¿ADN?: lo que el Mundial y los premios Nobel revelan sobre la raza
Del racismo contra la selección francesa en el Mundial 2026 a la vieja hipótesis de un "gen judío" para la inteligencia: dos argumentos que buscan una causa genética donde solo hay historia, oportunidad y estructuras sociales.
Faltando pocos días para las semifinales del Mundial 2026, el expresidente español Mariano Rajoy escribió en una columna que la selección de Francia tenía "un altísimo nivel, eso sí, sin franceses". Días antes, la senadora paraguaya Celeste Amarilla había dedicado a Kylian Mbappé un comentario que lo comparaba con un simio. En Argentina, la vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, calificó al equipo francés de "africano" y "flojo de modales" — la embajada de Francia en Buenos Aires la declaró persona non grata.
Ninguno de los tres discutía un resultado deportivo. Discutían quién tiene derecho a llamarse francés cuando su piel es negra.
¿Genes de futbolista?
Quienes sostienen que el rendimiento deportivo tiene una base racial suelen apoyarse en un puñado de genes puntuales. El más citado es ACTN3, apodado "el gen de la velocidad": codifica una proteína presente en las fibras musculares de contracción rápida, las que permiten explosiones cortas de fuerza como un sprint o un remate, y sin una copia funcional de ese gen es prácticamente imposible llegar a la élite del atletismo de velocidad. Algunos estudios encontraron esa variante con mayor frecuencia en poblaciones de África occidental. Otro gen, ACE, se asocia a la eficiencia con que el cuerpo procesa el oxígeno y, por lo tanto, a la resistencia.
El argumento tuvo su versión más difundida en Taboo (2000), del periodista Jon Entine, que presenta la superioridad atlética afrodescendiente como un hecho científico incómodo pero innegable. El propio libro, sin embargo, deja ver la grieta: si la ventaja fuera genética y no social, debería notarse con la misma fuerza en el levantamiento de pesas, el esquí, la lucha, la gimnasia o el hockey sobre hielo — deportes donde los atletas negros no dominan en absoluto, algo que ni el propio Entine puede explicar. La comunidad científica ha sido dura con esta tesis: reduce a una sola variable genética un fenómeno que depende de cientos de genes distintos además del entrenamiento, la nutrición y el acceso económico, y que sobre todo cambia de forma radical según el deporte, el país y la época — algo incompatible con una causa biológica fija.
El dato que mejor desmiente esa causa biológica es que el supuesto "don natural" no se repite parejo en todos los deportes de fuerza y explosividad. Si los genes explicaran el rendimiento de los jugadores afrodescendientes, esa misma ventaja debería manifestarse con igual fuerza en la natación, el golf o el tenis — disciplinas que también exigen potencia, velocidad y reflejos. No ocurre así: en esos deportes, que requieren instalaciones costosas y entrenamiento privado desde la infancia, siguen sobrerrepresentados los deportistas blancos de clase media. Si la ventaja fuera genética, no debería depender de cuánto cuesta entrar a la piscina.
Lo que explica el balón, y no es la sangre
Lo que sí explica la presencia de jugadores afrodescendientes en la selección francesa es la historia colonial, cruzada con una maquinaria de detección de talento sin parangón en Europa. Francia mantuvo colonias, protectorados u ocupaciones en África occidental, el Magreb y el Caribe hasta bien entrado el siglo XX, y esa relación produjo comunidades migrantes de varias generaciones asentadas en las periferias de París, Marsella o Lyon —los banlieues—, donde crecieron jugadores como Kylian Mbappé (en Bondy), Paul Pogba, N'Golo Kanté, Karim Benzema o Franck Ribéry.
El fútbol, a diferencia de casi cualquier otra vía de ascenso social, es meritocrático de un modo casi literal: se juega en la calle, cuesta poco entrar y un ojeador puede detectar talento en un partido de barrio sin preguntar el apellido. El sociólogo Cyril Nazareth, que estudia el papel del fútbol en esos barrios, explica que el buen desempeño en la cancha les da a esos chicos una legitimidad y un respeto que no siempre consiguen en la escuela. Su colega Stéphane Beaud, autor de un estudio sobre las tensiones de clase dentro de la selección, lo resume así: "el fútbol en Francia significa clases trabajadoras, que significa banlieues, que implica rufianes".
Ese talento, además, no se recoge por accidente. Desde los años 80 Francia construyó una de las redes de captación juvenil más densas de Europa: la Federación Francesa inauguró en 1988 el centro nacional de Clairefontaine, cúspide simbólica de una pirámide que hoy incorpora a unos 980 jugadores por generación —cerca de 700 en centros de formación de clubes profesionales y otros 280 en los llamados Pôles Espoirs regionales—, de los cuales apenas el 18% termina siendo profesional. Esa base, tan ancha y tan bien conectada con los barrios donde se concentran las comunidades de origen colonial, explica el resultado sin necesidad de apelar a ningún gen: basta con seguir el mapa colonial y el mapa de las canteras.
Eso no significa que el fútbol esté libre de sesgo racial — todo lo contrario: la investigación sobre "stacking" (segregación por posición) muestra que, incluso dentro de un mismo equipo, a los jugadores negros se los orienta históricamente hacia posiciones de banda o ataque y no hacia la conducción del juego, bajo el supuesto tácito de que unos aportan velocidad y otros inteligencia táctica. El sesgo no desapareció: solo cambió de forma.
El mismo argumento, otro cuerpo
La misma estructura argumental —un grupo étnico destaca en un campo, y se busca la causa en sus genes— reaparece, casi sin variación, cuando se habla de la sobrerrepresentación judía en las ciencias.
