Los nuevos “Nuevos Historiadores” (I): la teología oculta del sionismo, según Amnon Raz-Krakotzkin
Hasta comienzos de los años ochenta, la narrativa dominante en Israel sobre su propio origen era notablemente homogénea. Sostenía un puñado de mitos fundacionales —el rechazo árabe unánime a la partición, la huida voluntaria de los palestinos, un ejército israelí que enfrentó a un Goliat árabe muy superior en número— que prácticamente no se cuestionaban, ni dentro ni fuera del país.
Esa homogeneidad se quebró con la generación de los Nuevos Historiadores. Usando los archivos del propio Estado, recién desclasificados, historiadores como Simha Flapan, Benny Morris, Avi Shlaim, Ilan Pappé y Tom Segev desmontaron uno por uno esos mitos, concentrados sobre todo en la creación del Estado, la guer ra de independencia de 1948 y la Nakba palestina.
Ya hemos contado esa historia en una serie de artículos como https://ajda.cl/#articulo/ilan-pappe-y-la-actualidad-de-una-advertencia-historica o Benny Morris, el historiador que probó el crimen y lo justificó, y hemos explorado sus consecuencias vivas en Ser palestino en Israel.
De esa ruptura surgió, con los años, una segunda generación —formada bajo la sombra de los primeros, pero sin repetir su objeto de estudio— que trasladó la mirada crítica hacia otros terrenos: la teología y la ideología del propio sionismo, la vida bajo el Mandato y la ocupación, la memoria religiosa. Iremos presentando a sus integrantes en los próximos boletines. Esta entrega está dedicada al primero de ellos: Amnon Raz-Krakotzkin.
Quién es
Nacido en Jerusalén en 1958, Raz-Krakotzkin enseña historia del judaísmo en la Universidad Ben-Gurión del Néguev. Se doctoró en la Universidad de Tel Aviv bajo la dirección de Amos Funkenstein con una tesis sobre censura católica y literatura hebrea en el siglo XVI, fue fellow del Wissenschaftskolleg de Berlín y es miembro fundador del programa académico Europe in the Middle East–The Middle East in Europe (EUME).
A diferencia de Morris, Shlaim o Pappé, su trabajo no revisa episodios puntuales de la guerra de 1948: examina el andamiaje conceptual con el que el sionismo se piensa a sí mismo.
La teología oculta del sionismo
El argumento central de Raz-Krakotzkin es que el sionismo se describe a sí mismo con un vocabulario que parece secular y moderno, pero que en realidad hereda una estructura teológica cristiana.
El discurso sionista clásico habla de un “retorno a la historia”: la idea de que, tras dos mil años de exilio (galut), el pueblo judío recupera con la fundación del Estado su lugar como sujeto histórico y político.
Para Raz-Krakotzkin, esa fórmula no inventa una relación nueva con el tiempo: reproduce la vieja polémica cristiana contra el judaísmo, que interpretaba el exilio judío como un castigo y una anomalía —el pueblo disperso, sin tierra ni soberanía, como signo de su propia caída— a la espera de una restitución final.
El sionismo, sostiene, aceptó esos mismos términos en versión secularizada: convirtió el exilio, que en la tradición judía premoderna era ante todo una condición espiritual —una forma de relación con Dios y con el mundo, elaborada durante siglos por la literatura rabínica y cabalística—, en un simple problema político a resolver mediante la soberanía territorial.
Al hacerlo, argumenta, el proyecto sionista no solo canceló la historicidad de la experiencia diaspórica judía —la trató como un paréntesis vacío entre la Antigüedad bíblica y el presente nacional—, sino que replicó, esta vez sobre Palestina, la misma operación de borramiento: el “retorno a la historia” implicó también la negación de la historia de la tierra y de sus habitantes árabes.
A esa matriz teológica, Raz-Krakotzkin suma una capa orientalista, en el sentido que Edward Said dio al término: la cultura europea dividió al mundo en un Occidente moderno, histórico y racional, y un Oriente estancado, sin historia propia, necesitado de tutela.
Es la misma lógica con que buena parte de esa cultura describió durante siglos al judío diaspórico —oriental, atrasado, ajeno a la Europa moderna— y que el sionismo temprano dijo querer superar: convertir al judío "oriental" en un sujeto europeo, moderno e histórico.
