Del sionismo al israelismo: el fin de una doctrina
El sionismo nació con un diagnóstico preciso: la convivencia judía con el mundo estaba rota, y solo un Estado propio podía resolverlo. La historia demostró que ese diagnóstico era falso, y lo que quedó fue el "israelismo".
Un lector, Eric Sharon, nos escribió hace poco. Fue breve: "No estoy de acuerdo con ustedes, menos que usen el nombre de Diana Arón, ella era una sionista amante de Israel."
Tiene razón aunque sea solo a medias. Diana fue sionista, y lo demostró en los hechos. Después dejó de serlo, y también lo demostró en los hechos.
Pero lo más revelador de la frase de Eric no es lo que dice sobre Diana, sino el uso de "sionismo" y "amor por Israel" casi como sinónimos, como si fueran la misma cosa dicha de dos maneras distintas. Pero no lo son.
Una es una postura ideológica, con una doctrina, una historia y una exigencia concreta. La otra es un sentimiento.
Confundirlas no es un descuido de lenguaje ni una casualidad. Es el resultado de un acuerdo que selló el fin del sueño político del sionismo y el comienzo de una relación completamente distinta entre Israel y la mayor parte de los judíos de la diáspora.
Esa es la historia que sigue.
Lo que el sionismo prometía y no logró
En 1896, Theodor Herzl publicó Der Judenstaat (El Estado Judío), el texto fundacional del sionismo político. Su argumento no era que Israel fuera deseable, sino que era necesario, porque la convivencia judía con el resto de la humanidad había fracasado de forma irreversible.
"Hemos intentado sinceramente, en todas partes, fundirnos con las comunidades nacionales en las que vivimos, procurando conservar solo la fe de nuestros padres. No se nos permite. En vano somos leales patriotas, a veces superleales; en vano hacemos los mismos sacrificios de vida y propiedad que nuestros conciudadanos [...] En las tierras donde hemos vivido durante siglos se nos sigue tratando como extraños" [FUENTE: Theodor Herzl, Der Judenstaat, 1896].
La tesis es precisa: el antisemitismo es una fuerza permanente e ineliminable de la historia, la asimilación es una ilusión, y por lo tanto la única salida —para todos los judíos, en todas partes— es un Estado propio.
No es una preferencia cultural ni un sentimiento de cariño. Es un diagnóstico y una conclusión obligatoria: si el diagnóstico es correcto, todo judío debería aspirar a emigrar, porque quedarse en la diáspora sería quedarse deliberadamente expuesto a un peligro que, según la propia tesis, nunca desaparecerá.
Diana sí fue sionista
Diana Frida Arón Svigilsky sí fue sionista, y no de palabra. Nació en 1950 en una familia chilena-judía profundamente sionista —su padre, Elías Arón, integraba el directorio del Instituto Hebreo; su madre, Perla Svigilsky, presidió en Chile la WIZO, la Organización Sionista Femenina Mundial [FUENTE: dossier CEME/Archivo Chile, "Aron Svigilsky, Diana Frida"]—.
A los 17 años, tras la Guerra de los Seis Días de 1967, hizo lo que se esperaba de una sionista convencida: viajó a Israel, dispuesta a vivir en un kibutz [FUENTE: ibid.; Kilómetro Cero, "49 años sin Diana", 2023]. No fue un gesto simbólico. Ella hizo aliá: el cumplimiento concreto de lo que el sionismo pedía de cada judío.
Hasta aquí, Eric tiene razón. Lo que no dice —porque probablemente no lo sabe— es lo que vino después.
Diana dejó de serlo
Diana volvió a Chile en 1968, y no volvió igual. Según el testimonio de Luis Schwaner, compañero de curso en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica que la conoció apenas volvió de ese viaje, ella regresó "llena de interrogantes" sobre lo que había visto, dudas que compartía frecuentemente con su grupo de amigos [FUENTE: Luis Schwaner, "La sonrisa de Diana Arón", Radio Universidad de Chile.
