El despertar de la identidad judía no sionista

Ante el colapso ético del israelismo, la judeidad diaspórica vive un giro histórico. Los datos revelan que el no sionismo ya no es una disidencia marginal, sino una necesidad vital para refundar una identidad guiada por los derechos humanos universales y la rica memoria de la diáspora.

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El despertar de la identidad judía no sionista
Jewish Voice for Peace-Seattle, Comité de solidaridad con Palestina

El sionismo judío surgió formal e institucionalmente en 1897 como una ideología política de un sector que permaneció minoritario durante décadas. Tras la fundación del estado de Israel en 1948 y sobre todo después de 1967, el sionismo se transformó en algo distinto.

Ya no era una posición política entre otras, sino que se convirtió en la definición misma de la identidad judía — una suerte de "religión civil sustituta", el punto de referencia que unificó a comunidades religiosas, seculares, de izquierda y de derecha bajo un mismo compromiso de apoyo incondicional a Israel. Esta nueva etapa es la que un documental reciente bautizó, con acierto, como "israelismo".

El israelismo, nombrado

En 2023 se estrenó el documental Israelism, dirigido por Erin Axelman y Sam Eilertsen, que sigue a dos jóvenes judíos estadounidenses educados para apoyar a Israel sin condiciones —uno de ellos, Simone Zimmerman, cofundadora de IfNotNow— en el proceso que los lleva a distanciarse de esa educación al confrontarla con la realidad de la ocupación de Cisjordania.

El filme puso en circulación un término que describe con precisión lo que hasta entonces carecía de nombre: no el sionismo como programa político, sino la fusión, instalada durante generaciones en buena parte de la educación judía diaspórica, entre judaísmo e Israel como una sola cosa indivisible. Una educadora entrevistada en el documental resume esa fusión al sostener, en sus propias palabras, que judaísmo e Israel son lo mismo.

Esa distinción —entre sionismo como ideología e israelismo como fusión identitaria— es la que permite nombrar el actual cisma sin caer en la simplificación de dos bandos "pro" y "anti".

Lo que se está separando no son sionistas de antisionistas —esa discusión existe desde 1897—, sino judíos que siguen viviendo su judeidad como indisociable de Israel, de quienes empiezan a vivirla, con distinto grado de distancia crítica, como algo que no depende de ese vínculo.

Asistimos a un momento de profunda mutación histórica donde la pregunta por cómo se concreta una afirmación positiva de la identidad judía no sionista ya no es un ejercicio teórico marginal, sino que surge como respuesta visceral e intelectual a la crisis irreversible del propio israelismo.

Cuando el eje hegemónico colapsa ética y políticamente ante los ojos del mundo, el vacío identitario resultante obliga a una reconstrucción desde los cimientos.

La radiografía del quiebre: Datos de un colapso estructural

El divorcio entre la judeidad y el israelismo es un hecho cuantificable. Un estudio de la agencia Associated Press y el centro NORC (AP-NORC), realizado en junio de 2026 sobre una muestra de 1.022 adultos judíos, reveló una fractura profunda en la comunidad judía estadounidense, donde la brecha religiosa y generacional ha erosionado el antiguo consenso institucional.

De acuerdo con esta investigación, apenas un 6% de los judíos seculares en EE. UU. afirma que la etiqueta "sionista" los describe "extremadamente" o "muy bien", en contraste con el 31% de los judíos religiosamente afiliados. De los seculares, un 45% rechaza la etiqueta lo que deja a una porción significativa en terreno intermedio, ni identificada ni frontalmente opuesta.

El término ha dejado de evocar un refugio romántico para asociarse, en la mente de amplios sectores de la población, al militarismo y a la ocupación estatal.

La encuesta de AP-NORC añade un segundo eje de fractura en cuanto al vínculo afectivo: entre los judíos seculares —que representan el 30% de la población judía norteamericana— el apego emocional hacia Israel ha caído a un mínimo histórico del 11%, frente al 40% que aún manifiestan los sectores religiosos.

A esto se suma la distancia generacional que documentan de manera sistemática los estudios del Pew Research Center: entre los judíos menores de 35 años, el apego emocional a Israel es sustancialmente más bajo, y la crítica a las políticas del gobierno israelí, sustancialmente más alta, que entre las generaciones mayores.

El israelismo, dicho de otro modo, se está retirando a pasos agigantados de los sectores más jóvenes y seculares de la judería diaspórica, abriendo las puertas a una forma de ser judío completamente desmarcada del nacionalismo de Estado.

Quizás el síntoma más agudo de esta crisis ocurra en el propio territorio que prometía la redención nacional. Históricamente, la emigración desde Israel (la Yeridá) fue tratada como un tabú y un estigma social. Hoy se ha convertido en un fenómeno estructural inocultable.

Entre 2023 y 2025 salieron de Israel por períodos prolongados cerca de 269,000 israelíes; de ellos, la Oficina Central de Estadística confirma como emigrantes de largo plazo a 221,600. Frente a eso, los regresos se desplomaron a menos de 20,000 anuales, su nivel más bajo en dos décadas.

