7 de Octubre: La postura de AJDA — Parte 2: ¿Cómo se llegó hasta aquí?
Hamás no apareció de la nada. Reconstruimos su historia y el rol que Israel jugó en su fortalecimiento, el acorralamiento de otros liderazgos palestinos y la violencia, estructural y directa, que moldeó el terreno hasta el 7 de octubre.
A fines de los años 70, en la Gaza bajo administración militar israelí, un clérigo llamado Ahmed Yassin encabezaba Mujama al-Islamiya, una red de mezquitas, escuelas y clínicas de orientación islamista.
En 1979 el gobierno israelí la reconoció formalmente como organización benéfica, y empezó a canalizarle recursos. El brigadier Yitzhak Segev, gobernador militar israelí de Gaza a inicios de los 80, reconoció años después ante un periodista del New York Times que administraba un presupuesto para financiar esas mezquitas, con instrucciones de dar trato preferente a ese movimiento por sobre la OLP secular de Yasser Arafat.
La lógica, explícita en su momento, era usar el islamismo como contrapeso a una organización nacionalista que negociaba —y que, para Israel, representaba entonces la amenaza política más consolidada.
Dentro de la propia administración israelí hubo quien lo advirtió a tiempo. Avner Cohen, funcionario israelí de asuntos religiosos en Gaza durante más de veinte años, escribió en 1984 un informe interno alertando a sus superiores sobre el riesgo de esa estrategia: "sugiero concentrar nuestros esfuerzos en encontrar formas de desarmar a este monstruo antes de que esta realidad nos explote en la cara", escribió. No lo escucharon.
En 1987, con el estallido de la primera Intifada, esas redes se reorganizaron como Hamás. El propio Cohen resumió el resultado, décadas después, en una frase que se ha citado extensamente: "Hamás, para mi pesar, es una creación de Israel".
Decir esto no equivale a sostener, en sentido literal, que Israel "creó" Hamás como se crea un instrumento propio. En la génesis de Hamás participaron dinámicas internas del islamismo palestino y la propia Hermandad Musulmana regional.
Lo que sí está establecido, con fuentes primarias y reconocimiento directo de los propios funcionarios israelíes involucrados, es que Israel toleró, financió y en ciertos momentos favoreció deliberadamente el ascenso de ese movimiento como estrategia para debilitar a la OLP.
De la Carta de 1988 al documento de 2017
El programa fundacional de Hamás —su Carta de 1988— es un documento que describe el conflicto en términos religiosos y no negociables, rechaza cualquier solución que no sea la liberación completa de Palestina, y contiene pasajes explícitamente antisemitas, incluyendo referencias a los Protocolos de los Sabios de Sion, el texto conspirativo más difundido de la propaganda antijudía moderna. Es antisemita en un sentido literal, no metafórico, y esa carta —a diferencia de lo que veremos a continuación— nunca ha sido formalmente derogada.
En mayo de 2017, Hamás publicó un segundo documento, "Principios y Políticas Generales", con cambios que distinguen explícitamente entre judaísmo y sionismo, afirmando que su conflicto es con el segundo y no con los judíos como pueblo, y elimina las referencias a los Protocolos.
Acepta, además, la idea de un Estado palestino dentro de las fronteras de 1967 —Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este— como lo que llama una "fórmula de consenso nacional", algo impensable en el texto de 1988.
Pero el documento de 2017 no reemplaza a la Carta de 1988, que sigue formalmente vigente; mantiene la negativa a reconocer al Estado de Israel bajo cualquier frontera; reafirma el derecho al retorno de los refugiados a la totalidad de la Palestina histórica; y conserva, en el mismo texto, la reivindicación de "toda Palestina, del río al mar" como objetivo final, presentando la aceptación de 1967 como una fase táctica y no como una solución definitiva —algo que dirigentes de Hamás, como Mahmoud al-Zahar, han reconocido abiertamente en esos términos ("recuperar la tierra, aunque sea pulgada a pulgada").
Ninguna versión del programa de Hamás, ni la de 1988 ni la de 2017, ha sostenido en ningún momento que atacar deliberadamente a civiles desarmados sea un método legítimo de lucha bajo el derecho internacional. La carta reivindica la liberación total de Palestina como objetivo; no reivindica, en ninguna de sus dos versiones, el ataque a un festival de música como método para lograrlo.
