El refugio imposible: la seguridad a expensas de terceros

Entre los argumentos que sostienen la legitimidad de Israel como estado judío, hay uno que se repite tanto que suena, a primera vista, indiscutible: si Israel desapareciera, el pueblo judío quedaría de nuevo indefenso ante una segunda Shoá.

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El refugio imposible: la seguridad a expensas de terceros
Theodor Herzl

No hay discurso de Netanyahu que no nos recuerde el argumento que los judíos tienen en Israel un refugio para protegerse de un nuevo holocausto. “El pueblo judío ya no está disperso entre las naciones, indefenso para defenderse, y que por primera vez en cien generaciones puede hacerlo” dijo en el 2015 en el congreso de Estados Unidos.

En el mismo lugar, en 2024 repitió “gracias al nacimiento de Israel el pueblo judío ya no está indefenso ante sus enemigos”.

Es un argumento que ha resultado tan convincente que el propio Joe Biden, en diciembre de 2023, en una recepción de Janucá en la Casa Blanca, dijo textualmente que si no existiera Israel no habría un solo judío seguro en el mundo.

Para un judío en la diáspora, el miedo no es una abstracción teórica, sino un componente histórico de la identidad.

Siglos de persecución, expulsiones masivas y el trauma indeleble de la Shoá (el Holocausto) otorgan al temor una legitimidad indiscutible.

Bajo esa premisa, la idea de edificar un hogar nacional, un refugio soberano donde el pueblo judío nunca más vuelva a quedar indefenso, suena como una aspiración comprensible y justa.

Sin embargo, cuando la teoría confronta la práctica, surge una contradicción ética insalvable: el refugio pretendido se construyó sobre un territorio ya habitado por otro pueblo, despojándolo de sus derechos fundamentales.

La búsqueda de inmunidad para un grupo se transformó en la desposesión de otro, un precio que ninguna escuela de la filosofía moral puede declarar legítimo.

 La falacia de la falsa dicotomía

El argumento que dice que las alternativas son o estado de Israel o indefensión del pueblo judío, es una falacia conocida como falsa dicotomía.

Se presenta al observador un escenario con solo dos opciones posibles: la aceptación irrestricta de Israel como estado judío (el Refugio) o la aniquilación y el desamparo total del pueblo judío.

Bajo la sombra de esta falsa elección, la noción de "autodefensa existencial" se convierte en un cheque en blanco conceptual que justifica mantener un estado judío demográficamente excluyente, aún con las consecuencias que ello conlleva sobre la población nativa.

Lo que para el proyecto estatal israelí se etiqueta como un mecanismo de protección, para la población palestina constituye una amenaza existencial diaria.

Desde una perspectiva ética elemental, no es aceptable que la supervivencia de una identidad dependa de la destrucción material y social de otra.

 El mito del refugio y la experiencia histórica

La justificación geopolítica de Israel también tropieza al examinar los datos de los últimos ochenta años.

El argumento del "refugio de emergencia" asume que el Estado funciona como un santuario receptor de oleadas de judíos que huyen de crisis externas de antisemitismo.

No obstante, la historia migratoria muestra una realidad opuesta: desde la creación del Estado de Israel, los mayores movimientos de población judía hacia el territorio han sido provocados, directa o indirectamente, por las tensiones derivadas de la propia fundación y expansión de Israel en el caso de las migraciones desde los países árabes o situaciones sociales y políticas distintas, como fue el caso de la masiva inmigración desde la Unión Soviética.

Al contrario, la asociación de la identidad judía en torno a un Estado militarizado ha generado un fenómeno de responsabilidad colectiva por el cual los ciudadanos judíos en diversos países —quienes no votan en Israel ni determinan sus acciones— son culpabilizados por las políticas gubernamentales y militares de Jerusalén.

Los estudios confirman que cada vez que se intensifica el conflicto armado en Medio Oriente, se registra un aumento correlativo de incidentes de odio, vandalismo y agresiones contra sinagogas e instituciones judías globales.

 El veredicto de la filosofía moral

El planteamiento de que la seguridad de un colectivo jamás puede alcanzarse mediante la desposesión de otra población encuentra un respaldo unánime en los principios de la ética política y el derecho internacional.

Al someter las políticas de exclusión a los principales filtros morales, el argumento de la legitimidad de un estado judío sobre territorio palestino se desmorona.

-          Los seres humanos deben ser tratados siempre como fines en sí mismos y nunca meramente como medios.

Bajo esta óptica, la población nativa de Palestina no puede ser instrumentalizada ni utilizada como un "medio" de compensación territorial para resolver el problema histórico del antisemitismo occidental.

Cada individuo palestino posee una dignidad intrínseca que prohíbe subordinar su libertad a la seguridad de terceros.

-          El universalismo moral sostiene que los derechos fundamentales y las obligaciones éticas se aplican por igual a todos los seres humanos, sin distinción de raza, religión o nacionalidad.