El resultado es un saldo neto de aproximadamente 135,000 israelíes menos en el país en solo tres años —antes de contar la caída paralela de la inmigración, que en 2025 tocó su cifra más baja desde 2013.

Estudios del Instituto de Democracia de Israel (IDI) señalan que un 26% de los ciudadanos judíos israelíes ha considerado activamente emigrar. Lo más alarmante para el relato estatal es el perfil de este éxodo: se trata de una masiva "fuga de cerebros" compuesta por médicos, académicos, ingenieros y profesionales de la tecnología.

El mapa de la disidencia contemporánea

Frente a este vacío, las corrientes judías no sionistas actuales están dejando de ser meros comités de protesta para transformarse en espacios de contención, liturgia y comunidad. Este archipiélago se divide principalmente en tres vertientes:

La izquierda progresista, laica y secular: Es el sector de mayor crecimiento político. Inspirados en el antiguo Bund (el partido laboral judío de Europa del Este), rescatan el principio del Doikayt ("aquí-ismo"): la premisa de que el hogar del judío es el lugar donde vive, y es allí, junto a sus vecinos no judíos, donde debe luchar por sociedades justas. Organizaciones como Jewish Voice for Peace (JVP) en EE. UU., Na'amod en el Reino Unido, y la Agrupación Judía Diana Arón (AJDA) en Chile, encarnan este renacimiento.

La ortodoxia religiosa tradicional (teológica): Sectores del jasidismo, como la dinastía Satmar (con cientos de miles de miembros en Nueva York y Jerusalén), sostienen firmemente que el nacionalismo de Estado es una transgresión talmúdica. Para esta corriente, pretender forzar el fin del exilio mediante un aparato estatal y militar antes de la era mesiánica constituye una herejía que despoja al judaísmo de su esencia espiritual.

El diasporismo cultural e intelectual: Académicos y artistas que reivindican la condición de "extranjero" y la errancia como las mayores virtudes creativas y morales del judaísmo, rechazando la asimilación a los códigos de la violencia estatal y la frontera cerrada.

Hacia una afirmación positiva: ¿Qué ponemos sobre la mesa?

La crítica más común lanzada desde el establishment comunitario es que el judaísmo no sionista es puramente reactivo; un espacio vacío definido solo por lo que niega. El desafío histórico actual consiste en demostrar que ocurre exactamente lo contrario: el no sionismo es, en realidad, un retorno a la normalidad histórica judía. Durante milenios, el judaísmo fue una civilización polifónica, descentralizada, global y adaptativa. La homogenización bajo una sola bandera y un solo ejército fue la verdadera anomalía del siglo XX.

Construir una afirmación positiva de nuestra identidad implica sostenerla sobre pilares que rescatan la historia y valores que acompañaron a los judíos durante siglos:

La universalización del Tikkun Olam (Reparar el mundo): La justicia y la compasión que nos enseña el judaísmo pierden su sentido si no se aplican a cualquier ser humano. La máxima de que "quien salva una vida salva al mundo entero" pierde su valor si se condiciona a la nacionalidad o al origen étnico. Una judeidad afirmativa entiende que nuestra propia emancipación y seguridad están indisolublemente ligadas a la libertad y dignidad de todos los pueblos, lo que hoy exige el compromiso irrestricto con los Derechos Humanos del pueblo palestino.

La Diáspora como valor y potencia: Rechazamos la tesis sionista de la "negación de la diáspora" (Shlilat Ha'galut), que la entiende como un castigo o un espacio de debilidad. Para nosotros, la Diáspora es un espacio de riqueza transnacional, de intercambio cultural y de resiliencia. No necesitamos un territorio exclusivo para florecer; nuestra patria es el texto, la memoria, la ética y los vínculos con las comunidades que cohabitamos.

El rescate de nuestra genealogía crítica: Reclamamos con orgullo la herencia de los miles de pensadores, revolucionarios y humanistas judíos que moldearon el pensamiento crítico universal —desde Rosa Luxemburg y el Bund, hasta Hannah Arendt y Albert Einstein—. En nuestro contexto local, la memoria de Diana Arón condensa esa síntesis perfecta: un judaísmo laico que no se repliega sobre sí mismo, sino que entrega la vida en las luchas de su propio pueblo frente a la barbarie.

La soberanía cultural: Recuperar nuestras lenguas (el yiddish, el ladino), resignificar nuestras festividades tradicionales (como un Pésaj centrado en la abolición de todas las formas contemporáneas de opresión y colonialismo) y divorciar la herencia espiritual del militarismo.

Conclusión

La crisis del sionismo no debe ser motivo de desesperanza ni de orfandad identitaria para las comunidades judías del mundo. Al contrario, es una invitación a la liberación de nuestro propio pensamiento.

La afirmación positiva de un judaísmo no sionista no nace para destruir, sino para salvar y ofrecer suelo firme. Emerge para albergar a las nuevas generaciones que se niegan a elegir entre su herencia ancestral y su brújula moral universal.

Al habitar un judaísmo diaspórico, ético y solidario, no estamos renunciando a nuestra historia; estamos, finalmente, volviendo a ella.

 

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