Los Nuevos Historiadores de Israel: el oficio de desarmar un relato fundacional.

Cómo una generación de académicos israelíes reescribió la historia de 1948 y qué queda de esa revolución historiográfica cuatro décadas después.

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Los Nuevos Historiadores de Israel: el oficio de desarmar un relato fundacional.
David Ben Gurion (Foto: Dan Hadani collection / National Library of Israel)

En 1988 la revista Journal of Palestine Studies publicó un artículo del historiador israelí Benny Morris titulado "The New Historiography: Israel Confronts Its Past". El texto bautizó, casi por accidente, a un grupo de investigadores que hasta entonces no se reconocían como escuela: los Nuevos Historiadores. Eran israelíes, hablaban hebreo, la mayoría había servido en el ejército, y estaban usando los archivos del propio Estado de Israel para demostrar que buena parte de lo que ese Estado contaba sobre su nacimiento era falso.

El fenómeno importa por una razón que excede a Israel. No fue una crítica externa ni un panfleto militante: fue una revisión hecha desde adentro, con las herramientas más convencionales del oficio —documentos desclasificados, actas de gabinete, órdenes militares, correspondencia diplomática— y publicada en editoriales universitarias de primer nivel. Esa combinación de origen interno y método ortodoxo es lo que hizo que el relato oficial no pudiera desestimarla como propaganda enemiga.

Cómo surgieron: los archivos se abren

El detonante fue administrativo antes que intelectual. El proceso de apertura de archivos israelíes, iniciado de manera significativa cuando comenzaron a cumplirse los plazos de desclasificación de documentos de las décadas de 1940 y 1950, proporcionó a una nueva generación de investigadores un volumen de fuentes primarias hasta entonces inaccesible.

A comienzos de los años ochenta comenzaron a desclasificarse masivamente los documentos del período 1947-1949: protocolos del gabinete provisional, papeles de la Haganá y del Palmaj, telegramas del Ministerio de Relaciones Exteriores, informes de inteligencia.

Por primera vez, la guerra de 1948 podía estudiarse con fuentes primarias israelíes en lugar de con memorias de protagonistas.

El momento político también contaba. La guerra del Líbano de 1982 y la primera Intifada, iniciada en 1987, quebraron el consenso interno sobre la inocencia militar israelí y crearon un público dispuesto a escuchar preguntas incómodas.

La generación que llegaba a la universidad ya no era la del 48: no había fundado el Estado y no sentía la obligación de custodiar su epopeya.

A eso se sumó un cambio en la propia disciplina. La historiografía israelí clásica —a menudo escrita por funcionarios, oficiales o historiadores institucionales vinculados al aparato estatal— era, en buena medida, historia oficial: un relato pedagógico destinado a la construcción nacional.

Los Nuevos Historiadores aplicaron a ese relato el escepticismo documental estándar de cualquier historiografía profesional, y el resultado fue devastador precisamente por ser metodológicamente banal.

Los fundadores

El grupo nunca fue una escuela organizada. No compartían método, ideología ni conclusiones, y con los años terminaron enfrentados entre sí. Lo que los unió fue un objeto —1948— y un momento.

Simha Flapan (1911-1987)

El precursor. Dirigente del partido Mapam y editor de la revista New Outlook, publicó en 1987 The Birth of Israel: Myths and Realities, donde enumeró y refutó siete "mitos" fundacionales: que Israel aceptó el plan de partición de buena fe, que los árabes lo rechazaron unánimemente, que los palestinos huyeron por orden de sus líderes, que todos los Estados árabes se unieron para destruir el nuevo Estado, que el ejército israelí era David frente a Goliat, y que Israel siempre tendió la mano a la paz. Flapan murió el mismo año de la publicación; no era historiador profesional, pero fijó la agenda temática de todos los que vinieron después.

Benny Morris (1948-)

El más riguroso documentalmente y el más incómodo para todos los bandos. Su The Birth of the Palestinian Refugee Problem, 1947-1949 (1988), ampliado y corregido en 2004, reconstruyó aldea por aldea el éxodo de unos 700.000 palestinos. Su conclusión —que el desplazamiento no obedeció ni a un plan maestro premeditado ni a órdenes de huida de los líderes árabes, sino a una combinación de expulsiones deliberadas, masacres, pánico y guerra— destruyó simultáneamente la versión israelí y la versión árabe clásicas. Morris se negó siempre a ser leído como militante propalestino, y su trayectoria posterior lo confirmaría de manera brutal.

Avi Shlaim (1945-)

Nacido en Bagdad, profesor en Oxford, es el historiador diplomático del grupo. En Collusion across the Jordan (1988) y luego en The Iron Wall (2000), documentó los entendimientos tácitos entre la Agencia Judía y el rey Abdalá de Transjordania para repartirse el territorio destinado al Estado árabe palestino. Su tesis del "muro de hierro" —tomada de Ze'ev Jabotinsky— sostiene que Israel adoptó de forma permanente una doctrina de fuerza que consideraba la negociación solo tras el agotamiento del adversario, y que desaprovechó oportunidades reales de acuerdo.

Ilan Pappé (1954-)

El más radical políticamente y el más discutido metodológicamente. Su La limpieza étnica de Palestina (2006) sostiene que el desplazamiento de 1948 no fue un subproducto de la guerra sino la ejecución de un designio deliberado, expresado en el Plan Dalet, y que corresponde a la definición jurídica de limpieza étnica. Pappé asume abiertamente una posición antisionista, defiende el uso de la historia oral palestina como fuente de igual jerarquía que el documento estatal y apoya el boicot académico a Israel. Presionado por su entorno, dejó la Universidad de Haifa en 2007 y se trasladó a la Universidad de Exeter.

