Palestina otomana
Jerusalén, 1903: judíos, musulmanes y cristianos comparten calles, mercados y celebraciones. Cuarenta años después, todo eso desapareció. ¿Cómo ocurrió, quién lo advirtió, se pudo evitar?
La pregunta que nadie quiso responder
Wasif Jawhariyyeh nació en 1897 en el corazón de la Ciudad Vieja de Jerusalén, en una familia cristiana ortodoxa cuyo padre era mukhtar — representante comunitario — ante las autoridades otomanas. Era músico, poeta, funcionario civil y cronista compulsivo.
Durante décadas llenó cuadernos con escenas de la vida que lo rodeaba: los mercados, las fiestas, los salones de música, las procesiones religiosas. Esos cuadernos, publicados décadas después de su muerte bajo el título The Storyteller of Jerusalem, son hoy una de las fuentes primarias más completas sobre la vida cotidiana en la Palestina otomana.
Lo que Jawhariyyeh describe no es una utopía, es una ciudad realcdonde las fronteras entre comunidades eran fluidas, donde la vida cotidiana se desarrollaba en el cruce constante entre lo judío, lo cristiano y lo musulmán, y donde esa mezcla era simplemente la normalidad.
Describe una semana de primavera en Jerusalén en que las tres comunidades participaban con costumbres superpuestas: las procesiones judías de Pésaj, las procesiones cristianas de Semana Santa y la marcha musulmana del viernes desde la Mezquita de Al-Aqsa hacia el santuario de Nebi Musa en honor al profeta Moisés. Las tres festividades coincidían cada primavera en las mismas calles de Jerusalén.
Describe veladas musicales donde judíos, cristianos y musulmanes celebraban juntos, conducidas por Haim — un músico judío de Alepo — en un picnic anual de la comunidad judía. Describe, en suma, una ciudad donde pertenecer a una comunidad religiosa no significaba vivir separado de las demás.
El historiador Salim Tamari, de la Universidad de Birzeit, quien editó y prologó los diarios de Jawhariyyeh, señala algo que desafía uno de los supuestos más extendidos sobre Jerusalén: la división de la ciudad en cuatro barrios confesionales separados — judío, musulmán, cristiano, armenio — no era la condición original de la ciudad, sino una imposición posterior.
Fueron los administradores británicos quienes, al establecer el Mandato, demarcaron esas fronteras para crear un 'equilibrio sectorial moderno'. La separación no precedió al conflicto; en buena medida, lo facilitó.
Una sociedad con jerarquías
La Palestina otomana no era una sociedad de iguales. El sistema de millets — la organización otomana que reconocía autonomía administrativa y religiosa a cada comunidad — garantizaba coexistencia, pero dentro de una jerarquía formal y reconocida por todos.
Los cristianos y judíos vivían bajo el estatus de dhimmis — término árabe que significa literalmente 'persona protegida'. No era un insulto sino una categoría jurídica: a cambio de pagar un impuesto especial llamado jizya y aceptar ciertas restricciones, tenían garantizada la protección física, la libertad de culto y la autonomía para regirse por sus propias leyes en asuntos internos — matrimonio, herencia, tribunales religiosos propios. Las restricciones formales variaban mucho según el período y el gobernante; en la Palestina otomana tardía, muchas eran letra muerta.
Ese sistema no era igualdad, pero era reconocimiento. Los judíos no eran perseguidos sistemáticamente — eran una minoría con derechos específicos dentro de un orden establecido y funcional. La diferencia con lo que vendría después es precisamente esa: el sionismo político no llegó a negociar un lugar dentro del orden existente, sino a reemplazarlo por completo. Y esa es la raíz del conflicto que conocemos.
El historiador israelí Amnon Cohen, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, reconstruyó en su investigación sobre los archivos de los tribunales islámicos de Palestina la realidad de esa convivencia durante siglos. Su hallazgo central es que, dentro de esas jerarquías, judíos y árabes litigaban juntos, hacían negocios juntos y se servían mutuamente como testigos ante los tribunales otomanos.
Un elemento que contribuía a ese clima era la reverencia que el islam profesa por los profetas hebreos — reverencia especialmente arraigada en la Palestina otomana, donde la proximidad cotidiana a los lugares asociados a esos profetas era parte de la vida ordinaria. Las mezquitas y santuarios que llevan nombres de profetas hebreos eran una presencia habitual en el paisaje palestino.
Las relaciones no eran de igualdad abstracta, pero eran relaciones reales y cotidianas, basadas en siglos de proximidad y en una cultura material compartida.
Jawhariyyeh deja testimonio de esa trama en su descripción de la educación que recibió: cristiano ortodoxo, asistió tanto a instituciones cristianas como musulmanas, estudió las lenguas del Medio Oriente y de Europa, leyó la Biblia y el Corán.
