El control de la verdad: de la propaganda totalitaria al relato oficial de Israel

Un repaso histórico de los mecanismos de negación y descalificación de fuentes y su presencia en la gestión comunicacional de Israel sobre Gaza.

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El control de la verdad: de la propaganda totalitaria al relato oficial de Israel
El sueño de la razón (Grabado de Goya de 1799)

El pasado 1 de agosto, el embajador de Israel en Chile, Peleg Lewi, concedió una entrevista a BioBioChile en la que, entre otras afirmaciones, sostuvo que la mayoría de las personas muertas en Gaza desde la tregua de octubre de 2025 serían "milicianos", sin aportar cifras propias, y descalificó en bloque los datos difundidos por el Ministerio de Salud de Gaza por considerarlos poco fiables. También negó, de manera categórica, que el concepto de proporcionalidad tenga aplicación alguna en un conflicto armado.

Ninguna de estas tres afirmaciones resiste el contraste con la evidencia disponible.

Sobre la proporción de civiles y combatientes entre las víctimas, tanto la ONU como estudios independientes —incluido uno publicado en The Lancet sobre exceso de mortalidad en Gaza— han estimado sistemáticamente que la abrumadora mayoría de las víctimas son civiles, con una proporción significativa de mujeres y menores de edad; ninguna fuente respalda la afirmación del embajador.

Sobre la fiabilidad de las cifras del Ministerio de Salud gazatí, organismos como la OCHA y la OMS las han contrastado metodológicamente en numerosas ocasiones y coinciden en que el número real de muertes sería superior al señalado por la institución palestina— lo opuesto a lo que sugiere el embajador.

 Y sobre la proporcionalidad: lejos de ser un invento retórico de sus críticos, es un principio codificado del derecho internacional humanitario, presente en los Convenios de Ginebra y en el Estatuto de Roma, que rige la legalidad de cualquier ataque militar. Algo que un embajador debiese conocer.

Negar cifras verificadas, descalificar a la fuente que las produce, apelar a la ingenuidad de quien las cree, no es nuevo ni exclusivo de esta entrevista. Es, de hecho, un mecanismo con una larga genealogía histórica que es útil repasar.

El origen real de la "gran mentira"

Existe una frase que circula con enorme frecuencia, atribuida casi siempre al régimen nazi: "miente, miente, que algo queda". Esa atribución popular es, en sí misma, un pequeño ejemplo del fenómeno que describe: una idea repetida tantas veces que termina por parecer un hecho histórico sin que nadie verifique su origen.

El concepto de la große Lüge (gran mentira) aparece efectivamente en Mein Kampf (1925), pero no como estrategia que Hitler reivindicara para sí mismo, sino como acusación: atribuye a sus adversarios políticos (judíos y marxistas) el uso de mentiras "tan colosales" que nadie creería que alguien tuviera la desfachatez de deformar así la verdad. Es una proyección: el régimen atribuye al enemigo el método que él mismo terminaría perfeccionando.

La ejecución sistemática de esa maquinaria correspondió a Joseph Goebbels, ministro de Ilustración Pública y Propaganda desde 1933. Bajo su dirección se consolidaron varios mecanismos que los historiadores de la propaganda reconocen hoy como un patrón replicable, no exclusivo de la Alemania nazi: repetición masiva y monopolio del mensaje a través del control total de los medios; deslegitimación preventiva de las fuentes opositoras, descalificadas de antemano como parciales o enemigas; la apelación a la ingenuidad de quien cree en los datos verificados por esas fuentes; y la simplificación binaria de cualquier conflicto en agresores y víctimas legítimas, donde la propia respuesta queda justificada de antemano.

Un patrón, no un caso aislado

Ninguno de estos mecanismos nació ni murió con el nazismo. La Unión Soviética estalinista negó durante décadas la existencia del Holodomor, la hambruna de 1932-1933 en Ucrania que causó millones de muertes, calificando de propaganda hostil cualquier reporte occidental al respecto.

Las dictaduras del Cono Sur —Argentina, Chile, Uruguay— desarrollaron en los años setenta y ochenta un patrón casi idéntico frente a las desapariciones forzadas: negación oficial de los hechos, descalificación de los organismos de derechos humanos como "instrumentos de campañas internacionales", y un relato binario de "guerra sucia" que presentaba a cualquier víctima como sospechosa por definición.

La filósofa Hannah Arendt ofreció una explicación de por qué este mecanismo no es un simple exceso retórico: los regímenes totalitarios no solo mienten sobre hechos puntuales, sino que atacan la categoría misma de "verdad fáctica", aquello que, a diferencia de una opinión, no admite discusión legítima porque simplemente ocurrió.

Cuando un régimen logra instalar la duda sistemática sobre cualquier hecho verificable, elimina el terreno común sobre el que podría construirse un juicio crítico independiente.

Y hay una razón psicológica, bien documentada, de por qué la repetición funciona incluso cuando se sabe que lo repetido es falso: el "efecto de verdad ilusoria", estudiado en psicología cognitiva desde los años setenta, muestra que la exposición repetida a un enunciado aumenta la probabilidad de que se lo perciba como verdadero, incluso cuando quien escucha posee conocimiento previo que lo contradice.

