Cómo el sionismo askenazí resolvió su problema de mano de obra con la fe ajena: el caso yemenita

Cuando los colonos askenazíes no pudieron competir en salario con la mano de obra árabe, el sionismo reclutó judíos yemenitas usando el nombre de un rabino venerado: la historia de un engaño donde el "material humano" pesó más que el pueblo judío que decía representar.

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Cómo el sionismo askenazí resolvió su problema de mano de obra con la fe ajena: el caso yemenita

El sionismo no nació de una necesidad judía genérica y homogénea. Nació de una problemática muy específica: la de los judíos askenazíes de Europa oriental, particularmente del Imperio ruso, huyendo de los pogromos de 1881-1882 y de la nueva ola de violencia de 1903-1906.

Vale la pena subrayar que la enorme mayoría de los cerca de tres millones de judíos que abandonaron Europa oriental en ese período no migró a Palestina: alrededor de dos tercios se dirigió a Estados Unidos, y el resto se repartió entre otros destinos como Argentina, Canadá o Australia; la opción sionista con un 3% del total, fue muy minoritaria dentro del propio éxodo askenazí.

El sionismo temprano es, en ese sentido preciso, un proyecto de una minoría askenazí de Europa oriental antes que un proyecto panjudío.

Dos fracasos económicos, uno detrás del otro

La Primera Aliá fue impulsada principalmente por Hovevei Zion ("Amantes de Sión"), una red de asociaciones protosionistas surgida en 1881-1882 como respuesta directa a los pogromos y formalizada en 1884 bajo el liderazgo de Leon Pinsker.

Su idealismo partía de la desilusión con la promesa de la emancipación y la asimilación en Europa: sostenían que solo el retorno colectivo a Eretz Israel y la reconstrucción de una vida agrícola y nacional judía podían poner fin a esa vulnerabilidad estructural.

De sus filas surgió también el Bilú, un núcleo aún más pequeño y radicalizado, no más de 500 miembros en total— que en 1882 fueron de los primeros en instalarse físicamente en Palestina.

Hacia 1897, el Comité de Odesa, rama rusa formal de Hovevei Zion, reunía poco más de 4.000 miembros inscritos, frente a una población judía rusa de unos 5,19 millones de personas según el censo imperial de ese año.

La Primera Aliá (1882-1903) intentó fundar una colonia de asentamiento "pura" —sostenida solo con trabajo judío—, pero fracasó: los colonos, idealistas sin experiencia agrícola previa, enfrentaron un clima adverso, enfermedades y una fiscalidad otomana asfixiante, y hacia 1883 varias colonias estaban al borde del colapso económico.

Sobrevivieron gracias al financiamiento del barón Edmond de Rothschild, quien las reorganizó bajo un modelo de plantación —centrado en la viticultura— que, para ser rentable, dependía estructuralmente de mano de obra árabe barata: exactamente lo opuesto al ideal de autosuficiencia nacional que se proponían.

La Segunda Aliá (1903-1914) reaccionó contra ese resultado con lo que el sociólogo Gershon Shafir llamó "la conquista del trabajo": el intento de expulsar a los trabajadores árabes del mercado laboral y reemplazarlos íntegramente por colonos judíos.

Pero este segundo intento fracasó por una razón distinta a la del primero: los colonos askenazíes, con un estándar de vida más alto que el de los trabajadores árabes locales, no podían competir en salario. La exclusión total no se logró; solo se consiguió dividir el mercado laboral en dos circuitos, con salarios judíos protegidos por encima de los árabes, pero insuficientes para sostener a una familia.

El plan Ruppin: resolver un problema askenazí con otro colectivo judío

Frente a este segundo fracaso, Arthur Ruppin, director de la Oficina Palestina de la Organización Sionista, documentó en sus propias memorias las estrategias que ensayó para resolverlo. Enumera cuatro: abaratar el costo de vida de los trabajadores judíos con alojamiento colectivo subsidiado; construir viviendas económicas para trabajadores casados; formar cuadrillas de trabajadores para contratos en las plantaciones; y, en sus propias palabras, "atraer a judíos yemenitas, acostumbrados a un clima cálido y con un nivel de vida más bajo".