El quiebre no quedó solo en palabras. Cuando triunfó la Unidad Popular en 1970, sus propios padres —así como hicieron varios cientos más de chilenos, temerosos frente al nuevo gobierno liderado por Allende— hicieron lo que se esperaba de sionistas convencidos. Partieron a vivir a Israel.
A fines de 1973, ya bajo dictadura, volvieron a Santiago específicamente a buscar a Diana.
Le dejaron pasajes pagados y dinero. Ella se negó y se quedó en Chile, clandestina, militando en el MIR, hasta que la DINA la detuvo, torturó y desapareció el 18 de noviembre de 1974, embarazada de tres meses [FUENTE: ibid.; Informe Rettig].
Diana tuvo, entonces, dos oportunidades reales de "volver": a los 17 pudo quedarse en el kibutz, y a los 23 pudo aceptar los pasajes de sus padres.
En ambas eligió Chile.
Una sionista convencida no habría actuado así.
Diana fue sionista y dejó de serlo —no en un panfleto, sino con los hechos de su propia vida, que es la única declaración que en definitiva no se puede falsificar.
1950: el año en que el sionismo se rindió a su propio fracaso
La contradicción entre la doctrina de Herzl —que exigía el regreso de todos— y la realidad —que casi nadie regresaba— se volvió insostenible apenas nació el Estado en 1948.
Israel necesitaba desesperadamente el respaldo político y financiero de las comunidades judías de Estados Unidos, Europa y América Latina, y esas comunidades, sobre todo en Estados Unidos, empezaron a exigir algo muy concreto: dejar de ser tratadas como judíos "en el exilio", a la espera de una redención que no pensaban concretar.
El 23 de agosto de 1950, el propio Ben-Gurión —que en 1944 todavía predicaba que "el exilio es sinónimo de dependencia total" [FUENTE: David Ben-Gurion, discurso ante Mapai, 1944, citado en Eliezer Schweid, "Rejection of the Diaspora in Zionist Thought", en Essential Papers on Zionism, NYU Press, 1996]— se sentó con Jacob Blaustein, presidente del American Jewish Committee, y firmó una declaración que la literatura especializada conoce como el pacto o "intercambio" Ben-Gurión-Blaustein [FUENTE: Charles S. Liebman, "Diaspora Influence on Israel: The Ben-Gurion-Blaustein 'Exchange' and its Aftermath", Jewish Social Studies, 36:3, 1974].
Ahí, sin ambigüedad, declaró: "Los judíos de Estados Unidos [...] tienen un solo vínculo político, y ese es con Estados Unidos de América. No deben ninguna lealtad política a Israel." Y agregó algo igual de importante, que hoy casi nadie recuerda: "El Estado de Israel representa y habla únicamente en nombre de sus propios ciudadanos, y de ningún modo pretende representar o hablar en nombre de los judíos que son ciudadanos de cualquier otro país" [FUENTE: declaración conjunta Ben-Gurión–Blaustein, 23 de agosto de 1950, publicada como "An Exchange of Views: American Jews and the State of Israel", American Jewish Year Book 53, 1952, pp. 564-568].
Sobre la emigración —el núcleo mismo de lo que había exigido apenas seis años antes— Ben-Gurión fue igual de explícito: "La decisión de si desean venir —de forma permanente o temporal— depende exclusivamente del libre criterio de cada judío estadounidense. Es enteramente un asunto de su propia voluntad" [FUENTE: ibid.].
Ese giro no fue un ajuste retórico menor. Fue, en los hechos, una rendición.
Si el diagnóstico de Herzl hubiera sido correcto —que la diáspora es un peligro permanente del que hay que escapar—, ningún dirigente responsable les habría dicho a millones de personas que su supervivencia era "enteramente un asunto de su propia voluntad".
