De los pogroms a la violencia de colonos: memoria histórica y responsabilidad ética

Los pogroms en la Rusia zarista marcaron profundamente la memoria judía. Comparar esos episodios con los ataques de colonos extremistas contra palestinos en Cisjordania no busca equiparar contextos, sino examinar cómo la memoria del sufrimiento debería influir en el uso del poder.

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De los pogroms a la violencia de colonos: memoria histórica y responsabilidad ética
Fotografía cortesía taller pazbarba (@pazbarba)

Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, comunidades judías en el Imperio Ruso sufrieron pogroms: ataques violentos tolerados o promovidos por autoridades locales. Casas saqueadas, sinagogas incendiadas, familias desplazadas. Aquellos episodios dejaron una marca indeleble en la memoria colectiva judía.

El pogrom no era solo violencia física; era la experiencia de vulnerabilidad absoluta frente a multitudes hostiles y autoridades indiferentes.

Hoy, en Cisjordania, organizaciones de derechos humanos documentan ataques de colonos judíos extremistas contra aldeas palestinas: incendios de propiedades, agresiones físicas, destrucción de cultivos. Las circunstancias históricas son diferentes. El contexto político es otro. Pero la imagen de turbas atacando civiles desarmados resuena inquietantemente.

Establecer una comparación no significa afirmar simetrías totales. Los pogroms eran parte de un sistema estructural de persecución contra una minoría sin Estado. Los ataques de colonos ocurren en un contexto de ocupación prolongada y conflicto nacional.

Sin embargo, la pregunta ética es válida: ¿qué debería producir en la conciencia judía la memoria de haber sido víctima de violencia colectiva?

La memoria no es solo recuerdo; es orientación moral. Si la historia del sufrimiento no genera sensibilidad frente al sufrimiento ajeno, pierde su dimensión transformadora.

Los ataques de colonos, cuando quedan impunes o reciben respuestas tibias, erosionan la legitimidad moral del proyecto nacional israelí. La responsabilidad primaria recae en el Estado, que tiene el monopolio legítimo de la fuerza y el deber de proteger a todas las personas bajo su control.

La tradición judía no celebra la violencia de multitudes. La ley rabínica enfatiza responsabilidad individual y límites al daño incluso en guerra.

Recordar los pogroms debería fortalecer la oposición a cualquier forma de violencia contra civiles.

La comparación no busca relativizar la historia judía, sino honrarla. La memoria del pasado exige coherencia en el presente.