Refugio para algunos: la política de inmigración selectiva en los orígenes del sionismo
Desde Ucrania en 1919 hasta Marruecos en 1953, el movimiento sionista entre rescatar vidas y construir un estado resolvió sistemáticamente a favor del segundo objetivo.
Cuatro episodios, 1919-1953
Desde su fundación, el movimiento sionista prometió al mundo judío ser su refugio: un hogar nacional abierto a todo un pueblo disperso por la persecución. Pero fue, al mismo tiempo, un proyecto de construcción estatal. Y estos dos objetivos —salvar vidas y edificar una nación— no siempre apuntaron en la misma dirección.
El historiador israelí Meir Margalit ha formulado esa tensión como un dilema entre «el bien del pueblo» (el rescate) y «el bien del país» (la construcción selectiva de la nación). Este artículo documenta cuatro episodios —Ucrania, 1919-1921; Palestina bajo el Mandato Británico, años veinte y treinta; la Alemania nazi, 1933-1939; y Marruecos, 1951-1953— en los que dirigentes e instituciones del movimiento sionista resolvieron ese dilema sistemáticamente a favor del segundo criterio.
Ante la escasez de recursos de un movimiento sin Estado, priorizar a los inmigrantes jóvenes, sanos y económicamente productivos era una respuesta racional, no una crueldad irracional. Pero precisamente por eso lo que muestra el registro histórico no es una desviación del ideal: es una política coherente.
En ninguno de los cuatro episodios hubo una prohibición total de inmigración judía; en los cuatro hubo, en cambio, un mismo criterio de selección aplicado con distinta intensidad: prioridad para quienes eran jóvenes, sanos, económicamente productivos o ideológicamente afines al proyecto nacional, y postergación o exclusión de quienes eran pobres, enfermos, ancianos o simplemente víctimas de una catástrofe que no habían elegido.
No se cerró la puerta; se instaló un umbral. Ese umbral es el hilo conductor de este artículo.
«Seleccionar el material humano»
La lógica que operó en los cuatro episodios no surgió de la improvisación. En 1919-1920, Arthur Ruppin —entonces director de la Oficina de Palestina de la Organización Sionista— formuló sin ambigüedad el principio que terminaría prevaleciendo: «cuanto más alto sea el nivel del inmigrante, más fácilmente podrá alcanzarse el objetivo (...) hasta ahora, la selección del material humano no ha cumplido ninguna función».
Esa frase —«material humano»— se convirtió en el andamiaje institucional de una inmigración que siempre fue, en la práctica, inmigración selectiva.
Episodio 1: Ucrania, 1919-1921 — Los refugiados que no eran «aptos»
Entre 1918 y 1921, la guerra civil rusa produjo una ola de pogromos contra las comunidades judías de Ucrania sin precedentes en la historia moderna hasta el Holocausto. Las estimaciones académicas oscilan entre 35.000 y 100.000 judíos asesinados o heridos y decenas de miles de niños huérfanos.
El movimiento sionista distinguía tajantemente entre el olé, el inmigrante ideológico que «asciende» a la tierra para construir la nación, y el simple inmigrante, que llega huyendo de la persecución o la pobreza sin ese proyecto.
Como explica el historiador Gur Alroey en Land of Refuge: Immigration to Palestine, 1919-1927 (Indiana University Press, 2024), pocas palabras han moldeado tanto la memoria colectiva israelí y el relato nacional como «aliá».
No es un sinónimo de «inmigración», sino una categoría cargada de valor que separa a quienes llegan por elección ideológica de quienes simplemente buscan refugio. Esa distinción determinaba quién encajaba en el relato de éxito colectivo que el movimiento necesitaba proyectar.
El barco Ruslan, que ancló en Jaffa el 19 de diciembre de 1919 con cerca de 670 pasajeros, ocupa un lugar central en la historiografía sionista como el símbolo del inicio de la Tercera Aliá. Pero sus pasajeros no encajaban en la categoría de olim.
Según los datos demográficos de Alroey, no eran mayoritariamente halutzim (pioneros ideológicos), sino, en palabras de un testigo de la época, «personas desoladas y en duelo, sombras de seres humanos»: viudas, huérfanos, familias fragmentadas por la violencia. Muchos de ellos no tenían más alternativa porque las nuevas leyes migratorias de Estados Unidos les habían cerrado esa puerta.
Alroey documenta que, precisamente por eso, para el movimiento sionista era estratégicamente decisivo etiquetar su llegada como «aliá» y no como «inmigración»: camuflar a estos refugiados como olim permitía incorporarlos al relato de construcción nacional sin admitir que el movimiento estaba recibiendo, en ese momento, exactamente el perfil que años después decidiría filtrar.