En el mundo de su juventud, escribe su editor Tamari, las fronteras que separaban la vida de los cristianos, judíos y musulmanes eran más fluidas que en el mundo contemporáneo, como lo eran las fronteras urbanas y las que separaban los modos de vida considerados 'tradicionales' de los 'modernos'.
El momento del quiebre: la llegada de otro proyecto
Ese mundo comenzó a transformarse en la década de 1880, cuando llegaron a Palestina los primeros inmigrantes de la Primera Aliyá — la primera ola de inmigración sionista organizada, proveniente principalmente de Europa del Este.
No eran peregrinos religiosos que venían a vivir según las tradiciones de las comunidades judías ya establecidas en Jerusalén, Safed, Tiberias y Hebrón. Traían un proyecto político: construir en Palestina un hogar nacional judío.
La diferencia entre los judíos que ya vivían en Palestina — conocidos como el Viejo Yishuv — y los recién llegados era profunda. Los primeros hablaban árabe, compartían muchas costumbres con sus vecinos musulmanes y cristianos, y habían construido durante generaciones relaciones de vecindad cotidiana. Los segundos llegaban con categorías europeas, con una mirada que veía en los árabes locales no a vecinos sino a un problema a resolver o a ignorar.
Esa mirada no era universal en el movimiento sionista. Hubo quienes la cuestionaron desde adentro, con una lucidez que el tiempo se encargó de confirmar.
Las voces que nadie quiso escuchar
En 1891, el pensador Asher Ginsberg — conocido por su seudónimo hebreo Ahad Ha'am, 'uno del pueblo' — visitó Palestina durante tres meses para observar el avance de la Primera Aliyá. Era un sionista convencido, uno de los intelectuales más influyentes del movimiento.
Lo que vio lo perturbó.
A su regreso publicó en el periódico hebreo Ha-Melitz de San Petersburgo una serie de ensayos bajo el título 'La verdad desde la tierra de Israel'.
En esos textos, Ahad Ha'am refutó uno de los supuestos centrales del sionismo de la época: que Palestina estaba esencialmente vacía o deshabitada. 'Estamos acostumbrados a creer en el extranjero que Eretz Israel está casi totalmente desolada, un desierto sin cultivo', escribió. 'Pero en verdad ese no es el caso. A lo largo del país es difícil encontrar campos que no estén sembrados'.
"Tratan a los árabes con hostilidad y crueldad, invaden injustamente sus límites, los golpean vergonzosamente sin razón suficiente, y hasta se enorgullecen de ello. Nadie entre nosotros se opone a esta tendencia despreciable y peligrosa."
— Ahad Ha'am, 'La verdad desde la tierra de Israel', Ha-Melitz, San Petersburgo, 1891
La advertencia fue publicada cuando el movimiento sionista era todavía pequeño y los colonos judíos en Palestina eran una minoría diminuta. Ahad Ha'am no estaba describiendo una catástrofe ya consumada: estaba señalando una dirección, un camino que, de seguirse, conduciría al conflicto. Sus palabras fueron leídas, debatidas y luego ignoradas.
Dieciséis años después, en 1907, un maestro ruso-judío llamado Yitzhak Epstein que había emigrado a Palestina en 1886 y vivía en Rosh Pina, en la Galilea superior, publicó en la revista hebrea Ha-Shiloah un ensayo que había presentado dos años antes como discurso ante el Séptimo Congreso Sionista en Basilea. Lo llamó 'La pregunta oculta'.
"Entre las difíciles cuestiones que plantea el renacimiento de nuestro pueblo en su tierra, hay una que supera a todas las demás juntas. Es la cuestión de nuestras relaciones con los árabes. Esta cuestión no ha sido olvidada, sino que ha permanecido completamente oculta para los sionistas, y en su forma verdadera casi no ha encontrado mención en la literatura de nuestro movimiento."
— Yitzhak Epstein, 'La pregunta oculta', Ha-Shiloah, 1907
Epstein describió en ese ensayo algo que pocos querían ver: que en Palestina había más de 600.000 árabes, el 80 por ciento de los cuales vivía de la agricultura y poseía toda la tierra cultivable. Que no había campos abandonados ni tierras sin dueño. Que cuando el movimiento sionista compraba tierras, los campesinos árabes que las trabajaban perdían su sustento. Y que eso, tarde o temprano, generaría una resistencia cuyas consecuencias serían impredecibles.
"Si no queremos arruinar nuestra obra, debemos considerar cada paso que damos en nuestra tierra, y debemos resolver urgentemente la cuestión de nuestras relaciones con los árabes antes de que se convierta en una 'cuestión judía'. ¡No debemos contentarnos con la situación actual!"
— Yitzhak Epstein, 'La pregunta oculta', Ha-Shiloah, 1907
La respuesta del Congreso Sionista fue el silencio. El historiador Alan Dowty, de la Universidad de Notre Dame, quien tradujo al inglés por primera vez el ensayo de Epstein y lo analizó en la revista Israel Studies, concluye que la publicación de 'La pregunta oculta' es considerada en general el inicio del debate serio dentro del movimiento sionista sobre las relaciones con la población árabe de Palestina — y que ese debate, cuando finalmente ocurrió, llegó demasiado tarde.