Ben-Gurión no cambió de convicción filosófica: cambió porque la realidad —millones de judíos que amaban a Israel, lo financiaban, lo defendían, y jamás iban a vivir ahí— hizo insostenible la doctrina original.
En 1950, la propia dirigencia sionista admitió, sin decirlo con esas palabras, que la solución que Herzl había prometido no se iba a cumplir.
Lo que quedó fue "amor por Israel"
Desde entonces, el sionismo institucional dejó de ser un proyecto que exigía el regreso para convertirse en un proyecto que dependía de que la mayoría de los judíos del mundo no regresara, y en cambio financiara y defendiera al Estado desde afuera. La diáspora dejó de ser el problema que había que resolver y pasó a ser el recurso del que Israel no podía prescindir.
Lo que sobrevivió de todo esto —lo que hoy, setenta y cinco años después, se sigue llamando por costumbre "sionismo"— ya no es la doctrina de Herzl.
Es lo que algunos han empezado a llamar israelismo: una lealtad afectiva y casi cívica hacia el Estado de Israel, transmitida por la educación comunitaria, que no exige adherir a ningún diagnóstico ni asumir ningún compromiso concreto —ni siquiera el de vivir ahí [FUENTE: documental Israelism, dir. Erin Axelman y Sam Eilertsen, 2023].
Los datos lo confirman con crudeza: hoy viven en el mundo cerca de 15,7 millones de judíos, y solo unos 7,1 millones —menos de la mitad— residen en Israel [FUENTE: Berman Jewish DataBank / Pew Research Center; Oficina Central de Estadísticas de Israel]. La aliá se mantiene entre 20.000 y 30.000 personas al año, una cifra ínfima frente a una diáspora de 8,6 millones [FUENTE: Agencia Judía para Israel].
El israelismo además contraviene exactamente lo que Ben-Gurión prometió en 1950 que Israel no haría: tratar a todos los judíos del mundo como si fueran, por defecto, agentes o representantes del Estado.
La Ley Básica de 2018 declara a Israel "el Estado-nación del pueblo judío" sin distinguir entre ciudadanos y diáspora; sucesivos dirigentes israelíes han reivindicado hablar "en nombre de todos los judíos"; y las dirigencias de buena parte de las comunidades judías de la diáspora —no todas, pero sí las más influyentes— han adoptado la misma fusión, defendiendo cualquier política de Israel "a rajatabla" como si fuera indisociable de la identidad judía misma.
Paradojalmente, esa fusión es precisamente lo que la Declaración de Jerusalén sobre el Antisemitismo identifica como una forma de antisemitismo: "responsabilizar colectivamente a los judíos por la conducta de Israel, o tratar a los judíos, simplemente por ser judíos, como agentes de Israel" [FUENTE: Jerusalem Declaration on Antisemitism, guideline 15, 2021].
El costo de una solución fallida
Todo esto tiene un costo, y no lo pagan quienes sostienen el israelismo desde la comodidad de la diáspora.
Lo pagan, primero y de manera más brutal, los palestinos: la implementación de la promesa de Herzl exigió colonizar una geografía habitada y desplazar a su población. La Nakba de 1948 expulsó a más de 700.000 personas de sus hogares, y la ocupación de los territorios palestinos —iniciada en 1967, el mismo año en que Diana llegaba a un kibutz— continúa hasta hoy [FUENTE: historiografía académica, ver Ilan Pappé, The Ethnic Cleansing of Palestine; Benny Morris, The Birth of the Palestinian Refugee Problem Revisited].
Lo pagan, también, los propios israelíes: arrastrados a una guerra que no termina, sostenida hoy en gran medida por las alas revisionista y religiosa del sionismo hoy en el poder y decididas a no permitir que el conflicto se resuelva mientras eso implique ceder territorio o legitimidad palestina.
Y lo paga, cada vez más, la propia diáspora judía.