En el liderazgo sionista no existía la visión del refugio incondicional. En diciembre de 1919, poco antes de la llegada del Ruslan, Jaím Weizmann —entonces presidente de la Organización Sionista Mundial— pronunció un discurso en la Escuela Laemel de Jerusalén en el que declaró que no creía en una aliá desorganizada y que «el sionismo no puede ser la solución a una catástrofe». Reconoció haber sentido «remordimientos de conciencia» por haber anunciado, en la conferencia de paz de París, que Palestina podría absorber decenas de miles de inmigrantes al año: el país podía hacerlo económicamente, dijo, pero él no veía en la destrucción de esa época «la fuerza constructiva enorme que requiere este gran programa».
La consecuencia práctica no se hizo esperar. Según Alroey, tras la caída del régimen militar británico en 1920 se abrió un breve período de inmigración libre en el que entraron en Palestina unos 7.000 refugiados en solo seis meses, muchos de ellos judíos de Europa del Este que huían de la violencia y no por compartir el proyecto ideológico sionista.
Fue precisamente esa oleada, y el temor a que se repitiera, lo que llevó al movimiento a actuar: como ese perfil no se ajustaba a la política que preferían Weizmann y Nahum Sokolow, la Organización Sionista —de común acuerdo con las autoridades británicas— solicitó reducir la cuota de inmigración —unas 80.000 personas, contando cabezas de familia y dependientes— a apenas 1.000.
Este dato conviene detenerlo un instante. Las cuotas migratorias del Mandato Británico fueron durante décadas el blanco principal de la crítica sionista, y con razón. Pero en este caso la restricción no la impuso Londres: la pidió Jerusalén. Y ni siquiera se asumió ante la propia militancia: Alroey subraya que la mayoría de los delegados al Congreso Sionista de 1921 ignoraban que la reducción había sido pedida por su propio liderazgo y creían que respondía únicamente a la presión árabe tras los disturbios de esos años.
Una tesis doctoral de la LSE (https://etheses.lse.ac.uk/4034/1/Mossek__Immigration-policy-Palestine.pdf?utm_source=chatgpt.com) confirma que según la documentación del Central Zionist Office, en noviembre de 1920 se comunicó a las oficinas sionistas que existía un acuerdo con el Foreign Office para reducir los certificados —emitidos por cabeza de familia, cada uno con derecho a dependientes— de 16.500 a 1.000, y que se aceptarían solamente solteros (bachelors). La tesis cita correspondencia del archivo sionista, concretamente C.Z.O., circular to Palestine Offices, 19.11.1920, Z4/1237.
No todos en el movimiento estuvieron de acuerdo. Max Nordau propuso en la conferencia de Londres de 1920 traer a Palestina medio millón de inmigrantes; su propuesta ni siquiera fue debatida.
Otras voces, como la de Menachem Sheinkin, jefe de la oficina de inmigración de Tel Aviv, o la del publicista Moshe Smilansky —para quien, si el sionismo no podía dar siquiera una solución parcial a la supervivencia de los judíos como individuos, «está en bancarrota»—, denunciaron que la Organización había puesto «todo su peso moral» del lado de los halutzim jóvenes, dejando «en la sombra, como hijastros del movimiento» a los miles de judíos comunes que también querían inmigrar.
Pero, a pesar de esas voces disidentes, prevaleció la lógica de Ruppin: seleccionar antes de dejar entrar.
Episodio 2: El umbral interior — Seleccionar y expulsar bajo el Mandato
La selección no solo operaba en la frontera, filtrando candidatos antes del embarque. También echaba atrás a quienes ya habían cruzado.
Según reconstruye el historiador israelí Meir Margalit —citado por Tom Segev en Haaretz (2 de enero de 2019)—, durante el Mandato Británico hubo casos de judíos efectivamente forzados a abandonar Palestina: ancianos y personas con enfermedades crónicas a quienes se consideraba una carga para la comunidad. El mecanismo no era una expulsión policial directa, sino coerción institucional: se les retiraba el apoyo oficial, incluidos los servicios médicos, hasta que no les quedaba otra opción que partir.
La cifra afectada fue pequeña —«como máximo unos cientos de casos», según Margalit— pero el patrón revela, en sus palabras, «la disposición del movimiento sionista a ser cruel con quienes no contribuían a sus objetivos nacionales». Segev añade que a algunos de esos deportados se los envió «a Austria o incluso a Alemania, incluso en los primeros años del régimen nazi».
El andamiaje institucional de esa práctica está documentado en un artículo académico revisado por pares: Rakefet Zalashik, «Psychiatry, ethnicity and migration: the case of Palestine, 1920-1948», Dynamis 25 (2005). Desde comienzos de los años veinte, la Agencia Judía realizaba una selección médica de los candidatos a inmigrar en comités instalados en Europa, con el fin declarado de asegurar la «alta calidad del material humano» que entraba al país.
