Israel primero: Bardella y la diáspora judía

El caso Bardella y qué les pasa a los judíos cuando un Estado que dice hablar por todos ellos termina aliado con quienes los persiguen.

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Israel primero: Bardella y la diáspora judía
Foto: Primera Gran Asamblea de los Patriotas por Europa – Budapest (Elekes Andor, 2026)

El lunes 28 de septiembre, Mediapart, medio digital francés de periodismo de investigación, publicó mensajes privados que atribuye a Jordan Bardella, hoy presidente del Rassemblement National (RN), escritos entre 2013 y 2015, cuando él era un joven militante del Front National. Según el medio, en uno de ellos presenta a los judíos como un pueblo que debe dominar, aplastar y robar a los demás; en otro sostiene que los bancos pertenecen a judíos.

Bardella lo niega todo. Habla de falsificaciones groseras, dice que en 2013 no era militante activo y era menor de edad, y su abogado presentó una querella por difamación. France 24 anota que él mismo siempre dijo haberse afiliado en 2012, a los 16 años.

Un día después de la publicación de Mediapart, el ministro israelí de Asuntos de la Diáspora, Amichai Chikli, salió en su defensa: lo describió como una de las voces más claras de Europa contra Hamas. En cambio, el presidente del Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia (CRIF), Yonathan Arfi, se declaró estupefacto por la virulencia de los comentarios y se preguntó cómo alguien capaz de escribirlos llegó tan alto en un partido que dice haber cambiado.

Aunque la autenticidad de los mensajes no está establecida, sí importa el contexto.

Bardella es la cara de la «desdiabolización» del RN y en marzo de 2025 fue el primer dirigente del partido invitado oficialmente por el gobierno israelí a la conferencia contra el antisemitismo en Jerusalén. Visitó Yad Vashem y describió al fundamentalismo islamista y la izquierda radical como al principal referente antisemita.

A qué partido se sumó

Aunque los mensajes resultaran falsos, hay hechos públicos y fechados. Bardella se afilió en 2012, según dice por admiración a Marine Le Pen, presidenta del partido desde enero de 2011.

Jean-Marie Le Pen, seguía como presidente de honor y desde esa posición en junio de 2014 dijo, a propósito del cantante judío Patrick Bruel, que harían «una fournée la próxima vez», palabra que evoca los hornos de los campos de exterminio. Sostuvo que no tenía connotación antisemita, pero fue enviado a juicio por provocación al odio racial.

En abril de 2015 Le Pen repitió que las cámaras de gas fueron «un detalle de la historia», frase que ya había usado en 1987. En agosto de ese año fue expulsado del partido por su hija Marine dentro de su estrategia de desdiabolización.

En cuanto a Bardella, afiliarse a los 16 años a ese partido no basta para atribuirle esas ideas, pero en noviembre de 2023, ya más maduro y como presidente del RN, Bardella afirmó que Jean-Marie Le Pen no era antisemita pese a sus condenas. Días después se retractó hablando de una “torpeza”.

Israel primero

Que un Estado use su relación con un partido dudoso sin consultar a las comunidades que quedan expuestas no es nuevo.

Ha'avara: Es el caso más conocido y polémico, cuando en 1933 la Federación Sionista de Alemania y la Agencia Judía firmaron un pacto con las autoridades de la Alemania nazi conocido como el Acuerdo Ha'avara (Acuerdo de Transferencia).

Mientras el judaismo diaspórico mundial lideraba un fuerte boicot económico contra el régimen nazi para intentar asfixiarlo financieramente, el movimiento sionista acordó comerciar con la Alemania nazi. El pacto permitía a los judíos alemanes depositar sus bienes para emigrar a Palestina e importar manufacturas alemanas.

Ayudó a salvar las vidas y el patrimonio de unos 60,000 judíos alemanes y fortaleció la infraestructura del proyecto estatal en Palestina (Yishuv), pero rompió el boicot global organizado por la diáspora y benefició económicamente al régimen de Hitler en sus inicios.

En su momento, esto provocó durísimas protestas dentro de las propias comunidades judías de EE. UU. y Europa, que acusaron al liderazgo sionista de traicionar la solidaridad comunitaria.

