Kol Haneshama: una sinagoga vandalizada y la grieta en la unidad judía
Los ataques contra una congregación reformista de Jerusalén sugieren una polarización en Israel y a la erosión del consenso en la diáspora. ¿Qué ocurre con el pueblo judío cuando Israel deja de ser su punto de encuentro?
El 23 de septiembre de 2026, la policía israelí arrestó a tres menores, residentes de Jerusalén, bajo sospecha de participar en una serie de actos de vandalismo contra la sinagoga reformista Kol Haneshama, en el barrio de Baka. La investigación sigue abierta.
El episodio más reciente ocurrió durante Yom Kipur, cuando alguien entró al templo entre el fin de los servicios de Kol Nidre y el inicio de las oraciones de la mañana, y retiró una bandera del orgullo que colgaba en el santuario. Fue el cuarto incidente en aproximadamente un mes. En agosto, vándalos habían roto una ventana y arrancado la misma bandera.
En Rosh Hashaná, un grupo de jóvenes lanzó huevos a los fieles que llegaban a los servicios, tras hacer comentarios que la rabina Debi Shoua Haim describió como homofóbicos y cercanos al acoso.
Kol Haneshama es una de las congregaciones reformistas más conocidas del país y se identifica públicamente con la inclusión de la comunidad LGBTQ+. Los sospechosos son menores de edad y todavía no se ha informado su filiación ni su motivación. Lo que está documentado son sus comentarios homofóbicos y el blanco de los ataques: una congregación liberal.
No es la primera vez
En 2018 lanzaron una gran piedra al patio de la sinagoga mientras más de 200 personas celebraban Simjat Torá. En junio de 2023 hubo dos entradas forzadas en pocas semanas, en las que se arrancaron banderas del orgullo. El 23 de agosto de 2026, además, un pesado adoquín fue lanzado contra una ventana de otra congregación reformista, Darchei Noam, en Ramat Hasharon.
La reacción institucional fue rápida y merece reconocerse. El alcalde de Jerusalén, Moshe Lion, llamó al rabino principal para decirle que tomaba la situación en serio, y un concejal municipal asistió al cierre de Yom Kipur en la sinagoga para afirmar que no se permitiría a los extremistas sembrar miedo en la ciudad. El vicealcalde Yossi Havilio calificó los hechos como parte de una ola de crímenes de odio contra la comunidad LGBTQ+ de Jerusalén.
La dirigencia reformista ve algo más profundo. Anna Kislanski, directora ejecutiva del movimiento reformista israelí, atribuyó los ataques a una incitación sistemática contra los judíos reformistas, incluso por parte de cargos electos, y afirmó que quienes los presentan como traidores al judaísmo dan impulso a quienes irrumpen en sus sinagogas. Es una interpretación de una parte interesada, pero apunta a un problema real: la deslegitimación de una corriente judía por otros judíos, sostenida en el tiempo.
Un clima de fractura
Un vandalismo cometido por adolescentes no prueba nada por sí solo. Lo que le da relevancia es el contexto en que ocurre.
El informe anual 2026 del Instituto de Política del Pueblo Judío (JPPI) muestra que el 55% de los israelíes considera la polarización y el conflicto interno como la mayor amenaza para la continuidad del Estado, por encima de una bomba nuclear iraní (23%) y del conflicto con los palestinos (18%).
Seis de cada diez israelíes, el 60%, creen que existe hoy un peligro real de violencia física interna, es decir, de guerra civil. Su presidente, Yedidia Stern, describió a la sociedad israelí como resiliente pero fracturada y polarizada, con una profunda angustia existencial por una posible desintegración estructural.
Un índice de polarización 2026, elaborado por el Instituto Agam y la Universidad de Tel Aviv, apunta en la misma dirección. Según ese estudio, para la mayoría la brecha central ya no es el conflicto israelí-palestino ni la división entre izquierda y derecha diplomática, sino la que separa a laicos y religiosos, al nacionalismo de la democracia, y al gobierno de la mayoría de los contrapesos institucionales.
Más del 70% de los votantes del oficialismo y de la oposición cree que el comportamiento del otro bando daña la seguridad de Israel.
Los indicadores de violencia son más matizados: el 6% apoya la violencia para lograr una meta importante y el 11% respaldaría cualquier acción, incluida la violencia, si sirviera para salvar la democracia israelí. Son minorías, pero representan a cientos de miles de personas.
Hay otras señales. En junio, manifestantes ultraortodoxos protagonizaron disturbios frente a la casa de un juez de la Corte Suprema por el reclutamiento militar, y la prensa israelí anticipa más conflicto callejero si la oposición gana y avanza con la ley de reclutamiento. El Instituto Israelí de la Democracia halló en julio que el 70% de los israelíes teme por la integridad de las elecciones del 27 de octubre, y el presidente Herzog advirtió sobre la violencia que asoma.
Los datos dicen que los israelíes perciben peligro. No dicen que la guerra civil sea inminente, ni que el ataque a Kol Haneshama se explique por ese clima. Sí sugieren que el vandalismo ocurre en una sociedad donde las líneas divisorias entre judíos se están volviendo más nítidas y más hostiles.
Qué unía y qué dejó de unir
En Civil Religion in Israel (1983), Charles Liebman y Eliezer Don-Yehiya describen cómo, tras la independencia, el "estatismo" de Ben-Gurión concibió al Estado como la gran creación del pueblo judío en la era moderna y como lo único capaz de unificarlo.
