Judaísmo y sionismo: cómo habitar una identidad en crisis

Unas 30 personas se reunieron en Santiago para pensar la identidad judía en crisis. Publicamos el texto de Paulo Slachevsky sobre su exposición.

Share
Judaísmo y sionismo: cómo habitar una identidad en crisis

El sábado 26 de septiembre, cerca de 30 personas se reunieron en Librería LOM en Santiago para participar en el conversatorio "Judaísmo y sionismo: cómo habitar una identidad en crisis", organizado por la Agrupación Judía Diana Arón (AJDA).
La convocatoria partió de una constatación: las comunidades judías del mundo enfrentan hoy preguntas profundas y complejas sobre su identidad, y buena parte de esas preguntas no encuentran espacio para plantearse en voz alta.
El objetivo del encuentro fue abrir ese espacio —de escucha, reflexión y distintas perspectivas— recuperando una tradición que durante siglos ha sido propia del judaísmo: construirse desde el debate y la discusión, sin que pensar diferente signifique quedar fuera del colectivo.
Con la moderación de Diana Strauss, el conversatorio se organizó en torno a dos preguntas centrales:
• ¿Puede uno sentirse plenamente judío sin suscribir las políticas de Israel?
• ¿Dudar o cuestionar nos coloca fuera del colectivo, aun cuando nuestra identidad judía sea profunda?
A partir de ahí, cuatro panelistas de trayectorias distintas — Elías Cohen, creador escénico y estudioso de la Cábala; Alejandro Guendelman, académico de economía y responsabilidad social; Paulo Slachevsky, editor y fotógrafo, y Luciana Alter, historiadora que participó de forma virtual desde Buenos Aires— compartieron su mirada sobre cómo habitar esa tensión.

Un espacio para volver a juntarse

Más allá de las posiciones de cada panelista, lo que quedó instalado fue la experiencia misma del encuentro: un grupo diverso conversando sobre identidad judía, donde la discrepancia no se transformó en exclusión.
Hubo escucha, hubo preguntas complicadas puestas sobre la mesa, y lo más importante: el intercambio de experiencias personales entre generaciones, disciplinas y países. Nadie tuvo que ceder su postura para seguir sintiéndose parte.
Se cumplió así la promesa con la que nació la convocatoria: un espacio de encuentro y conversación, no de adoctrinamiento.
En esta oportunidad presentamos un texto de Paulo Slachevsky Chonchol, fotógrafo, editor de LOM Ediciones e integrante de la Agrupación Judía Diana Arón, que recoge lo central de su exposición. En las próximas semanas iremos publicando las ponencias de los demás expositores.


Identidad judía: pensar después de Gaza

Por Paulo Slachevsky

Al hablar de judaísmo hoy, no podemos hacerlo sin poner al centro que estamos ante un genocidio llevado a cabo por un estado que dice hablar en nombre de las y los judíos.

No es un debate aséptico “de lo judío”, se da en medio del horror, de la masacre del pueblo palestino por parte del estado de Israel, con la complicidad de muchas de las comunidades judías a través del mundo.

Al igual que Auschwitz fue una ruptura civilizatoria en el Siglo XX, Gaza constituye una ruptura civilizacional del Siglo XXI; nuevamente hay un antes y un después, y por eso es que cobra tanto sentido la expresión: “pensar después de Gaza” y nos interpela la pregunta de qué es ser judío frente al genocidio en Gaza.

En tal sentido, uno sinceramente se pregunta si tiene sentido entonces recuperar, mantener la identidad judía en tal situación. Diversos motivos me inclinan a considerar que sí, vale la pena y es necesario.

En primer lugar, me parece que es imprescindible pronunciarse desde lo judío para reforzar la solidaridad con el pueblo palestino, desenmascarando la falsa equivalencia entre antisionismo y antisemitismo, entre la necesaria y legítima condena a Israel y su actuar, con lo que fue la persecución histórica a lo judío. 

Hoy Israel es el victimario y no puede seguir disfrazándose de víctima acusando a todas y todos quienes se rebelan contra la ignominia de antisemitas.

Como judías y judíos tenemos la obligación moral de alzarnos contra aquellos que repiten, en nombre del judaísmo, lo que el propio pueblo judío vivió hace no tantas décadas atrás, en defensa y solidaridad con las y los palestinos. Al igual que ayer bajo la persecución nazi, correspondía decir “todas y todos somos judíos”, ante la persecución israelí, hoy corresponde decir “todas y todos somos palestinos”.  

En segundo lugar, es también fundamental expresarse desde lo propiamente judío ante el genocidio, para salvaguardar entre nosotros una historia, una memoria, una cultura, por la cual tantas y tantos que fueron arrasados por la historia.  

Recogiendo la imagen de Michael Lowy en su lectura de Walter Benjamin, “el salto del tigre hacia el pasado” consiste en salvar la herencia de los oprimidos e inspirarse de ella para interrumpir la catástrofe presente”. No podemos permitir que se use esa memoria y cultura para enarbolar las banderas del odio y racismo que aniquilaron el Yiddishland.

En tal sentido, el sionismo, termina siendo la expresión de una usurpación de lo judío. Su origen mismo, desde el cristianismo antisemita inglés de inicios del siglo XIX, da cuenta de que realmente es. Recién a fines del siglo XIX se empieza a desarrollar en el mundo judío, sin ser mayoritaria entre las y los judíos hasta la creación del estado de Israel.  Se trata de una ideología supremacista y colonialista, que rompe con la cultura judía cosmopolita de la diáspora, por más que en momentos se vista de rasgos progresistas y humanistas.

