son reales y hay que nombrarlas honestamente. Es un término nuevo, sin el peso histórico del otro.
No evoca el Holocausto con la misma inmediatez. Y en un debate público donde "antisemitismo" lleva más de un siglo instalado, proponer un cambio puede generar resistencia o ser malinterpretado como un intento de minimizar el odio real.
Pero hay algo más importante que la comodidad del término establecido: la precisión.
Un término que no puede distinguir entre quien ataca una sinagoga y quien critica los bombardeos de Gaza no sirve para proteger a nadie.
Un término que puede ser usado para silenciar a quienes denuncian crímenes cometidos en nombre del pueblo judío no sirve para defender la dignidad judía. Sirve para otra cosa.
La posición de AJDA es clara.
Usaremos "judeofobia" cuando queremos nombrar el odio real a los judíos por ser judíos, porque es más preciso y más honesto. Cuando citemos documentos históricos o el debate académico establecido, usaremos "antisemitismo" con conciencia explícita de sus límites. Y cuando alguien use ese término para silenciar la crítica legítima a Israel, lo diremos.
Porque nombrar bien las cosas no es un ejercicio académico. Es el primer acto de justicia.
Fuentes principales
August Ludwig von Schlözer, “Repertorium für biblische und morgenländische Litteratur”, ed. Johann Gottfried Eichhorn, 1781.
Joseph Arthur de Gobineau, “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” (1853–1855).
Wilhelm Marr, panfleto fundacional de la Liga de los Antisemitas, 1879. Citado en: Moshe Zimmermann, “Wilhelm Marr: The Patriarch of Anti-Semitism”, Oxford University Press, 1987.
Hannah Arendt, “Los orígenes del totalitarismo”, Schocken Books, 1951.
Hannah Arendt, “Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal”, Viking Press, 1963.
Gavin Langmuir, “History, Religion and Antisemitism”, University of California Press, 1990.
David Nirenberg, “Anti-Judaism: The Western Tradition”, W.W. Norton, 2013.
Benny Morris, “Righteous Victims: A History of the Zionist-Arab Conflict, 1881–2001”, Knopf, 1999.
Nur Masalha, “Expulsion of the Palestinians”, Institute for Palestine Studies, 1992.
Declaración de Jerusalén sobre el Antisemitismo (DJA), 2021. Firmada por más de 370 académicos internacionales.
Anti-Defamation League, “Audit of Antisemitic Incidents 2023 y 2024”, adl.org.
Tel Aviv University, Informe Anual sobre Antisemitismo Global, 2025.
Agencia France-Presse / Cooperativa.cl: declaraciones del presidente interino de Perú José María Balcázar, 28 de abril de 2026.
NPR / PBS NewsHour: ataque de Bondi Beach, Síney, Australia, 14 de diciembre de 2025.