Un liderazgo político acorralado, una y otra vez
La historia palestina del último siglo es, en buena medida, la historia de sucesivos liderazgos políticos que buscaron una salida negociada y se encontraron, cada vez, con el camino cerrado.
El Alto Comité Árabe, que lideró la revuelta y las negociaciones palestinas bajo el Mandato británico en los años 30, fue disuelto y su dirigencia exiliada tras la revuelta de 1936-39.
La OLP, que en las décadas siguientes fue consolidando —no sin violencia propia, incluido el terrorismo— un giro hacia el reconocimiento de Israel y la negociación, fue expulsada de Jordania en 1970 y de Líbano en 1982, y terminó negociando Oslo en los 90 desde una posición cada vez más debilitada, sin lograr un Estado.
La Autoridad Palestina resultante de esos acuerdos quedó atrapada entre la exigencia de actuar como garante de seguridad de Israel y la imposibilidad de mostrar avances políticos reales a su propia población, lo que fue erosionando su legitimidad interna década tras década.
Ese acorralamiento no se limitó al nacionalismo de Fatah y sus dirigentes. Dentro de la propia OLP existieron, desde los años 60 y 70, corrientes marxistas-leninistas —el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) de George Habash y el Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP) de Nayef Hawatmeh— que planteaban la lucha de clases junto a la lucha nacional, y que en distintos momentos de su historia sostuvieron posiciones más favorables a una solución negociada de dos Estados que el propio Fatah.
Israel dedicó a esos liderazgos una política sostenida de asesinatos selectivos fuera de todo proceso judicial: Ghassan Kanafani, escritor y vocero del FPLP, murió en 1972 en Beirut por un coche bomba atribuido al Mosad; Wadie Haddad, jefe de las operaciones externas del FPLP, murió envenenado por agentes israelíes en 1978. La invasión israelí de Líbano en 1982, que expulsó a la OLP de su base territorial, desmanteló la infraestructura militar y política de todas las facciones de la organización, incluidas las marxistas, dispersando sus liderazgos por distintos países árabes y debilitando de forma duradera a la izquierda palestina secular como alternativa política.
Hamás, mientras tanto, creció primero con tolerancia israelí y luego, tras ganar las elecciones legislativas palestinas de 2006 —reconocidas internacionalmente como limpias— fue sometido a un boicot internacional liderado por Israel, Estados Unidos y la Unión Europea, que se negaron a reconocer el resultado.
Liderazgo tras liderazgo político palestino disuelto, exiliado, deslegitimado, asesinado o boicoteado, tanto nacionalista como marxista, es parte del terreno sobre el cual creció, precisamente, la alternativa islamista que rechazaba la negociación.
Lo que se vivió mientras tanto
El bloqueo de Gaza, impuesto por Israel y Egipto desde 2007 tras la toma de control de Hamás sobre el territorio, ha sido descrito reiteradamente por relatores de la ONU y organizaciones de derechos humanos como un régimen que convierte a Gaza en la expresión ya clásica de "la cárcel al aire libre más grande del mundo": restricciones severas al movimiento de personas, límites a la importación de materiales e insumos básicos, y control casi total del espacio aéreo, marítimo y terrestre.
En una vida concreta significa haber nacido, crecido, formado una familia y envejecido sin haber podido salir jamás de un territorio de 365 km² —casi la mitad del tamaño de Santiago—; significa que un permiso para tratamiento médico fuera de Gaza pueda demorar meses o ser denegado sin explicación, mientras la enfermedad avanza; significa cortes de electricidad de gran parte del día, año tras año, y agua potable racionada.
Para varias generaciones de palestinos, cada camino disponible fue ensayado uno por uno —la negociación diplomática de la OLP, la resistencia popular no armada de la primera Intifada, la vía electoral de 2006— y cada uno terminó, sin excepción, en exilio, boicot internacional, más ocupación, o la misma respuesta militar que se buscaba evitar.