Tom Segev (1945-)

Periodista e historiador, es el más leído del grupo en Israel. En 1949: los primeros israelíes, El séptimo millón y Palestina bajo los británicos combinó el archivo con la historia social y cultural. Su aporte específico fue extender la revisión más allá de 1948: mostró cómo el Estado trató a los inmigrantes judíos de países árabes, cómo instrumentalizó políticamente la memoria del Holocausto y cómo el Mandato británico favoreció al proyecto sionista mucho más de lo que el relato de la lucha anticolonial admite.

Qué mitos cayeron

El resultado acumulado de estas investigaciones puede resumirse en un conjunto de correcciones concretas al relato oficial:

El éxodo palestino. La versión oficial sostenía que los árabes se fueron voluntariamente o por orden de sus propios líderes. Los archivos muestran expulsiones ordenadas (Lida y Ramla, entre otras), masacres con efecto disuasivo (Deir Yassin), destrucción sistemática de aldeas para impedir el retorno y una política deliberada de no permitir la vuelta de los refugiados una vez terminada la guerra.

David contra Goliat. En las fases decisivas del conflicto, las fuerzas judías superaron en número, organización y —desde mediados de 1948— en armamento a los ejércitos árabes combinados, que actuaron sin mando unificado y con objetivos contrapuestos.

El frente árabe monolítico. Transjordania, la potencia militar más eficaz del bando árabe, tenía un entendimiento previo con la dirigencia sionista; Egipto entró en la guerra tanto para frenar a Abdalá como para combatir a Israel.

La mano tendida a la paz. Existieron aperturas árabes de posguerra —notablemente la de Husni al-Zaim en Siria en 1949— que Israel no exploró seriamente.

El vacío demográfico. La idea de una tierra sin pueblo fue reemplazada por el estudio de una sociedad palestina preexistente, con su propia estructura agraria, urbana y política.

La segunda generación: quiénes siguen sus pasos

La revisión no se detuvo en 1948. Una segunda ola de investigadores desplazó el foco desde la guerra hacia las estructuras: la ideología del sionismo temprano, el trato del Estado hacia sus propios ciudadanos y la mecánica cotidiana de la ocupación posterior a 1967.

Gershon Shafir abrió esta vía con Land, Labor and the Origins of the Israeli-Palestinian Conflict (1989), que analizó la colonización sionista con las categorías de la sociología comparada de las sociedades de asentamiento, y junto con Baruch Kimmerling —pionero de la llamada nueva sociología israelí— trasladó la discusión del terreno de los hechos al de los marcos conceptuales.

Shlomo Sand, historiador de la Universidad de Tel Aviv, llevó el revisionismo hasta el núcleo identitario con La invención del pueblo judío (2008) y La invención de la Tierra de Israel (2012), donde cuestiona la continuidad étnica y el relato del exilio y el retorno. Sus tesis son ampliamente discutidas por historiadores y genetistas, pero su impacto público fue enorme.

Hillel Cohen es hoy quizás el más influyente de la generación intermedia. Ejército de sombras (2004) documentó la colaboración palestina con el sionismo antes de 1948, y 1929: año cero del conflicto (2013) reconstruyó los disturbios de Hebrón como el momento en que el conflicto adquirió su carga religiosa y binacional. Cohen escribe desde adentro de la academia israelí y trabaja con fuentes hebreas y árabes por igual.

Otros nombres que prolongan la línea:

Yehouda Shenhav y Ella Shohat, que abrieron el campo de los estudios mizrajíes y mostraron cómo el relato ashkenazí dominante marginó a los judíos de países árabes;

Idith Zertal, que estudió los usos políticos de la memoria del Holocausto, en parte junto a Akiva Eldar en Los señores de la tierra, sobre el movimiento de colonos;

Adam Raz, que en Kfar Qasem (2018) y en trabajos sobre el saqueo de propiedades palestinas en 1948 trabaja con material desclasificado recientemente;

Amnon Raz-Krakotzkin, con su crítica teológico-política del sionismo desde una perspectiva judía; y

Avner Ben-Amos y Ariella Azoulay, que analizan la construcción visual y pedagógica del relato nacional.

Fuera de la academia, el trabajo continúa en organizaciones como Zochrot —dedicada a difundir en hebreo la memoria de las aldeas destruidas en la Nakba—, el archivo Akevot, especializado en desclasificación documental, y el diario Haaretz, que ha publicado buena parte de las revelaciones archivísticas de la última década.

Ese circuito es hoy tan relevante como la universidad, sobre todo porque el Estado israelí ha vuelto a clasificar documentos que ya habían sido abiertos, práctica denunciada por Akevot y por varios de estos historiadores.

Por qué importan

El aporte central de los Nuevos Historiadores no fue moral sino epistemológico: convirtieron el relato fundacional israelí en un objeto de investigación en lugar de un artículo de fe.

Hasta ellos, la discusión sobre 1948 enfrentaba dos memorias nacionales; después de ellos, existe un corpus documental común sobre el cual las partes pueden discrepar en la interpretación pero no en los hechos básicos.

Esa base tuvo efectos concretos. Sin ella, el problema de los refugiados de 1948 y el derecho al retorno no habrían llegado a la mesa de negociación de los años noventa como cuestiones históricas con evidencia detrás.

La discusión israelí interna sobre la responsabilidad en el origen del problema palestino —presente en los debates de Camp David y Taba— es impensable sin esta literatura.

También cambiaron la manera en que Israel se piensa a sí mismo, aunque el movimiento pendular sea evidente: los libros de texto escolares israelíes incorporaron parcialmente estas conclusiones en los años noventa y luego las retiraron.

La revisión historiográfica avanzó más rápido que la voluntad política de asumirla.

 

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