Como lo demuestra el actuar de Israel desde 1948, y ya sin límite alguno en estas últimas décadas, con una crueldad desenfrenada desde el 7 de octubre 2023, el sionismo expresa el racismo y el colonialismo en su máxima expresión: el desprecio a la vida y a la diferencia.

 El sionismo hoy se entronca con lo que la filósofa Hannah Arendt calificó como el mal radical o la banalidad del mal del nazismo, conceptos diferentes, pero que se basan en un principio similar: la deshumanización del otro, instalando un sistema que hace superfluos a los seres humanos, inútiles, prescindibles, reinando la inhumanidad.

Las alianzas con el fascismo y las extremas derechas del sionismo e Israel, sus complicidades con las dictaduras de América Latina en los años setenta y ochenta que torturaron, asesinaron e hicieron desaparecer a quienes luchaban por un mundo mejor, entre ellos a los “judíos rojos” y cosmopolitas, su frialdad ante el masivo asesinato de niñas, niños, mujeres y hombres en Palestina, dan cuenta que el antisemitismo de ayer continúa vivo, pero en la piel y las mentes de aquellos que se dicen los grandes defensores de lo judío.

La gran Alemania, sueño de Hitler, se refleja hoy en toda la prepotencia del “Gran Israel”, abiertamente defendido por Netanyahu y el sionismo. Estamos frente a un estado “Terminator” en Medio Oriente, buscando destrozar y dominar todo a su alrededor -incluido el Líbano, Siria e Irán. 

Hoy corresponde relevar que gran parte de la riqueza de la cultura judía nace justamente de esa resistencia y oposición a la exclusión del otro, buscando cambiar el estado de las cosas y vivir la diversidad, ser parte de la construcción de otro mundo posible.

Son miles las y los intelectuales, escritores, militantes y políticos de origen judío que potenciaron un pensamiento y una práctica liberadora, revolucionaria, antirracista, en favor de una humanidad más justa e igualitaria, rompiendo muchas y muchos de ellos con sus comunidades mismas.

El mismo antisemitismo nazi y fascista no era igual al antisemitismo religioso de los siglos anteriores. El antisemitismo de la Shoa buscaba exterminar al judío rojo, al judío cosmopolita, al judío de la diáspora. Era un antisemitismo político y social más que religioso, del mismo tipo que la persecución que hoy lleva adelante Israel contra las y los palestinos.

No es casualidad que judías y judíos integraran de manera muy significativa, muy por sobre el porcentaje de la población que representaban, las filas de los movimientos liberadores y revolucionarios del siglo XIX y XX. En el Yiddishland, la presencia judía entre los diferentes movimientos revolucionarios y que enfrentaban el zarismo fue abrumadora, y expresaba ese compromiso con todo lo que hoy Israel aplasta y aniquila.

Los mismos movimientos que se centraban en la identidad judía, como el BUND, la Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia, luchaban por un futuro para todas y todos, no por los derechos de una comunidad por sobre la otras. En los años 30 del siglo pasado, ellos eran antifascistas, antinazis y también anti sionistas, pues no era aceptable que las y los judíos repitieran con otros las prácticas de las que ellos mismos eran víctima.

El BUND fue la organización política judía más votada en las últimas elecciones municipales en Polonia antes de la invasión nazi (en Varsovia, 17 de los 20 escaños que lograron las organizaciones judías eran del BUND).

Mantener vigente lo judío, salvarnos como humanos, es justamente recuperar eso que intentaron exterminar, el judío rojo, el judío que se compromete y le importa el mundo y los otros, la humanidad, y no puede ser sin solidarizar en primer lugar con el pueblo palestino, que hoy persiguen y buscan exterminar esos “cruzados” sionistas del siglo XX y XXI que falsamente se dicen defensores de lo judío. 

Es urgente hoy enarbolar nuevamente las banderas de movimientos como el BUND, con su lema, “aquí donde vivo es mi tierra”, para resistir el avance del fascismo, el nazismo y el sionismo, que, como un virus, se esparce hoy entre nuestros países. 

Como señala Nicolas Slachevsky en su texto del libro Palestina, anatomía de un genocidio (mayo 2024), “la situación histórica actual exige asumir la manera en que, ética y políticamente, lo judío se ve interpelado hoy como efecto de décadas de ocupación colonial y, con tanta más intensidad en estos últimos meses, del genocidio llevado a cabo por Israel en Gaza. A esta interpelación, o respondemos de manera reactiva, aceptando quedar fijados en la identidad política con la que el sionismo ha buscado apropiarse de lo judío, a costa de las vidas y la libertad del pueblo palestino; o respondemos de cara a la situación, asumiendo la responsabilidad de salir de la trampa sionista y comenzar a abrir los caminos para una existencia judía libre de todo compromiso colonial. La teología, la ética y la política judía, así como la rica historia de los judaísmos de la diáspora, ofrecen elementos suficientes para imaginar lo que podría ser hoy una vida judía liberada del destino mortal en el que el proyecto sionista ha buscado encerrarla. Esta posibilidad, sin embargo, permanecerá para siempre cerrada si, contemplando en silencio el genocidio palestino y obliterando su fuerza de interpelación, aquellos que se reconocen en el judaísmo, tanto fuera como dentro de Israel, se obstinan en ignorar que su propia libertad nunca podrá estar completa sin la libertad del pueblo palestino.”