La falla Carlson: cómo se agrieta el respaldo estadounidense a Israel

Tucker Carlson, la voz más influyente de la nueva derecha estadounidense, ha roto con el consenso evangélico pro-Israel y dado plataforma a discursos antisemitas, debilitando los dos pilares sociales que sostienen el vínculo entre Washington y Jerusalén.

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La falla Carlson: cómo se agrieta el respaldo estadounidense a Israel
 Photo by Gage Skidmore (Creative Commons)

Los terremotos no comienzan cuando la tierra se abre. Comienzan mucho antes, cuando una falla acumula tensiones invisibles durante años. Es lo que se deja entrever en el impacto que está teniendo la figura de Tucker Carlson en el escenario político de Estados Unidos y sus repercusiones en el futuro de las relaciones de Estados Unidos con Israel y en la seguridad de este último.

Carlson, nacido en 1969, es hoy una de las voces más influyentes de la derecha estadounidense. Trabajó durante años en cadenas de noticias por cable —incluyendo CNN y, más tarde, la cadena conservadora Fox News—, donde entre 2016 y 2023 condujo el programa de mayor audiencia de la televisión por cable estadounidense. Desde entonces produce su propio programa de forma independiente, con una audiencia que en internet supera a la de cualquier canal de noticias tradicional.

Su peso político es tal que hay un movimiento conformado por varias figuras que han ido rompiendo con Trump y que buscan convencerlo de encabezar la fundación de un tercer partido político, con vistas a una eventual candidatura presidencial en 2028. Un factor que se repite en los argumentos de quienes han dejado de apoyar a Trump es la relación de Washington con Israel.

Carlson, por ahora, ha descartado presentarse como candidato, aunque ha dicho que ayudará a construir el nuevo proyecto.

Tucker Carlson viene del corazón del ala evangélica del conservadurismo estadounidense. El ala derecha del Partido Republicano es mayoritariamente evangélica, y el sionismo cristiano (la idea de que el apoyo a Israel es un mandato bíblico) es prácticamente la posición por defecto en ese electorado desde los años 80.

En sus primeros años como comentarista, Carlson representaba una postura bastante convencional dentro de la derecha estadounidense y según declaraciones recientes, evitó durante casi toda su carrera, criticar a Israel.

Él mismo ha explicado esa cautela con una frase reveladora: durante años operó bajo lo que llamó una "regla no escrita", según la cual criticar al Estado de Israel equivale, en el debate público estadounidense, a criticar a los judíos como comunidad, con el consiguiente costo social y profesional. Sostiene que sus dudas sobre la política israelí eran privadas y antiguas, pero que solo las hizo públicas cuando por la guerra con Irán en 2026 rompió su relación con Trump.

El respaldo evangélico a Israel, y la grieta que abrió Carlson

En Estados Unidos, el bloque social más numeroso y más constante en su respaldo político a Israel no es la comunidad judía estadounidense —que es relativamente pequeña y políticamente diversa— sino el movimiento evangélico blanco, decenas de millones de personas que interpretan ciertos pasajes bíblicos como un mandato religioso de apoyar al Estado de Israel. A esta corriente se la conoce como sionismo cristiano, y durante las últimas décadas ha sido uno de los pilares más sólidos de la relación especial entre Washington y Jerusalén.

Carlson, que proviene de ese mismo electorado evangélico y construyó su audiencia dentro de él, comenzó en el último año a atacar frontalmente esa teología. En una entrevista de amplia repercusión calificó al sionismo cristiano de "herejía peligrosa" y de "virus mental" que, según él, había infectado a las iglesias, apuntando por nombre a figuras evangélicas prominentes que respaldan a Israel.

Ese ataque no quedó en el terreno teológico: forma parte de un argumento político más amplio, según el cual Estados Unidos habría subordinado sus propios intereses nacionales a los de un país extranjero por razones religiosas que Carlson considera infundadas.

