Crítica legítima o antisemitismo

Hay dos formas de dañar la lucha por los derechos palestinos. La primera es callar por miedo a ser acusado de antisemitismo. La segunda es dejar que esa lucha se contamine con odio real hacia los judíos, lo que le regala a Israel el argumento más poderoso para deslegitimarla

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Crítica legítima o antisemitismo
Grafiti en una calle del centro de Madrid

Hay una pregunta que se formula cada vez con más frecuencia en Chile y en el mundo: ¿cuándo la crítica a Israel es una posición política legítima, y cuándo se convierte en antisemitismo?

El conflicto en Gaza ha generado una polarización en la que algunos usan la acusación de antisemitismo para blindar a Israel de cualquier crítica, mientras otros, en su rabia justificada por lo que ocurre, dirigen esa rabia hacia los judíos en general, independientemente de su relación con las políticas israelíes.

Ambas confusiones hacen daño. Y AJDA, como organización judía antisionista, tiene tanto la responsabilidad como la posición única para establecer esta distinción desde adentro.

 

El debate sobre la definición: IHRA, Sharansky y la Declaración de Jerusalén

Para entender por qué esta distinción es necesaria, conviene conocer el contexto en que se debate. Desde 2016, la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto (IHRA) promueve una definición de antisemitismo que incluye once ejemplos, siete de los cuales se refieren al Estado de Israel. En la práctica, esa definición ha sido usada sistemáticamente para calificar como antisemita cualquier crítica a las políticas israelíes, silenciando voces palestinas y también judías. Es el instrumento institucional del sionismo para blindar a Israel de rendición de cuentas.

Una versión menos burda del mismo argumento es el ‘test de las tres D’ propuesto antes, el año 2004, por Natan Sharansky, ex preso político soviético, ex viceprimer ministro israelí y ex presidente de la Agencia Judía: demonización, doble estándar y deslegitimación.

Las dos primeras D son razonables. Pero la tercera —considerar antisemita ‘negar el derecho de Israel a existir’— hace exactamente lo mismo que la IHRA: convierte en tabú la pregunta sobre la legitimidad de un Estado construido sobre la expulsión de su población nativa. Es una triquiñuela conceptual que parece neutral pero no lo es.

En 2021, más de 370 académicos internacionales especializados en antisemitismo, estudios judíos y el Holocausto respondieron con la Declaración de Jerusalén sobre el Antisemitismo (DJA). Sus conclusiones apuntan en la misma dirección que este artículo: criticar a Israel no es antisemitismo, comparar sus políticas con el apartheid o el colonialismo no es antisemitismo.

 

Una distinción fundamental: el Estado y sus habitantes

El Estado de Israel, tal como fue concebido y construido, es un proyecto colonial: colonos europeos que, amparados en una ideología etnonacionalista y en el contexto de la descolonización de posguerra, establecieron un Estado sobre tierras habitadas por una población nativa a la que expulsaron masivamente. Ese origen, y la arquitectura legal de exclusión racial que lo ha sostenido durante casi ocho décadas, no tienen legitimidad moral ni jurídica. Cuestionarlo no es antisemitismo: es la misma lógica con que el mundo juzga hoy el colonialismo en cualquier parte del planeta.

Esto no es lo mismo que decir que los israelíes —las personas que hoy viven allí, que nacieron allí, que llevan generaciones construyendo sus vidas allí— no tienen derechos. Los tienen, y cualquier solución justa debe reconocerlos. Una paz que se construya sobre una nueva expulsión no es paz: es una inversión de la injusticia, no su resolución.

Esta distinción —entre cuestionar la legitimidad de un proyecto político y respetar los derechos de las personas que viven bajo él— es la que separa la crítica legítima del odio. Y es la que AJDA aplica en todo lo que escribe y dice.

 

Qué es el antisemitismo

El antisemitismo es el odio, la discriminación o la violencia dirigidos contra personas por el hecho de ser judías. Es una forma de racismo con una historia de casi dos mil años: las acusaciones medievales de crimen ritual, las expulsiones masivas, los pogromos, y finalmente el exterminio sistemático de seis millones de judíos en el Holocausto.

El antisemitismo se manifiesta de formas precisas y reconocibles. Enumerarlas no es un ejercicio académico: es una herramienta para distinguirlo de la crítica política legítima, y para no devaluar el concepto usándolo donde no corresponde.

 

La responsabilidad colectiva. Atribuir a todos los judíos del mundo responsabilidad por lo que hace el gobierno israelí es antisemitismo. Es la misma lógica que durante siglos hizo responsables a los judíos de la muerte de Cristo, de las pestes, de las crisis económicas. Que hoy se aplique en nombre de la solidaridad con Palestina no la hace menos peligrosa. Un judío chileno que marcha contra la guerra en Gaza no tiene nada que responder por las bombas que cae sobre Rafah.

 

La demonización. Representar a los judíos como seres malignos, conspiradores o subhumanos es antisemitismo. Esto incluye las teorías conspirativas sobre el poder judío mundial, la idea de que los judíos controlan los medios, los bancos o los gobiernos, y cualquier discurso que presente al pueblo judío como una fuerza del mal con agenda oculta. Estas narrativas tienen una larga historia y han servido siempre como preludio a la violencia.

 

La violencia y la amenaza. Atacar sinagogas, colegios judíos, cementerios o personas judías es antisemitismo, independientemente de la razón esgrimida. Amenazar, acosar o agredir a alguien por ser judío —en la calle, en redes sociales o en cualquier otro espacio— es un acto de odio racial que no tiene justificación posible. Que ocurra en el contexto de la guerra en Gaza no lo convierte en resistencia: es violencia dirigida a personas por su identidad.

 

El negacionismo. Negar o minimizar el Holocausto es antisemitismo. No porque sea una opinión incorrecta sobre un hecho histórico, sino porque es una operación ideológica deliberada que borra el mayor crimen cometido contra el pueblo judío, y que en muchos casos sirve para justificar nuevas formas de persecución. El Holocausto está documentado con una precisión histórica que no admite debate serio.

 

Estas son las formas reconocibles del antisemitismo. Ninguna de ellas se refiere a Israel, a sus políticas, a sus leyes o a sus operaciones militares. La distinción no es sutil: el antisemitismo odia a los judíos por ser judíos. La crítica a Israel juzga a un Estado por sus actos.

Por qué esta distinción importa hoy

Hay dos formas de dañar la lucha por los derechos palestinos. La primera es callar por miedo a ser acusado de antisemitismo. La segunda es dejar que esa lucha se contamine con odio real hacia los judíos, lo que le regala a Israel el argumento más poderoso para deslegitimarla.

 

AJDA existe, entre otras razones, para que ninguna de esas dos cosas ocurra. Somos judíos que documentamos y denunciamos los crímenes cometidos en nombre del pueblo judío. Esa posición nos da una responsabilidad particular: la de ser rigurosos en la crítica y, al mismo tiempo, implacables en el rechazo al antisemitismo en cualquiera de sus formas.

 

No porque los judíos merezcamos protección especial. Sino porque la lógica de la responsabilidad colectiva, una vez que se acepta, se vuelve contra todos.