Un sistema que otorgue un valor moral superior o un derecho preferente a la seguridad de un grupo sobre la supervivencia de otro carece de validez ética.

Imponer la opresión actual a un pueblo para prevenir un riesgo posible de otro es moralmente indefendible.

-          La justicia correctiva exige que quien causa un daño sea quien cargue con la reparación. El antisemitismo sistémico y la barbarie del Holocausto fueron fenómenos generados y ejecutados en Europa. La población nativa de Palestina no tuvo responsabilidad alguna en esos crímenes, por lo que es éticamente aberrante que deba pagar el costo de la solución mediante la pérdida de su patrimonio y su soberanía.

-          Las necesidades de seguridad del pueblo judío no cancelan el derecho inalienable de los palestinos en su tierra natal. Los derechos de un grupo terminan donde comienzan los del otro.

 El cuestionamiento interno

El cuestionamiento al “estado efugio” ya no es solo una lectura externa: empieza a asomar dentro del propio debate israelí, aunque desde otras perspectivas.

El 7 de octubre hizo pedazos, para miles de israelíes, la promesa fundacional del refugio — el Times of Israel documentó cómo una cantidad creciente de ellos, gente con recursos y movilidad, optó por emigrar en los meses siguientes al ataque, incapaz de seguir sosteniendo la idea de que el país garantizaba su seguridad.

En un registro distinto pero convergente, el ensayista israelí Aviad Lavie fue más allá y cuestionó el propio lenguaje del refugio desde sus cimientos: apoyar la legitimidad de Israel en la promesa de supervivencia, escribió, reduce esa legitimidad a un puro interés propio y termina siendo, en sus palabras, una traición al fundamento de la identidad judía.

Ninguno de los dos llega a la conclusión de este artículo — Lavie busca una base de legitimidad distinta para Israel, no cuestiona su forma actual —, pero ambos revelan algo significativo: la convicción de que el refugio está siempre disponible y siempre funciona empezó a resquebrajarse justamente donde menos se esperaría, adentro.

 Hacia una verdadera seguridad global

La conclusión ética de este análisis exige devolver la mirada al punto de partida: el temor legítimo del judío diaspórico frente a una eventual ola de hostilidad en su propio entorno.

Si aceptamos que no es moralmente válido resolver la vulnerabilidad de un grupo en la diáspora despojando a un pueblo nativo en Medio Oriente, la búsqueda de seguridad debe cambiar radicalmente de foco.

La verdadera protección del pueblo judío global no puede depender de la existencia de un fortín militarizado en tierras ajenas, sino de la erradicación del prejuicio judeofobo en las sociedades donde las comunidades judías efectivamente viven y prosperan.

Sin embargo, para avanzar hacia esa seguridad real, no hay que moverse a engaño.

El argumento de Israel como un "refugio de emergencia" no pasa de ser una coartada retórica utilizada como un escudo discursivo que es promovido por Israel para dar legitimidad a su proyecto nacionalista.

Al enmarcar esta ambición expansionista bajo la etiqueta de "autodefensa existencial", se instrumentaliza el trauma histórico de la Shoá para inmunizar al gobierno de cualquier crítica moral o legal.

La prueba más contundente de que al proyecto estatal israelí actual no le preocupa en absoluto la seguridad de los judíos de la diáspora frente al antisemitismo es su propia política exterior.

En las últimas décadas, el gobierno de Israel ha tejido alianzas estrechas con organizaciones y líderes de extrema derecha en todo el mundo.

Movimientos políticos con raíces abiertamente fascistoides, supremacistas blancas y con un historial innegable de retórica judeofoba son hoy recibidos con alfombra roja en Jerusalén.

Este pacto pragmático se sostiene sobre una lógica transaccional: Israel blanquea el pasado xenófobo de estos grupos a cambio de que ellos apoyen de forma irrestricta sus políticas de ocupación y su narrativa de una guerra civilizatoria contra "el islam".

Al legitimar a estas fuerzas ultranacionalistas, el Estado de Israel valida precisamente a los sectores políticos que históricamente representan la mayor amenaza para el tejido democrático y la seguridad de las minorías judías locales.

Como demuestra la experiencia de las últimas décadas, el modelo de un Estado étnicamente excluyente y guiado por dogmas expansionistas no ha disuelto el peligro para la diáspora; al contrario, ha atado su seguridad a los ciclos de violencia de una ocupación militar, utilizándose con frecuencia como catalizador de nuevas olas de odio global.

La noción de que los judíos del mundo necesitan un "plan de escape" basado en la desposesión de otro pueblo es una trampa moral que perpetúa la inestabilidad de ambos.

La seguridad real y a largo plazo se construye fortaleciendo las democracias globales, garantizando el universalismo moral y la igualdad ciudadana en cada país.

La lucha contra el antisemitismo debe librarse allí donde se genera, bajo la premisa de que ninguna comunidad estará verdaderamente segura si su supuesta salvación exige la destrucción, el sometimiento o la alianza con los perseguidores de otra.

 

 

 

 

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