Zalashik registra también un caso concreto de devolución solicitada ya bajo el régimen nazi: a fines de noviembre de 1933, Henrietta Szold —entonces jefa del Departamento de Salud de la Agencia Judía, y más tarde fundadora de la Alia Juvenil que rescataría a miles de niños judíos alemanes— escribió a Georg Landauer, del Departamento Alemán de la Agencia Judía en Berlín, exigiendo controles médicos más estrictos. El motivo fue el caso de una familia —identificada en el archivo solo como «familia M.»— que había pasado el filtro médico de Berlín y llegado a Palestina; la madre, con una enfermedad mental, fue hospitalizada de inmediato, y el padre fue calificado de «psicópata» por las autoridades locales. Szold pidió a Landauer que la familia fuera devuelta a Alemania, «especialmente porque sus miembros eran conocidos también en Alemania como enfermos y anormales» (Zionist Archive, J1-6203).
No hay registro de que esa devolución llegara a concretarse, y ese detalle importa: el umbral no dependía de la maldad de quien lo administraba, sino de la lógica de quien lo había construido. Que la petición partiera de la fundadora de la Alia Juvenil demuestra que era institucional, no anecdótica.
En Ucrania se había filtrado a los refugiados por su perfil económico e ideológico; en Palestina, por su estado de salud, antes y después del desembarco. Ese mismo umbral se alzaría, con mayor crudeza, ante las víctimas del nazismo.
Episodio 3: 1933-1939 — Seleccionar entre las víctimas del nazismo
El ascenso de Hitler planteó al movimiento sionista una versión más extrema del mismo dilema. Entre 1933 y 1935 —los años de mayor volumen de solicitudes de emigración judeoalemana— la Agencia Judía rechazó, según el historiador Abraham Margaliot, dos tercios de las solicitudes presentadas por judíos alemanes pobres.
La historiadora del Holocausto Aviva Halamish ha documentado, además, que el liderazgo sionista racionó el rescate de la judería alemana dando prioridad a la judería de Europa del Este, pese a que el Mandato Británico facilitaba hasta cuatro veces más la inmigración de alemanes que la de otros orígenes. La elección no respondía, pues, a una limitación externa: priorizar a los halutzim del Este sobre a los judíos asimilados y urbanos de Alemania era una decisión interna, ideológica.
David Ben-Gurion fue explícito sobre las prioridades en juego. En noviembre de 1935 declaró: «Nuestro movimiento estará condenado a menos que haga el mayor esfuerzo por salvar el máximo absoluto de los bienes judíos para Palestina, en el mínimo absoluto de tiempo (...) A la catástrofe de la judería alemana debemos ofrecer una respuesta sionista: convertir la catástrofe en una fuente para la construcción de Palestina, debemos salvar tanto las vidas como la propiedad de la judería alemana para Palestina. Este rescate tiene prioridad sobre todo lo demás» (citado en Shabtai Teveth, Ben-Gurion: The Burning Ground, 1987).
La cita es reveladora: el rescate no era un fin en sí mismo, sino una «fuente para la construcción de Palestina». Tres años después, con la noche de los cristales rotos reciente, lo dijo aún más claramente ante el Comité Central de Mapai, en diciembre de 1938: «Si supiera que es posible salvar a todos los niños de Alemania trasladándolos a Inglaterra, y solo a la mitad trasladándolos a Tierra de Israel, elegiría lo segundo: no se trata solo de estos niños, sino de las consideraciones históricas del pueblo de Israel» (Teveth, op. cit., pp. 855-856). No se trata, escribió, de abandonar a la mitad, sino de entender que el sionismo no es una agencia de socorro: es el instrumento de la historia del pueblo judío.
Y la construcción requería capital. El Acuerdo de Transferencia (Haavara), firmado en 1933 entre la Agencia Judía, la Federación Sionista Alemana y el Ministerio de Economía del Reich, permitió a unos 60.000 judíos alemanes trasladar parte de sus bienes a Palestina a cambio de comprar productos alemanes. Fue un arreglo polémico —colaboraba económicamente con el régimen nazi en pleno boicot internacional— y benefició sistemáticamente a quienes tenían capital que transferir. Los pobres, una vez más, quedaron del lado de afuera del umbral.
Episodio 4: 1951-1953 — La Seleqṣeya en Marruecos
El patrón no terminó con la fundación del Estado de Israel en 1948. Desde 1949, el aparato clandestino Cadima —operado por la Agencia Judía y el Mossad LeAliyah en Marruecos bajo cobertura de servicios sociales— organizó la salida de los judíos marroquíes. A mediados de 1951, ya bajo soberanía israelí, esa operación incorporó la política conocida en hebreo como ha-Seleqṣeya («la selección»), aplicada de forma estricta hasta 1953.