Ruppin es explícito sobre el cálculo: "debido a su nivel de vida más bajo, vi en los yemenitas un grupo que tendría mejores posibilidades de mantenerse en las moshavot frente a la competencia de los árabes." La pregunta que se hizo a continuación, según su propio relato, fue puramente logística: cómo traerlos a Palestina en gran número.

Es importante notar que este plan  no nace de ningún interés en el bienestar o la inclusión de los judíos yemenitas como comunidad: nace de una necesidad económica askenazí muy concreta que ve en otro colectivo judío —al que se le atribuye de antemano un "nivel de vida más bajo"— la pieza que faltaba para resolverla.

Lo que ya existía, y no tenía nada que ver con el sionismo

Judíos yemenitas ya estaban migrando a Palestina desde 1881-1882, treinta años antes de que la Oficina Palestina organizara nada. Fue un movimiento espontáneo, de raíz mesiánica interna —conocido como E'eleh BeTamar ("subiré a la palmera")—, motivado por rumores y señales que muchos judíos yemenitas interpretaron como anuncios de la redención.

En total, cerca de 5.000 judíos yemenitas emigraron a Palestina entre 1881 y 1914 por esta vía —apenas una décima parte de los más de 50.000 judíos que entonces vivían en Yemen, instalándose sobre todo en Jerusalén, dentro de la comunidad judía religiosa tradicional conocida como el Antiguo Yishuv (Old Yishuv): comunidades sostenidas por donaciones de la diáspora (halukkah), dedicadas al estudio religioso y a la vida devocional, cuya relación con la tierra era de redención espiritual pasiva —estar cerca de los lugares sagrados, esperar al Mesías— y no de construcción de instituciones políticas ni de una economía nacional autosuficiente.

Esto no es lo mismo que el sionismo político. Ambos proyectos convivían en la misma Palestina, pero respondían a lógicas opuestas, y buena parte de la ortodoxia judía europea de la época distinguía tajantemente entre ellos.

El rechazo ortodoxo al sionismo secular no se debía a indiferencia hacia la Tierra de Israel —el Antiguo Yishuv llevaba siglos allí—, sino a una objeción doctrinal precisa: la lectura tradicional del midrash talmúdico de los "tres juramentos" (Ketubot 111a), según la cual a los judíos les está vedado "ascender por la fuerza" a la tierra o forzar por medios humanos y políticos un proceso de redención que solo debía provenir de Dios.

Para buena parte del rabinato europeo de la época, el proyecto de Herzl y del movimiento laborista era, literalmente, una usurpación blasfema del rol divino.

El puente teológico de Kook, y su secuestro instrumental

Abraham Isaac Kook, rabino de Jaffa desde 1904, fue quien tendió un puente entre estas dos categorías que la ortodoxia insistía en mantener separadas. Sostuvo que el retorno sionista a Palestina marcaba el inicio de la "redención divina" (atchalta di-geulah), y que esto incluía —sin que ellos mismos lo supieran— a los pioneros laboristas seculares y hasta antirreligiosos: eran, para Kook, instrumentos inconscientes de un plan divino.

En 1911, la Oficina Palestina de Ruppin y la Sociedad de Plantadores (Agudat Netaim) enviaron a Yemen al activista laborista Shmuel Yavnieli, disfrazado de enviado de Kook, para reclutar directamente a comunidades judías yemenitas con pasaje subsidiado hacia Palestina.

Hay que llamar a esto por su nombre: fue un engaño deliberado. El disfraz no creó el deseo de migrar —ese deseo ya existía, y llevaba treinta años materializándose de forma espontánea hacia Jerusalén y el Antiguo Yishuv.

Yavnieli se presentó como emisario de grandes rabinos, utilizando cartas de Kook y del rabino Ben-Zion Meir Hai Uziel, para explotar esa fe mesiánica ya existente: le dio a un desconocido —un activista secular sin vínculo previo con esas comunidades— la confianza necesaria para operar un reclutamiento organizado, y redirigir ese flujo religioso preexistente hacia un destino que nada tenía que ver con la piedad tradicional ni con la redención que esos judíos creían estar buscando: fungir como mano de obra agrícola asalariada del proyecto sionista secular.