Cuando toda una generación ve agotarse así, sistemáticamente, los caminos que el propio mundo le dijo que debía intentar, no sorprende que la convicción de que ningún camino político conduce a nada se vuelva, para muchos, la lectura más razonable de su propia experiencia histórica —y que la violencia aparezca, ante esa desesperanza acumulada, como el único lenguaje al que el otro lado parece responder.
Hay un nombre para esto. El sociólogo noruego Johan Galtung lo llamó violencia estructural —la violencia que no tiene un autor único ni un momento preciso, porque no es un disparo sino un sistema: el bloqueo, la ocupación, el encierro, la humillación cotidiana en un puesto de control, sostenidos y renovados día tras día durante generaciones.
A diferencia de la violencia directa, que se puede señalar con un dedo y un nombre propio, la violencia estructural es, por definición, constante para quien la sufre: no ocurre un día y termina; es la humillación repetida en el mismo puesto de control cada semana, el permiso de salida que nunca llega, la casa que se puede perder sin aviso.
Hablar de violencia estructural no significa que sea la única violencia que existe. Convive, todos los días, con violencia directa.
Están las grandes operaciones militares israelíes sobre Gaza de 2008-09, 2012, 2014, 2021 que dejaron, cada una, cientos o miles de muertos civiles palestinos, pero sobre eso también hay asesinatos selectivos, torturas y malos tratos bajo custodia, detenciones administrativas sin cargos ni juicio, y la violencia de colonos. La desesperanza que describimos no es un estado de ánimo pasajero: es la experiencia acumulada de ambos tipos de violencia operando a la vez, sin pausa.
La violencia directa, en cifras
En Cisjordania, la violencia directa no se limita a las fuerzas de seguridad.
Según la ONU, 2025 fue el año con más violencia de colonos registrada desde que existen estos conteos: al menos siete palestinos asesinados y 832 heridos, un aumento de 130% respecto al año anterior.
Solo entre octubre y noviembre de 2025, la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) documentó 178 ataques de colonos vinculados a la temporada de cosecha de olivos —un promedio de tres al día—, con más de 4.200 árboles vandalizados en 77 localidades; octubre de 2025 fue, por sí solo, el mes con más ataques de colonos jamás registrado por OCHA desde que comenzó a documentarlos en 2006, con más de 260 incidentes.
Yesh Din, organización israelí que monitorea estos casos, documenta un patrón sostenido de destrucción de olivares, robo de cosechas y herramientas, envenenamiento o robo de ganado, incendios de cultivos, y ataques armados directos contra agricultores —con menos del 5% de las investigaciones terminando en una acusación formal.
Desde octubre de 2023, ACNUR contabiliza más de 2.400 ataques de colonos contra propiedad palestina, que han desplazado a más de 3.000 personas, 1.529 de ellas menores de edad.
A esto se suma la violencia directa de las propias fuerzas de seguridad israelíes en Cisjordania: según el Ministerio de Salud palestino, los ataques de soldados y colonos combinados han matado a al menos 1.047 palestinos y herido a más de 10.000 desde octubre de 2023 —cifras que no incluyen Gaza.
B'Tselem ha documentado casos de colonos, algunos vestidos con uniforme militar o actuando junto a soldados en servicio, disparando munición real contra civiles desarmados.
Un régimen que organizaciones israelíes llaman apartheid
En Cisjordania, organizaciones de derechos humanos israelíes han documentado un patrón que ellas mismas describen, como parte de un "régimen de apartheid" —el término es de B'Tselem, la organización israelí de derechos humanos más antigua dedicada a los territorios ocupados.
Physicians for Human Rights-Israel y Amnistía Internacional documentaron al menos entre 94 y 98 muertes de detenidos palestinos bajo custodia israelí entre octubre de 2023 y noviembre de 2025, atribuidas mayoritariamente a violencia física y negligencia médica deliberada; B'Tselem, en sus informes "Welcome to Hell" (2024) y "Living Hell" (2026), documentó el caso del primer menor de edad muerto en una prisión israelí desde el inicio de la guerra, por desnutrición y negación de tratamiento médico.
Nombrar toda esta desesperanza acumulada —persecución, encierro, apartheid, muerte— no es, todavía, un veredicto sobre los métodos de quienes deciden responder con violencia: eso lo vamos a resolver con el instrumento correcto, el derecho internacional humanitario, en la próxima entrega.