Pero para Raz-Krakotzkin el sionismo no abandonó esa jerarquía, sino que cambió de lugar a quién la aplica: Israel se pensó como el regreso de un Occidente esencialmente europeo a un Oriente —esta vez Palestina y su población árabe— que había que modernizar y redimir desde afuera.
Teología y orientalismo, sostiene, no son dos críticas separadas sino una sola: ambas describen cómo el sionismo, aun proclamándose secular, conservó la misma lógica de jerarquía civilizatoria que decía combatir, solo que redirigida contra los palestinos.
En 2022 Raz-Krakotzkin llevó ese argumento a un terreno concreto con Conciencia bíblica, conciencia mishnáica: Safed y la cultura sionista, un estudio sobre la comunidad cabalística que floreció en esa ciudad de Galilea en el siglo XVI.
Para Raz-Krakotzkin, Safed ofrece un modelo de vida judía en la Tierra de Israel radicalmente distinto del sionista: una comunidad que no buscaba poner fin al exilio sino profundizar su sentido, que hizo del galut una experiencia espiritual central en lugar de una condición política transitoria. La historiografía sionista, según su lectura, dejó a Safed en un segundo plano precisamente porque no encaja con el relato de la soberanía como destino final del pueblo judío.
El binacionalismo como categoría crítica
Si el exilio no es una anomalía a superar sino una experiencia con valor propio, la pregunta que sigue es qué modelo político se desprende de esa idea. La respuesta de Raz-Krakotzkin es el binacionalismo, pero entendido de un modo específico: no como una fórmula de reparto territorial entre dos estados o una ingeniería institucional para dos comunidades separadas, sino como una categoría crítica —una manera de pensar la convivencia judeo-árabe que el sionismo político descartó desde sus primeras décadas.
Para reconstruir esa tradición, retoma a intelectuales judíos que, ya en el período del Mandato británico, cuestionaron la meta de un Estado judío exclusivo: Gershom Scholem y Hannah Arendt, ambos vinculados en distintos momentos a los círculos binacionalistas de Brit Shalom, sostuvieron que la convivencia con la población árabe de Palestina —y no la soberanía excluyente— debía ser el horizonte del proyecto judío en la región.
Raz-Krakotzkin actualiza esa tradición en diálogo con referentes palestinos como Edward Said y Mahmud Darwish, con quienes comparte la idea de que exilio y binacionalismo son conceptos que se iluminan mutuamente: así como el galut judío no debe leerse como mera ausencia de Estado, la relación con los palestinos no debería organizarse en torno a la separación étnica, sino a una convivencia política compartida en el mismo territorio.
Esta no es, para Raz-Krakotzkin, una posición marginal o meramente teórica: se ha pronunciado públicamente en Israel y en foros internacionales a favor de un Estado binacional, y su trabajo académico y su intervención política se alimentan mutuamente.
Es también una postura minoritaria y disputada dentro de la propia academia israelí, donde tanto la historiografía convencional como buena parte de la izquierda sionista dan por sentado que la única salida posible es la partición en dos estados nacionales separados.
Por qué importa
El trabajo de Raz-Krakotzkin no compite con los planteamientos de los Nuevos Historiadores ni los reemplaza: los completa en otro registro.
Morris, Shlaim, Pappé y Segev documentaron que la creación del Estado fue, en los hechos, un proyecto colonial de asentamiento —con sus expulsiones, su superioridad militar y su trato hacia la población árabe nativa— sostenido por los mismos supuestos racistas y supremacistas que legitimaron otros proyectos coloniales europeos del siglo XIX y XX.
Raz-Krakotzkin no disputa esa explicación material; pregunta, en un plano distinto, cómo el sionismo logró narrarse a sí mismo reutilizando una teología cristiana anterior a cualquier política del siglo XX.
La conclusión práctica de su trabajo —que la alternativa a la separación no es una utopía sino una tradición judía real, es también un puente hacia la pregunta que atraviesa a toda la segunda generación de historiadores: qué relación es posible, hoy, entre israelíes y palestinos
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