La mentira política no es privativa de los regímenes totalitarios. También las democracias mienten —el caso de las armas de destrucción masiva de Irak en 2003 es el ejemplo más citado.

Lo que distingue al mecanismo totalitario, según el argumento de Arendt, no es la existencia de la mentira sino su función: en una democracia, la mentira compite con otras versiones de los hechos porque existen prensa libre, tribunales independientes y elecciones que pueden castigarla; en un régimen totalitario, la mentira se vuelve total porque no tiene con qué competir. Entre ambos extremos hay regímenes autoritarios no totalitarios que usan mecanismos similares —control de medios, negación de hechos— sin la ambición ideológica totalizante del nazismo o el estalinismo.

El caso de Israel: matices y récord documentado

¿Dónde se ubica Israel en este espectro? No es, formalmente, un régimen totalitario ni siquiera autoritario en sentido clásico: mantiene elecciones competitivas, oposición política real, un poder judicial que en ocasiones ha fallado contra el Ejecutivo, y una prensa doméstica —Haaretz, +972 Magazine, Local Call— que publica investigaciones críticas del propio Estado con relativa libertad. Ese contraste importa y no debe borrarse.

Pero en su gestión comunicacional del conflicto con Gaza, Israel exhibe un historial documentado de mecanismos estructuralmente análogos a los descritos:

Represión letal de la prensa en Gaza. El Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ) documentó que Israel fue responsable de la abrumadora mayoría de periodistas asesinados a nivel mundial en 2025, la cifra más alta desde que la organización lleva registro, en 1992.

Para mediados de 2026, distintos conteos —CPJ, Federación Internacional de Periodistas, ONU, Al Jazeera— sitúan entre 240 y más de 270 el número de periodistas y trabajadores de medios muertos en Gaza desde octubre de 2023.

Reporteros Sin Fronteras ha documentado ataques que considera deliberados contra periodistas identificados como tales, incluido el bombardeo de agosto de 2025 contra una tienda de prensa de Al Jazeera frente al hospital Al-Shifa, condenado por la ONU y por el gobierno de Chile.

A esto se suma la prohibición de acceso independiente a Gaza para prensa extranjera desde el inicio de la guerra, lo que deja la cobertura casi enteramente en manos de periodistas palestinos locales —que son, a la vez, quienes más han muerto—. El propio CPJ ha señalado que este vacío informativo dificulta documentar posibles crímenes de guerra.

La hasbara como política de Estado. Israel mantiene desde hace décadas un aparato oficial de comunicación estratégica —"hasbara", literalmente "explicación" en hebreo— diseñado para coordinar el mensaje internacional del gobierno y las fuerzas armadas. No es una acusación sino una política reconocida y estudiada académicamente.

Resulta significativo que el propio diario Haaretz haya publicado en julio de 2026 una editorial calificando ese aparato de fracasado, y sosteniendo que el problema de Israel es "de realidad", no "de hasbara" —evidencia, en todo caso, de que la prensa doméstica crítica sigue operando con independencia.

La presión contra medios locales críticos. Poco después del 7 de octubre de 2023, el gobierno israelí impulsó y finalmente aprobó por unanimidad un decreto para prohibir toda publicidad y suscripción gubernamental a Haaretz, bajo el argumento de que el diario difundía "propaganda antiisraelí".

Más recientemente, en julio de 2026, un abogado vinculado al Likud amenazó legalmente al diario por una campaña publicitaria, obligándolo a retirarla. Haaretz ha calificado estos episodios como intentos de silenciar a un medio crítico por vía económica y legal, no por censura directa.

El resultado es un cuadro de intensidades distintas, pero de una misma familia funcional: control letal y de acceso en Gaza, asfixia financiera y legal puertas adentro. Ninguno de estos elementos, por separado o en conjunto, equivale al aparato totalitario de un Goebbels o de la maquinaria estalinista —Israel carece de la censura previa total y de la eliminación de toda alternancia política que caracterizan a esos regímenes—. Pero el patrón que permite leerlos como parte de una misma estrategia es el mismo que atraviesa toda esta genealogía: la construcción de un relato oficial que se sostiene, en buena medida, en la eliminación o el debilitamiento de las voces capaces de contrastarlo.

Volviendo a la entrevista que dio origen a esta reflexión: cuando un embajador descalifica en bloque las cifras de la única fuente que informa desde el terreno, en un territorio del que su propio país excluye a la prensa independiente, no está simplemente dando una opinión discutible. Está aplicando, con método y con precedentes históricos incómodos, la misma estrategia que este artículo ha intentado describir.

 

 

 

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Fuentes: entrevista de Camilo Suazo a Peleg Lewi, BioBioChile, 1 de agosto de 2026; Hitler, A., Mein Kampf (1925); Longerich, P., Goebbels: A Biography (Random House, 2015); Arendt, H., The Origins of Totalitarianism (1951); Snyder, T., On Tyranny (2017); Hasher, Goldstein & Toppino, "Frequency and the conception of truth", Journal of Verbal Learning and Verbal Behavior (1977); Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ), informes 2025-2026; Reporteros Sin Fronteras; OCHA; Haaretz, editorial del 26 de julio de 2026; "El boicot de Netanyahu a Haaretz no nos detendrá" (Aluf Benn).