Es, por ahora, un intento honesto de que el lector entienda por qué, para una parte significativa de la sociedad palestina, la conclusión de que "no queda otra salida" no es fanatismo importado ni manipulación ideológica: es la lectura, dolorosamente razonable, de un siglo de puertas cerradas una tras otra por la misma mano.
El dinero que Israel dejó cruzar
La pieza más reciente de esta historia, y una de las más incómodas, es el financiamiento qatarí a Hamás en Gaza durante los años previos al 7 de octubre.
En agosto de 2018, el gabinete de seguridad israelí aprobó formalmente un mecanismo por el cual Qatar transfería decenas de millones de dólares mensuales, en efectivo, a Gaza, cruzando físicamente el paso fronterizo de Erez con anuencia israelí explícita.
Netanyahu defendió públicamente esta política en más de una ocasión como una forma de mantener una calma relativa y evitar el fortalecimiento de una Autoridad Palestina que él mismo veía como un interlocutor políticamente incómodo para la construcción de un Estado palestino unificado.
Según reportes de prensa israelí, apenas un mes antes del ataque Israel pidió a Qatar aumentar ese financiamiento. El propio exjefe del Mosad, Yossi Cohen, viajó a Doha en 2020 para pedirle a Qatar que no interrumpiera los pagos a Hamás.
Esto no significa que el dinero qatarí "causara" el ataque —Hamás lo empleó, según reportes, mayoritariamente en gasto civil y en el mantenimiento de su aparato de gobierno en Gaza, no exclusivamente en su capacidad militar—.
Lo relevante para esta serie es otra cosa: que el mismo Estado que hoy señala a Hamás como una amenaza existencial fue, durante años, el que autorizó y en ciertos momentos impulsó el flujo de recursos que permitió a esa organización consolidarse como gobierno de facto en Gaza, en parte como estrategia deliberada para mantener dividido al liderazgo palestino entre Gaza y Cisjordania.
Por qué: el motivo detrás de la estrategia
Vale la pena detenerse en el motivo, porque no quedó nunca en el terreno de la especulación: el propio Netanyahu lo explicó con una franqueza inusual.
En 2019, el Jerusalem Post reportó que Netanyahu declaró públicamente que quien se opusiera a un Estado palestino debía apoyar la transferencia de fondos a Gaza, precisamente porque mantener separados a los palestinos de Gaza y los de Cisjordania servía a ese objetivo.
El general Gershon Hacohen, cercano a Netanyahu, lo resumió en una entrevista televisiva ese mismo año: la estrategia de Netanyahu era impedir la opción de dos Estados, y por eso convertía a Hamás en su socio más cercano.
Un documento del Ministerio de Inteligencia israelí filtrado a la revista +972 describía, en la misma línea, que la opción de que la Autoridad Palestina asumiera el control de Gaza sería el peor escenario posible, porque eliminaría uno de los obstáculos centrales que impiden la creación de un Estado palestino.
Una Autoridad Palestina unificada, negociando de buena fe hacia la solución de dos Estados, era —según las propias palabras de sus responsables— el escenario que había que evitar a toda costa, porque un interlocutor palestino capaz de llegar a un acuerdo habría significado el fin del proyecto de control y expansión territorial sobre el conjunto del territorio entre el río y el mar.
Fortalecer a Hamás no fue, entonces, solo una táctica de división: fue, en las palabras de sus propios arquitectos, una forma de asegurar que esa negociación nunca tuviera con quién concretarse.
Nada de esto explica por qué, el 7 de octubre, la violencia se dirigió contra civiles desarmados en un festival de música.
Eso es materia del próximo artículo de esta serie, donde vamos a poner sobre la mesa el marco ético y jurídico que permite juzgar ese hecho sin perder de vista todo lo que hemos reconstruido hasta aquí.
Lo que esta historia sí establece es que Hamás no apareció de la nada, y que el actor con más poder para moldear el terreno durante casi un siglo —el Mandato británico primero, el Estado de Israel después— tomó, una y otra vez, decisiones que fortalecieron a la opción menos dispuesta a negociar por sobre las que sí lo estaban .
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