Desde octubre de 2023, sinagogas, escuelas y centros comunitarios —no solo embajadas o representaciones oficiales de Israel— han sido blanco de ataques en todo el mundo: la sinagoga de Rouen fue incendiada, la de Berlín atacada con cócteles molotov, las de Montreal y Toronto vandalizadas, sinagogas en Calgary, Lyon y Madrid pintadas con consignas contra la guerra en Gaza [FUENTE: ADL, "A Decade of Attacks on Synagogues Worldwide"].
En Estados Unidos, la Liga Antidifamación (ADL) registró 9.354 incidentes antisemitas en 2024 —el número más alto desde que existe el registro, en 1979—, con más de la mitad de ellos haciendo referencia explícita a Israel o al sionismo [FUENTE: ADL, Audit of Antisemitic Incidents, 2024]. En el Reino Unido, el Community Security Trust registró en 2023 su peor año desde que lleva registros, con 416 incidentes en la sola semana posterior al 7 de octubre [FUENTE: CST, Antisemitic Incidents Report, 2023].
Es antisemitismo real, pero conviene entender de dónde procede: sale exactamente de la fusión que el israelismo cultiva y que la propia Declaración de Jerusalén advierte que hay que combatir.
Cuando Israel se declara representante de todos los judíos, y cuando las dirigencias comunitarias de la diáspora se comportan como si lo fuera, le están regalando a cualquier antisemita del mundo la excusa perfecta: atacar a un judío cualquiera, en cualquier parte, como si fuera lo mismo que atacar al gobierno de Netanyahu.
El israelismo no protege a la diáspora. Fabrica, activamente, las condiciones para el antisemitismo que dice combatir.
Frente a esto existe, y existió siempre, una respuesta judía distinta . En 1897, el mismo año del Primer Congreso Sionista en Basilea, se fundó en Vilna el Bund, la Unión General de Trabajadores Judíos.
Su respuesta al mismo "problema judío" que Herzl diagnosticaba no fue emigrar, sino quedarse y luchar: doikayt, "lo de aquí", la seguridad judía se construye donde uno vive, en alianza con los demás perseguidos —otras minorías étnicas, religiosas, de género— y no separada de ellos [FUENTE: YIVO Encyclopedia, "Bund"].
La apuesta bundista era que los judíos serían libres cuando todos lo fueran, no construyendo un refugio aparte.
¿Qué justifica hoy el sionismo?
Si el diagnóstico de Herzl —que la convivencia judía con el resto de la humanidad estaba irremediablemente rota— resultó falso, y si la solución que propuso —el regreso de todos— nunca se cumplió, ¿qué queda en pie?
La respuesta más seria que ofrece hoy el sionismo ya no es el diagnóstico de Herzl, sino el Holocausto: la prueba, se dice, de que un refugio con puerta de entrada garantizada salva vidas cuando el resto del mundo cierra las suyas.
Y es cierto: entre 1932 y 1939, unos 247.000 judíos lograron emigrar a la Palestina bajo mandato británico, antes de que el Libro Blanco de 1939 redujera esa vía a apenas 75.000 personas en cinco años [FUENTE: Jewish Virtual Library, "British Restrictions on Jewish Immigration to Palestine"; White Paper of 1939, Avalon Project, Yale Law School] —una restricción que pesó precisamente porque los judíos no tenían un Estado propio que pudiera exigir lo contrario. Es un argumento real, y no hay por qué minimizarlo.
Pero incluso concediéndolo en su forma más favorable, un Estado judío existente en los años treinta no habría salvado a los seis millones de judíos asesinados: habría salvado a más de los que efectivamente se salvaron, pero muy lejos de los seis millones que perecieron .
Desde el 23 de octubre de 1941, Alemania prohibió por decreto la emigración judía desde el Reich, en el mismo momento en que su política viraba del desplazamiento forzado al exterminio sistemático [FUENTE: USHMM, Holocaust Encyclopedia, "1941: Key Dates"; orden reproducida en Jewish Virtual Library].