Lo que se perdió al no responder
Jawhariyyeh vivió lo suficiente para ver el final del mundo que había descrito. En noviembre de 1947, cuando la ONU anunció el plan de partición de Palestina, sus cuadernos cambian de tono. Las escenas de fiestas compartidas dan paso a crónicas de francotiradores, de calles vacías, de miedo. En 1948, cuando su barrio en el oeste de Jerusalén cayó bajo control israelí, huyó con su familia a Jericó, dejando atrás décadas de colecciones, partituras y recuerdos. Murió exiliado en Beirut en 1972.
Lo que sus diarios documentan, en conjunto, es que hubo un mundo anterior, con nombres y rostros concretos, donde judíos, musulmanes y cristianos compartían ciudades, mercados, veladas musicales y festividades religiosas. Que ese mundo tenía sus jerarquías y sus tensiones. Y que no fue destruido por un odio ancestral inevitable, sino por la colisión entre ese mundo y un proyecto político que, como advirtieron algunas de las mentes más lúcidas del propio movimiento sionista, nunca encontró una respuesta a la pregunta más importante: qué pasaría con quienes ya estaban allí.
Ahad Ha'am lo dijo en 1891. Yitzhak Epstein lo repitió en 1907. Nadie en el Congreso Sionista quiso escucharlos. La pregunta que llamaron 'oculta' terminó respondida, décadas después, de la peor manera posible.
Una pregunta que sigue abierta
La historia de la Palestina otomana no es una historia de paraíso perdido. Es la historia de una sociedad real, imperfecta, atravesada por jerarquías y desigualdades, que sin embargo había construido durante siglos una forma de convivencia. Una forma que no era perfecta, pero que existía.
Lo que esa historia demuestra es simple y a la vez fundamental: el conflicto que conocemos hoy no es el resultado de un odio eterno entre judíos y árabes. Es el resultado de decisiones.
Decisiones tomadas en Congresos, en cancillerías, en cuarteles generales. Y de la negativa, durante décadas, a responder la pregunta que en 1907 Yitzhak Epstein llamó 'la más importante de todas'.
Esa pregunta sigue sin respuesta. Y mientras no la tenga, el mundo que Jawhariyyeh describió en sus cuadernos — ese mundo de músicos judíos tocando el oud en fiestas árabes, de procesiones compartidas, de niños de distintas comunidades en las mismas escuelas — seguirá siendo solo un recuerdo de lo que pudo haber sido.
FUENTES Y REFERENCIAS
Jawhariyyeh, Wasif. The Storyteller of Jerusalem: The Life and Times of Wasif Jawhariyyeh, 1904–1948. Editado por Salim Tamari e Issam Nassar, traducido por Nada Elzeer. Northampton, MA: Olive Branch Press, 2014. [Fuente primaria. Publicado originalmente en árabe por el Institute for Palestine Studies, Beirut, 2003.]
Tamari, Salim. 'Jerusalem's Ottoman Modernity: The Times and Lives of Wasif Jawhariyyeh'. Jerusalem Quarterly, nº 9, 2000. [Análisis académico de los diarios de Jawhariyyeh y la vida urbana en la Jerusalén otomana.]
Ahad Ha'am (Asher Ginsberg). 'La verdad desde la tierra de Israel' [Emet me-Eretz Yisrael]. Ha-Melitz, San Petersburgo, junio de 1891. Reproducido y analizado en: Dowty, Alan. 'Much Ado about Little: Ahad Ha'am's Truth from Eretz Yisrael, Zionism, and the Arabs'. Israel Studies, vol. 5, nº 2, 2000. [Traducción completa al inglés publicada por Project MUSE / Johns Hopkins University Press.]
Epstein, Yitzhak. 'La pregunta oculta' [Ha-She'elah ha-Ne'elemah]. Ha-Shiloah, agosto de 1907. [Discurso presentado originalmente en el Séptimo Congreso Sionista, Basilea, 1905.] Analizado en: Dowty, Alan. 'A Question That Outweighs All Others: Yitzhak Epstein and Zionist Recognition of the Arab Issue'. Israel Studies, vol. 6, nº 1, 2001.
Cohen, Amnon. Jewish Life under Islam: Jerusalem in the Sixteenth Century. Harvard University Press, 1984. [Investigación basada en archivos de los tribunales islámicos otomanos de Palestina. Incluye documentación sobre relaciones cotidianas entre comunidades judías y musulmanas, y sobre la reverencia islámica por los sitios hebreos en Palestina.]
Hasan, Manar y Ayalon, Ami. 'Arabs and Jews, Leisure and Gender, in Haifa's Public Spaces'. En: Historical Memory Project on Haifa, Institute for Historical Justice and Reconciliation (IHJR). [Sobre la fluidez de fronteras comunitarias en la Palestina del Mandato.]