Hasta 2023, cerca de una quinta parte de los premios Nobel había sido otorgada a personas judías, que no llegan al 0,2% de la población mundial.
Antes que nada, bien vale la pena recordar que los premios Nobel no miden inteligencia, miden producción científica reconocida — algo mucho más influido por el idioma en que se publica, el acceso a universidades de investigación, el financiamiento y las redes de nominación que por cualquier capacidad individual. Sin embargo, muchos se apresuran a concluir una supuesta inteligencia especial.
En 2005, tres investigadores de la Universidad de Utah —el físico convertido en genetista teórico Gregory Cochran, el antropólogo Henry Harpending y Jason Hardy— publicaron un estudio titulado "Natural History of Ashkenazi Intelligence" con una hipótesis concreta sobre cómo habría ocurrido esa selección. Entre aproximadamente el año 800 y el 1600, los judíos asquenazíes de Europa central y del norte estuvieron excluidos por ley de la propiedad de la tierra y de los gremios cristianos, y quedaron confinados a oficios que exigían destreza mental —préstamo de dinero, comercio, administración de fincas—, actividades que además la Iglesia católica prohibía ejercer a los cristianos.
Según los autores, durante generaciones esa restricción habría convertido la inteligencia verbal y matemática en una ventaja reproductiva dentro de esas comunidades, lo que explicaría por qué el coeficiente intelectual promedio asquenazí aparece por encima de la media en algunos estudios. Como subproducto de una presión selectiva tan intensa y concentrada en pocas generaciones, proponen los mismos autores, habrían quedado fijadas también las mutaciones que causan enfermedades genéticas típicamente asquenazíes, como el Tay-Sachs o la enfermedad de Gaucher.
Como dato al margen, la hipótesis no habla de "los judíos" como bloque, sino específicamente de los asquenazíes, la rama que se asentó en Europa central y del norte.
Las comunidades sefardíes, expulsadas de la península ibérica en 1492, o las mizrajíes, originarias de Medio Oriente y el norte de África, atravesaron historias y geografías completamente distintas — y la hipótesis no pretende explicar su desempeño intelectual, ni existe evidencia de que compartan ese supuesto rasgo.
Dicho de otro modo: incluso dentro de su propia lógica, el argumento genético no cubre a "los judíos" como pueblo, sino a un subgrupo con una historia europea muy particular, lo que ya sugiere lo forzado que resulta tratar a un pueblo disperso durante dos milenios como una unidad biológica homogénea.
La hipótesis fue recibida con el mismo escepticismo metodológico que mereció la tesis del "atleta negro": muestras pequeñas y poco representativas, ausencia de genes concretos identificados de forma concluyente, y el uso de categorías como "raza" o "etnia" que la genética contemporánea no sostiene como unidades biológicas estables.
Antes incluso de que se publicara ese estudio, el paleontólogo de Harvard Stephen Jay Gould había anticipado buena parte de esas objeciones desde otro ángulo. En su libro La falsa medida del hombre (1981), Gould reconstruyó siglo y medio de intentos científicos por medir la inteligencia como una cifra única y fija —primero con el tamaño del cráneo, después con el coeficiente intelectual— y mostró que esos intentos solían servir para justificar jerarquías raciales, de clase y de género que ya existían de antemano, no para descubrirlas. Tratar la inteligencia como una magnitud única, heredable y comparable entre grupos humanos es, ante todo, un error de método — el mismo error que atraviesa tanto el "gen del atleta" como el "gen del genio".
Vale la pena señalar, además, algo que rara vez se dice en voz alta: esta narrativa de la "inteligencia judía innata" no es inofensiva ni siquiera cuando se presenta como un elogio. El mismo dato de los premios Nobel que algunos judíos citan con orgullo circula también en foros de extrema derecha como supuesta prueba de un control oculto sobre las "altas esferas" del mundo — el viejo imaginario conspirativo con ropaje estadístico.
Lo que explica el Nobel tampoco es la sangre
La explicación con mejor respaldo académico no necesita apelar a los genes. Los economistas Maristella Botticini y Zvi Eckstein, en su estudio The Chosen Few, muestran que tras la destrucción del Segundo Templo una reforma religiosa impuso la alfabetización obligatoria de los varones judíos, en un mundo donde la lectura era privilegio de una minoría. Esa base alfabetizada, sostenida durante siglos, empujó históricamente a las comunidades judías hacia oficios urbanos, comerciales y letrados. A eso se sumó la exclusión medieval de la propiedad de la tierra y de los gremios cristianos, que cerró otras vías de subsistencia; la concentración en ciudades, donde más tarde se abrieron las universidades; y la ventaja acumulativa de generaciones que, ante la amenaza constante de expulsión, invirtieron en la educación de los hijos como forma de seguridad portátil. Nada de esto es genético: es historia, y una historia bastante bien documentada.
Un cuerpo, una mente, la misma función
Las dos narrativas —el cuerpo negro naturalmente dotado, la mente judía naturalmente superior— parecen decir cosas opuestas, pero cumplen la misma función. Ambas niegan la variación individual dentro de un grupo. Ambas convierten un patrón social, explicable por historia y oportunidad, en un destino biológico.
En un próximo boletín abordaremos este mismo tema, pero focalizado en la sociedad israelí y como expresiones cotidianas como avoda aravit ("trabajo árabe", sinónimo hebreo de chapuza) se refleja el mismo mecanismo esencialista operando sobre los palestinos, pero con las consecuencias trágicas que estamos presenciando.
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