Según reconstruye el historiador Norman Stillman —autor de las obras de referencia sobre los judíos del mundo árabe, The Jews of Arab Lands (1979) y su continuación de 1991—, la Agencia Judía discriminó bajo esta política contra los judíos marroquíes pobres que no podían costear su propia inmigración, contra las familias sin un sostén económico en edad productiva (18 a 45 años) y contra las familias con algún integrante que necesitara atención médica. Stillman califica la Seleqṣeya como una política «draconiana y frecuentemente cruel». Se aplicó también, en menor medida, a los judíos tunecinos. Generó amargura en la comunidad judía marroquí y magrebí y fue objeto de debate interno en la administración israelí. Fue derogada en 1953 —no por razones morales, sino porque Cadima buscaba intensificar la emigración ante el cierre inminente del protectorado francés en Marruecos.
Pese a esta política, la emigración total fue masiva: Cadima facilitó la salida de unos 90.000 judíos marroquíes entre 1949 y 1956, y hacia mediados de los años setenta cerca del 90% de la comunidad judía marroquí —un cuarto de millón de personas en su momento de mayor tamaño— había hecho aliá. La Seleqṣeya no bloqueó la inmigración marroquí en su conjunto: filtró selectivamente, durante unos dos años, a los sectores más pobres y vulnerables de esa comunidad, que eran precisamente quienes más urgencia tenían de salir.
El mismo criterio, cuatro veces
Los cuatro episodios reunidos aquí ocurren en geografías, décadas y contextos políticos distintos: la Ucrania de la guerra civil, la Palestina del Mandato Británico, la Alemania nazi, el Marruecos del ocaso colonial francés. En todos ellos, cuando la tensión entre «el bien del pueblo» y «el bien del país» se hizo explícita, el liderazgo sionista eligió sistemáticamente el segundo criterio.
La formulación de Arthur Ruppin en 1919-1920 —seleccionar el «material humano» para elevar el «nivel» de la inmigración— reaparece, con otro vocabulario, en el «material humano de baja calidad» que rechazaban los comités médicos de los años treinta, en el rescate subordinado a la «fuente para la construcción» de Ben-Gurion y en los criterios de exclusión de la Seleqṣeya en los años cincuenta. No fue una contradicción ocasional ni una desviación del ideal. Fue una política coherente, aplicada con distintos grados de intensidad, durante más de tres décadas.
La promesa de refugio universal no fue, en el registro histórico, una mentira. Fue una promesa jerarquizada. Israel absorbió a cientos de miles de judíos y sigue siendo, para muchos, un refugio posible. Pero en los momentos en que la tensión entre rescate y construcción nacional se hizo explícita, la balanza se inclinó siempre del mismo lado.
No se prohibió la inmigración; se seleccionó. No se cerró la puerta; se instaló un umbral. Y quienes quedaron del otro lado fueron, en cada época, los más vulnerables: los pobres, los enfermos, los ancianos, los huérfanos, las víctimas de una catástrofe que no habían elegido.
Queda al lector juzgar qué implica esa reiteración para la forma en que Israel se presenta ante el mundo judío como el refugio de todo un pueblo.
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Fuentes
Gur Alroey, Land of Refuge: Immigration to Palestine, 1919-1927. Indiana University Press, 2024. Acceso abierto.
Tom Segev, «Zionism's Dark Secret», Haaretz, 2 de enero de 2019, sobre la investigación de Meir Margalit, Hashavim Bedim'a: Hayerida Bitekufat Hamandat Habriti.
Rakefet Zalashik, «Psychiatry, ethnicity and migration: the case of Palestine, 1920-1948», Dynamis 25 (2005), pp. 403-422.
Abraham Margaliot, «The Problem of the Rescue of German Jewry during the Years 1933-1939: The Reasons for the Delay in Their Emigration from the Third Reich», en Michael R. Marrus (ed.), The Nazi Holocaust, vol. 2. Berlín/Boston: De Gruyter Saur, 1989, pp. 553-571.
Aviva Halamish, «Palestine as a Destination for Jewish Immigrants and Refugees from Nazi Germany», en Frank Caestecker y Bob Moore (eds.), Refugees from Nazi Germany and the Liberal European States. Nueva York/Oxford: Berghahn Books, 2010, pp. 122-150.
Shabtai Teveth, Ben-Gurion: The Burning Ground, 1886-1948. 1987.
Norman A. Stillman, The Jews of Arab Lands: A History and Source Book. 1979, y su continuación The Jews of Arab Lands in Modern Times. 1991.