Jonathan Woocher trasladó la idea a la diáspora en Sacred Survival (1986): una religión civil de los judíos estadounidenses que integraba las tradiciones comunitarias, la filantropía, el judaísmo e Israel. En ese esquema, apoyar a Israel funcionaba como un credo compartido, un polo que ordenaba lo que de otro modo eran comunidades muy distintas: ortodoxas, conservadoras, reformistas y seculares.
Ese polo se está debilitando. El politólogo Dov Waxman, en Trouble in the Tribe (Princeton, 2016), sostiene que Israel se está convirtiendo en una fuente de desunión para los judíos estadounidenses y que una nueva era de conflicto está reemplazando a la antigua era de solidaridad cuando entre 1967 y 1977 hubo un amplio consenso comunitario de apoyo a Israel y a sus gobiernos, y la crítica pública era la excepción.
Los datos recientes apuntan en esa dirección. Una encuesta de AP-NORC de julio de 2026 encontró que el apoyo a Israel es un componente central de la identidad religiosa de muchos judíos estadounidenses de 45 años o más, mientras los más jóvenes priorizan otras formas de conexión, como celebrar las festividades.
Más ampliamente, Gallup registró en febrero de 2026 que, por primera vez desde 2001, los estadounidenses expresan más simpatía por los palestinos que por los israelíes.
Aquí aparece el vínculo con la sinagoga de Baka. Los movimientos liberales del judaísmo son, en muchos sentidos, donde se cruzan las dos tensiones: en Israel, chocan con el monopolio rabínico ortodoxo y con sectores nacionalistas que los perciben como progresistas o "de izquierda". En la diáspora, son la casa de buena parte de los judíos que critican las políticas israelíes desde valores liberales. Cuando en Israel se los trata de traidores y en la diáspora se los reclama como referentes morales, lo que se quiebra es el supuesto de que existe una sola comunidad con una sola lealtad.
Una hipótesis, no una profecía
La tesis de este artículo es la siguiente: el israelismo, entendido como la identificación con el Estado de Israel como núcleo de la identidad judía, funcionó durante décadas como polo aglutinador de comunidades heterogéneas. Su pérdida de eficacia deja al descubierto divisiones que antes contenía (religiosas, generacionales, políticas y morales) y que podrían derivar en un cisma dentro de la comunidad judía, con expresiones de violencia interna en Israel.
Solo el tiempo puede confirmarlo o refutarlo, y hay razones para tomar lo anterior con cautela.
- La brecha generacional no es nueva. La propia reseña de Waxman advierte que la diferencia entre mayores y jóvenes no es un fenómeno reciente. Además, los especialistas discrepan sobre la causa. Peter Beinart la atribuye a la desilusión de los jóvenes con un Estado que traicionó sus principios liberales, mientras sus críticos, aun reconociendo la mayor distancia, la atribuyen más a un debilitamiento de la identidad judía. Si esto último pesa más, el problema no sería el conflicto por Israel, sino la desafección de la vida comunitaria.
- Persisten consensos. En una encuesta del Instituto Israelí de la Democracia sobre la guerra con Irán, el 92% de los judíos israelíes valoró bien el desempeño del ejército, aunque solo el 38% hizo lo propio con el gobierno. La fractura es política e institucional, no total.
- La violencia entre judíos tiene precedentes que no terminaron en guerra civil. El hundimiento del Altalena en 1948 y el asesinato de Yitzhak Rabin en 1995 fueron episodios graves de violencia interna, y la sociedad israelí los absorbió sin desintegrarse.
- La percepción no es el hecho. El 60% que teme una guerra civil expresa una sensación de peligro. Las guerras civiles requieren organizaciones armadas y control territorial, y nada de eso está a la vista.
- Los datos son de corto plazo. Muchos de estos indicadores se midieron en plena guerra y a pocas semanas de una elección decisiva, lo que puede exagerar la tendencia.
Qué mirar de aquí en adelante
Si la hipótesis es correcta, deberían observarse señales medibles: instituciones comunitarias que se separan, como organizaciones nacionales o federaciones que dejan de hablar con una sola voz; una mayor frecuencia y gravedad de ataques entre corrientes judías; una polarización sostenida después de las elecciones del 27 de octubre; y una desconexión creciente entre la identidad judía y el apoyo al Estado en las encuestas.
Si en cambio los ataques a Kol Haneshama resultan ser obra de tres adolescentes sin vínculo ideológico, y la situación se distiende tras las elecciones, la hipótesis perderá fuerza.
Por ahora, lo prudente es tomar el caso como un síntoma que merece atención y no como una prueba. Pero, una sinagoga que sufre cuatro ataques en un mes, en un país donde seis de cada diez habitantes temen la violencia interna, ilustra que el consenso que sostenía al relato unificado del pueblo judío ya no se puede dar por supuesto.
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Fuentes principales: The Jerusalem Post, JTA/The Forward y Haaretz (caso Kol Haneshama); Jewish People Policy Institute, informe 2026; Índice Nacional de Polarización 2026 (Instituto Agam / Universidad de Tel Aviv); Israel Democracy Institute; AP-NORC (julio 2026); Gallup (febrero 2026); Liebman y Don-Yehiya (1983); Woocher (1986); Waxman (2016).