IHRA: los peligros de una mala definición del antisemitismo

La definición de antisemitismo de la IHRA buscaba fortalecer la lucha contra el odio hacia los judíos. Pero, confundir antisemitismo con críticas al Estado de Israel, refuerza la peligrosa idea de que los judíos e Israel son una misma entidad.

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IHRA: los peligros de una mala definición del antisemitismo

La adopción internacional de la definición de antisemitismo de la IHRA buscaba fortalecer la lucha contra el odio hacia los judíos. Sin embargo, al confundir antisemitismo con críticas al Estado de Israel, corre el riesgo de reforzar la peligrosa idea de que los judíos del mundo y el Estado de Israel son una misma entidad.

 

 

En los últimos años numerosos gobiernos, universidades y organizaciones públicas han adoptado la definición de antisemitismo promovida por la International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA).

La intención declarada es fortalecer la lucha contra el antisemitismo, una forma histórica de racismo que ha provocado persecuciones durante siglos y culminó en el genocidio nazi contra el pueblo judío.

Sin embargo, esta definición está teniendo un efecto contrario al buscado.

En lugar de fortalecer la lucha contra el antisemitismo, corre el riesgo de debilitarla al confundir el odio contra los judíos con la crítica legítima al Estado de Israel.

Esta confusión afecta el debate político e introduce la tendencia a identificar a los judíos del mundo con las acciones de un Estado.

 

El riesgo de confundir a los judíos con Israel

Uno de los efectos más problemáticos del uso político de la definición de la IHRA es que refuerza una idea profundamente equivocada: que los judíos y el Estado de Israel son esencialmente lo mismo.

Los judíos no constituyen un Estado ni una estructura política unificada.

Son una comunidad diversa, plural y distribuida por todo el mundo, con múltiples identidades culturales, religiosas y políticas.

Millones de judíos no viven en Israel ni se sienten representados por su gobierno.

Confundir a los judíos con un Estado ha sido históricamente uno de los pilares del antisemitismo.

Durante siglos, los antisemitas acusaron a los judíos de actuar como una fuerza política internacional o de mantener lealtades externas. Esa narrativa conspirativa fue utilizada para justificar persecuciones, expulsiones y violencia.

Cuando hoy se sostiene que las críticas al Estado de Israel constituyen ataques contra los judíos, se corre el riesgo de reforzar indirectamente ese mismo estereotipo.

 

Una advertencia que ya existía en el sionismo temprano

El riesgo de confundir a los judíos con un Estado no es un problema nuevo.

Desde los inicios del sionismo político, algunos de sus propios pensadores entendían que la creación de un Estado judío podía alimentar la acusación histórica de que los judíos tenían una lealtad política distinta a la de los países donde vivían.

El fundador del sionismo moderno, Theodor Herzl, sostenía que el futuro Estado judío representaría a sus ciudadanos y no hablaría en nombre de todos los judíos del mundo.

La tendencia reciente a presentar a Israel como representante de todos los judíos rompe con esa tradición y vuelve a introducir una idea históricamente peligrosa.

 

Cuando una definición se transforma en herramienta política

La definición de antisemitismo promovida por la IHRA fue concebida originalmente como una guía educativa. Sin embargo, con el tiempo ha comenzado a utilizarse como un instrumento para limitar el debate político sobre Israel.

Diversos episodios han ilustrado este problema.

En 2019, la ciudad alemana de Múnich canceló una conferencia académica sobre Palestina alegando que el evento podía violar la definición de la IHRA.

En el Reino Unido, varias universidades enfrentaron presiones para suspender actividades relacionadas con el movimiento de boicot a Israel tras adoptar la definición.

En Estados Unidos, organizaciones estudiantiles y académicas han denunciado que la definición se ha utilizado para cuestionar o bloquear conferencias y actividades críticas de las políticas israelíes.

Estos casos muestran un problema de fondo: cuando el antisemitismo se redefine de forma que incluye determinadas posiciones políticas, el concepto pierde precisión y se vuelve vulnerable a la instrumentalización.

 

Una alternativa: la Declaración de Jerusalén

En respuesta a estas preocupaciones, más de 200 especialistas en estudios judíos, antisemitismo y Medio Oriente elaboraron en 2021 la Jerusalem Declaration on Antisemitism.

Esta declaración propone una definición más clara y precisa:

el antisemitismo es discriminación, prejuicio, hostilidad o violencia contra los judíos por ser judíos.

Al mismo tiempo, establece una distinción fundamental: la crítica a Israel, incluso severa, no es en sí misma antisemitismo.

La declaración reconoce que pueden existir discursos sobre Israel que sí sean antisemitas —por ejemplo cuando se responsabiliza colectivamente a los judíos por acciones del Estado israelí—, pero insiste en que el debate político sobre un Estado debe permanecer dentro del espacio democrático.

 

El debate dentro del mundo judío

La crítica al uso político de la definición de la IHRA no proviene únicamente de activistas o movimientos políticos.

Proviene también de académicos judíos, especialistas en antisemitismo, historiadores del Holocausto y estudiosos de la historia judía.

Muchos de ellos participaron en la elaboración de la Declaración de Jerusalén precisamente porque temían que el uso expansivo del término antisemitismo terminara debilitando la lucha contra el odio real hacia los judíos.

La advertencia del propio autor de la definición

Kenneth Stern, investigador del antisemitismo y uno de los autores del texto inicial elaborado a mediados de los años 2000, ha advertido en repetidas ocasiones que la definición fue concebida como una herramienta para monitorear incidentes antisemitas, no como un instrumento para regular o censurar el debate político.

En intervenciones ante el Congreso de Estados Unidos y en diversos artículos académicos, Stern ha criticado el uso que se está haciendo de la definición para restringir discusiones sobre Israel en universidades y espacios públicos.

Convertir una guía destinada a identificar prejuicios en una herramienta para limitar el debate no solo amenaza la libertad académica, sino que también corre el riesgo de debilitar la lucha real contra el antisemitismo.

Cuando un concepto se utiliza para proteger a un Estado de las críticas pierde su capacidad para identificar el racismo cuando realmente ocurre.

 

Una distinción necesaria

Combatir el antisemitismo es una obligación moral ineludible.

Pero esa lucha requiere definiciones rigurosas.

Confundir antisemitismo con críticas a las políticas de un Estado no ayuda a combatir el odio contra los judíos. Por el contrario, corre el riesgo de politizar una causa que debería ser universal y a su vez vuelca sobre los judíos la animadversión que ha generado la masacre de sobre cien mil civiles palestinos en Gaza y ahora también en la Cisjordania ocupada y en el Líbano.

La mejor forma de proteger a las comunidades judías es mantener una distinción clara:

los judíos son una comunidad humana diversa, con múltiples identidades y tradiciones;
Israel es un Estado, con un gobierno y políticas que pueden ser objeto de debate y crítica como los de cualquier otro país.

Cuando esa distinción desaparece, las acciones de un gobierno terminan proyectándose sobre una comunidad entera.

Y eso es precisamente lo que el antisemitismo siempre ha hecho.

Por esa razón, cada vez más voces sostienen que los gobiernos deberían reconsiderar la adopción de la definición de la IHRA y avanzar hacia marcos conceptuales más precisos como los propuestos por la Declaración de Jerusalén.

No se trata de debilitar la lucha contra el antisemitismo.

Se trata de protegerla de su instrumentalización política y asegurar que siga siendo una herramienta eficaz contra el racismo y el odio.