El propio Yavnieli reportó que solo lograría convencer a los yemenitas económicamente más vulnerables —a quienes la Organización Sionista ofrecía pasaje y alojamiento subsidiados—, es decir, a los más expuestos a ser reclutados para ser luego explotados en las condiciones salariales que el propio plan Ruppin había diseñado para ellos.

Cerca de 1.400 personas emigraron por esta vía en pocos años. El cálculo que las motivó desde el lado sionista era explícito: conseguir "trabajadores naturales" —dispuestos, se suponía, a trabajar a "salario árabe" por su propia disposición cultural y corporal—, en contraste con los colonos europeos, que se veían a sí mismos como "trabajadores idealistas" cumpliendo una misión nacional.

El resultado material: Kvutzat Kinneret

El destino de muchos de estos inmigrantes en las colonias más antiguas muestra bien la distancia entre la retórica de la redención y la práctica económica.

En Kvutzat Kinneret, la colectividad agrícola fundada en 1913, un grupo de trabajadores yemenitas fue alojado en dos cuartos de depósito ruidosos y llenos de gases del motor de la estación de bombeo de agua.

Recibieron menos de la mitad de la tierra y la mitad del salario que los trabajadores askenazíes, y nunca fueron invitados a integrarse a la kvutzá.

Cuando la dirigencia decidió que debían irse, les cortaron el agua y también la leche destinada a sus hijos; las condiciones de vida, sumadas a enfermedades como la malaria, causaron numerosas muertes. Recién en 1930 —dieciocho años después— fueron obligados a abandonar el lugar.

Lo que esta secuencia revela

El sionismo temprano es, en su origen, la respuesta de una fracción de la población askenazí de Europa oriental a un problema askenazí: los pogromos y la necesidad de un refugio nacional.

Cuando ese proyecto tropezó con su propio límite económico —la incapacidad de sus colonos europeos de competir en salario con la mano de obra local—, la solución no se buscó dentro de la comunidad askenazí, sino instrumentalizando a otro colectivo judío, al que se le atribuyó de antemano una aptitud "natural" para condiciones que los europeos rechazaban.

Y para lograr ese reclutamiento, el movimiento secular pidió prestada la autoridad religiosa de un rabino cuya teología, precisamente, intentaba tender el puente entre la piedad tradicional y el proyecto político que la mayoría de la ortodoxia rechazaba.

La fe que motivaba a los judíos yemenitas a acercarse a Jerusalén fue redirigida, con fines económicos muy concretos, hacia donde el sionismo laborista necesitaba brazos baratos.

 

Redactado con asistencia de IA a partir de investigación y criterio editorial humano — ver nuestro proceso

 

 

Fuentes

Shoshana Madmoni-Gerber, "Participation and Exclusion: The Yemenite Settlers of Kinneret", en Israeli Media and the Framing of Internal Conflict: The Yemenite Babies Affair, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2014 (reimpr. de la ed. de 2009), pp. 30-34.

Arthur Ruppin, Memoirs, Diaries, Letters, ed. Alex Bein, trad. Karen Gershon, Londres, Weidenfeld & Nicolson, 1971.

Gershon Shafir, Land, Labor and the Origins of the Israeli-Palestinian Conflict, 1882-1914, ed. actualizada, Berkeley, University of California Press, 1996 (1.ª ed. Cambridge University Press, 1989).

Gur Alroey, An Unpromising Land: Jewish Migration to Palestine in the Early Twentieth Century, Stanford, Stanford University Press, 2014.

Abraham Isaac Kook, Orot, trad. Bezalel Naor, Northvale (NJ), Jason Aronson, 1993.

Ehud Luz, Parallels Meet: Religion and Nationalism in the Early Zionist Movement, 1882-1904, trad. Lenn J. Schramm, Filadelfia, Jewish Publication Society, 1988.