Jonathan Pollard era analista civil de inteligencia del Servicio de Investigación Naval de EE.UU., estadounidense y judío. Entre 1984 y 1985 pasó a Israel una cantidad enorme de documentos clasificados. Trabajaba para Lakam, una oficina israelí de inteligencia científica. Recibió dinero por ello, aunque él siempre dijo que lo movía también su identificación con Israel.

Lo detuvieron en noviembre de 1985 frente a la embajada israelí en Washington. Había intentado entrar para pedir asilo y se lo negaron. Se declaró culpable en 1986 y fue condenado a cadena perpetua en 1987.

Israel primero negó todo y habló de una operación «rebelde», sin autorización de sus autoridades, y disolvió Lakam. Luego, en 1998 reconoció oficialmente que era su agente.

El caso puso a los judíos estadounidenses frente a una acusación vieja, la de «doble lealtad». Israel había usado a un judío estadounidense contra su propio país, y la comunidad quedó expuesta a esa sospecha. Pollard salió en libertad condicional en noviembre de 2015, tras 30 años preso y en 2020 se fue a vivir a Israel.

La dictadura argentina: Entre 1976 y 1983, en Argentina, la DAIA estima en unos 1.300 los judíos desaparecidos. Israel suministró el 14% del material bélico que la dictadura adquirió entre 1977 y 1981. También presionó por la liberación de Jacobo Timerman y ayudó a salir del país a unos 200 perseguidos judíos, y los historiadores discuten cuánto pesó cada cosa.

Complicidad con el apartheid en Sudáfrica: En abril de 1976, el primer ministro sudafricano John Vorster visitó Israel, incluido Yad Vashem, y se consolidó una alianza militar con el régimen del apartheid, sellada en secreto un año antes por los ministros de Defensa de ambos países y mantenida pese al embargo de armas de la ONU de 1977. Hacia 1979 Sudáfrica era el mayor cliente de armas de Israel, y el comercio militar entre ambos se estima en unos 10.000 millones de dólares en las dos últimas décadas del apartheid. Es el caso donde el daño para la diáspora es más moral que material.

La defensa de Orban: En 2017, el embajador israelí en Budapest pidió detener una campaña de carteles contra George Soros que sin mencionar su condición de judío, usaba la batería completa de prejuicios judeofobos. Al día siguiente la Cancillería lo desautorizó aclarando que criticar a Soros era legítimo, desoyendo las peticiones de la comunidad judía húngara.
Menos de diez días después, Netanyahu visitó Budapest y agradeció a Orbán su apoyo a Israel.

Ninguno de estos episodios prueba por sí solo que el Estado de Israel actúe contra los judíos de la diáspora. Juntos muestran qué ocurre cuando los intereses divergen.

El riesgo de las alianzas de conveniencia

La seguridad de una minoría descansa, en última instancia, en que las instituciones traten a todos por igual. Una alianza basada en un enemigo común no lo reemplaza.

Se trata de acuerdos condicionales, el partido defiende a los judíos mientras sirvan para combatir un adversario, hoy el islamismo y la inmigración musulmana. Si el enemigo cambia, la protección no tiene por qué seguir.

Un partido puede moderar circunstancialmente su discurso y al mismo tiempo conservar un electorado que no lo hizo.

Una encuesta de Ipsos para el Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia (CRIF) en 2024, midió un 52% de adhesión a prejuicios antisemitas entre simpatizantes del RN. Hungría mostró cómo una campaña contra un empresario judío puede activar tropos conspirativos sin que el gobierno que la impulsa deje de ser aliado de Israel.

Esa jerarquía de prioridades no es una invención moderna. En diciembre de 1938, tras la Noche de los Cristales Rotos y ante la oferta británica de acoger niños judíos alemanes, David Ben-Gurion dijo al comité central de su partido, el Mapai: «Si supiera que es posible salvar a todos los niños de Alemania trasladándolos a Inglaterra, y solo a la mitad llevándolos a la Tierra de Israel, elegiría lo segundo, porque ante nosotros no está solo la cuenta de esos niños, sino el cómputo histórico del pueblo de Israel». El proyecto estatal pesa más que la suerte de los judíos concretos.

Es lo que hoy se conoce en el debate público como «israelismo» y que está en abierta contradicción con la identidad judía en la diáspora.

Es una señal temprana, todavía generacional y política, de la distancia que puede llegar a existir entre el Estado y quienes dice representar.

 

 

 

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