Para la mayoría de las víctimas, ningún país de destino —tuviera o no un Estado judío del otro lado— podía ya hacer ninguna diferencia: la puerta de salida estaba cerrada desde el lado alemán. La única forma de haber salvado a los seis millones no era una política migratoria distinta, sino impedir que surgiera un régimen como el nazi.
Es, entonces, un argumento más modesto de lo que parece. Prueba que un refugio con puerta garantizada puede tener valor en una catástrofe extrema pero no prueba la tesis de Herzl de que la vida judía en la diáspora es, siempre y en todas partes, insostenible. Son dos afirmaciones distintas, y el sionismo las trata como una sola.
Más aún, la función de refugio no exige la forma política que hoy tiene el Estado. Se puede sostener que una puerta de emergencia garantizada tiene valor, sin que eso obligue a sostener que esa puerta deba estar sostenida por un Estado étnicamente excluyente, con una ley que privilegia a unos ciudadanos sobre otros.
Nuestra posición, como AJDA, es que los derechos son de las personas, no de los Estados. Si de algo sirven más de siete décadas de historia del Estado de Israel, es para mostrar que ninguna solución que subordine los derechos de un pueblo a los de otro puede ser la respuesta correcta. No hace falta resolver aquí si eso toma la forma de uno, dos o más Estados: esa es una decisión de quienes viven allá, no nuestra desde la diáspora.
Lo que sí podemos exigir, como comunidad judía que no vive en esa tierra pero que tampoco puede desentenderse de lo que se hace en su nombre, es que la fórmula final garantice igualdad, no jerarquía. Es, dicho de otro modo, la misma intuición que tuvo el Bund hace más de un siglo, aplicada ahora a la tierra donde el sionismo dijo que se resolvería el problema judío: no un refugio para unos a costa de otros, sino los mismos derechos para todos.
Volviendo a Eric, lo que la historia de Diana realmente enseña es que el sionismo no nació como “amor a Israel” sino como un proyecto político que buscaba resguardar al pueblo judío reuniéndolo en un estado propio. Diana fue una sionista seria y consecuente, y dejó de serlo, con la misma seriedad con la que primero lo había sido.
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Fuentes principales
- Theodor Herzl, Der Judenstaat, 1896.
- David Ben-Gurion, discurso ante Mapai, 1944, citado en Eliezer Schweid, "Rejection of the Diaspora in Zionist Thought", en Essential Papers on Zionism, eds. Reinharz & Shapira, New York University Press, 1996.
- "An Exchange of Views: American Jews and the State of Israel" (declaración Ben-Gurión–Blaustein), American Jewish Year Book 53, 1952, pp. 564-568; Charles S. Liebman, "Diaspora Influence on Israel: The Ben-Gurion-Blaustein 'Exchange' and its Aftermath", Jewish Social Studies, 36:3, 1974.
- Ley Básica: Israel como Estado-Nación del Pueblo Judío, Knéset, 19 de julio de 2018.
- Jerusalem Declaration on Antisemitism, 2021 (guideline 15).
- Documental Israelism, dir. Erin Axelman y Sam Eilertsen, 2023.
- Berman Jewish DataBank / Pew Research Center; Oficina Central de Estadísticas de Israel (CBS); Agencia Judía para Israel; World Jewish Congress; Zvi Gitelman, A Century of Ambivalence.
- Ilan Pappé, The Ethnic Cleansing of Palestine, 2006; Benny Morris, The Birth of the Palestinian Refugee Problem Revisited, 2004.
- ADL, Audit of Antisemitic Incidents 2024; ADL, "A Decade of Attacks on Synagogues Worldwide"; Community Security Trust, Antisemitic Incidents Report 2023 y 2024.
- Dossier CEME/Archivo Chile, "Aron Svigilsky, Diana Frida"; Revista Kilómetro Cero, "49 años sin Diana", 2023; Luis Schwaner, "La sonrisa de Diana Arón", Radio Universidad de Chile, 2018; Informe Rettig.