De acuerdo a encuestas recientes, el respaldo evangélico de base a Israel aún se mantiene mayoritariamente estable pese a la ofensiva mediática de Carlson: una controversia viral en redes sociales no equivale todavía a un giro real dentro de las congregaciones.

Pero el propio hecho de que la pregunta se instale con esa fuerza en el debate conservador —de que figuras como Carlson puedan calificar de herejía una doctrina que hasta hace poco era casi un consenso en la derecha religiosa— ya representa un desgaste político significativo.

El otro riesgo: la comunidad judía como sospechosa

El segundo eje de este fenómeno es más delicado, y es el que un análisis reciente del diario israelí Haaretz pone en el centro. Carlson y sus aliados en su crítica a la política exterior de Estados Unidos hacia Israel han comenzado a reactivar un tipo de discurso mucho más antiguo y peligroso: la idea de que existe una influencia judía oculta y desproporcionada sobre el gobierno, las finanzas o los medios de comunicación estadounidenses.

Esto no es una impresión. Carlson ha entrevistado y elogiado, en los últimos dos años, a varias figuras que promueven abiertamente ese tipo de teorías: entre ellas, a un comentarista que minimizó la intención de exterminio del régimen nazi contra la población judía, calificándolo como uno de los historiadores más honestos del país, y a un activista supremacista blanco que, en la misma conversación con Carlson, afirmó que el principal obstáculo para la unidad de Estados Unidos era lo que llamó el "judaísmo organizado".

Organizaciones de seguimiento de discurso de odio como la Liga Antidifamación documentan que este patrón —presentar a invitados con ideas abiertamente antisemitas bajo la fachada de "solo hacer preguntas", sin que el propio conductor las suscriba ni las rebata— se ha vuelto habitual en su programa.

El riesgo que señala Haaretz es que ese tipo de discurso no distingue, en la práctica, entre el Estado de Israel y la comunidad judía como tal.

Cuando la crítica a la política de un gobierno extranjero se mezcla con la sospecha de que ciudadanos judíos —donantes, funcionarios, organizaciones comunitarias— tienen una lealtad dividida hacia ese país, se cruza una línea que organismos internacionales de derechos humanos han identificado reiteradamente como una forma de prejuicio antisemita: la responsabilización colectiva de una comunidad entera por las decisiones de un gobierno que no controla ni representa necesariamente.

Y existe además una correlación empírica conocida: los períodos de mayor intensidad del conflicto entre Israel y sus vecinos han coincidido, una y otra vez, con aumentos medibles en incidentes de odio contra comunidades judías en distintas partes del mundo, muchas de ellas sin ningún vínculo institucional con Israel.

Dos frentes, un mismo debilitamiento

Vistos juntos, ambos fenómenos —el desgaste del respaldo evangélico y la reactivación de sospechas sobre la lealtad judía— apuntan en la misma dirección: un debilitamiento simultáneo de los dos pilares sociales que históricamente sostuvieron el vínculo entre Estados Unidos e Israel dentro de la política interna estadounidense, más allá de cualquier gobierno de turno.

No es casual que ambos procesos convivan en la misma figura y en el mismo momento político. Carlson representa, al mismo tiempo, la voz que le dice a millones de evangélicos que su fe fue malinterpretada durante décadas, y la plataforma que le da altavoz a quienes sostienen que los judíos estadounidenses no son plenamente leales a su propio país.

La falla que Carlson ha ido dejando al descubierto acumula tensión desde hace tiempo, y como toda falla, no se limita a un solo punto de ruptura.

Si el sismo termina por producirse, sacudirá al mismo tiempo la seguridad de la comunidad judía dentro de Estados Unidos, y la seguridad del propio Estado de Israel, cuya supervivencia depende en una medida difícil de exagerar del respaldo económico, militar y diplomático que ese país le ha entregado de forma prácticamente incondicional durante décadas.

 

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