Nombres hebraizados, identidades borradas
Pocas prácticas ilustran con tanta nitidez la ingeniería social del proyecto sionista como la hebraización sistemática de los nombres propios durante el siglo XX.
Lejos de ser un simple cambio administrativo o una moda cultural, la sustitución de los apellidos de la diáspora —típicamente de raíz alemana, eslava, árabe o sefardí— por nombres hebreos funcionó como uno de los mecanismos primarios de construcción de una nueva identidad nacional.
En su núcleo operaba la doctrina política del sionismo conocida como *shlilat ha-golah* (negación de la diáspora): la tesis ideológica según la cual la vida judía fuera de la Tierra de Israel era, por definición, una condición de degradación moral, espiritual y física que debía ser extirpada del cuerpo colectivo.
La hebraización de nombres no fue un fenómeno espontáneo. Fue diseñada, incentivada y en ocasiones impuesta desde las instituciones del movimiento sionista primero, y del Estado israelí después, como parte de un esfuerzo deliberado por reemplazar el arquetipo tradicional del judío diaspórico —el *luftmensch* de la Ciudad de Letras, físicamente débil, mercantil y piadoso— por su opuesto ideológico: el *Sabra*, el judío nativo de Palestina, secular, agrícola, militarizado y arraigado en la tierra.
Antecedentes ideológicos
La idea de la *shlilat ha-golah* es anterior al sionismo político organizado. Ya en el siglo XIX, intelectuales judíos como Peretz Smolenskin y Micha Yosef Berdichevsky, cuestionaron la cultura talmúdica de la diáspora y propusieron una "transvaluación de los valores" (*shinui arakhin*): dejar atrás una vida centrada en el estudio religioso y la espera mesiánica para construir una existencia judía terrenal, productiva y autónoma.
El historiador israelí Amnon Raz-Krakotzkin sostuvo más tarde que la negación del exilio es "un eje central de una visión global que define la autoconciencia de los judíos en Israel"; es decir, una idea que moldea cómo los israelíes entienden su historia, qué recuerdan colectivamente y cómo se expresan culturalmente.
La Segunda Aliyá (1904-1914), de predominio ruso y socialista, llevó estas ideas a la práctica. Se consideraba que el judío exiliado había sido deformado por siglos de persecución y vida urbana; la tierra de Israel y el trabajo agrícola manual lo regenerarían.
El mismo Eliezer Ben-Yehuda, polaco de nacimiento llamado Eliezer Yitzhak Perlman, encarnó la transformación renombrándose a sí mismo y dedicando su vida a la revitalización del hebreo como lengua hablada.
Otros líderes siguieron su ejemplo, empezando por David Ben-Gurión (David Grün), futuro primer ministro de Israel, Yitzhak Ben-Zvi (Isaak Shimshelevich), segundo presidente del país, y Golda Meir (Golda Meyerson), futura primera ministra.
Varios eligieron apellidos con la forma bíblica "Ben-" ("hijo de"), que vinculaban su identidad personal con la tierra y la historia de Israel.
La práctica atravesó las divisiones ideológicas: Benzion Netanyahu (Benzion Mileikowsky), secretario de Ze'ev Jabotinsky, y padre del futuro primer ministro Benjamín Netanyahu, también adoptó un apellido hebreo.
De práctica voluntaria a política de Estado
La hebraización se institucionalizó por etapas. En 1944, el Comité Nacional (*Vaad Leumi*), órgano de autogobierno de la comunidad judía bajo el Mandato británico, proclamó el "Año de la naturalización y del nombre hebreo", y se publicaron manuales con métodos sistemáticos de conversión: conservar el sonido del apellido original con una palabra hebrea parecida (*Shkolnik* → *Eshkol*, "racimo"), traducir su significado (*Goldberg*, "montaña de oro" → *Harpaz*, "montaña de oro fino") o formar una palabra con las iniciales del nombre completo (Shneur Zalman Rubashov → *Shazar*).
Sus defensores presentaron la hebraización como una reparación: muchos apellidos ashkenazíes no habían sido elegidos, sino impuestos por los Estados europeos a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX —Austria en 1787, Francia en 1808, Prusia en 1812— con fines fiscales y militares; antes, los judíos se nombraban con patronímicos hebreos como *Moshe ben Avraham*.
Pero el argumento resiste mal el examen. Hacia 1944, esos apellidos llevaban más de un siglo en las familias y se habían vuelto memoria propia; en muchos casos eran el único rastro de parientes asesinados en Europa.
El nombre nuevo, además, no restituía nada anterior: inventaba un apellido sin precedente familiar, y lo hacía otra vez bajo presión institucional. Y para sefardíes y mizrahíes, cuyos apellidos —Abravanel, Toledano, Benveniste o los de raíz árabe— tenían siglos de historia y nadie les había impuesto, la supuesta reparación fue simplemente una pérdida.
Tras la Declaración de Independencia de 1948, la presión se volvió estructural. Ben-Gurión, nacido David Grün, no se limitó a cambiar su propio apellido: en 1948, en plena guerra, el ejército israelí lanzó una campaña para que todos los soldados hebraizaran sus nombres, y el primer ministro ordenó que todo oficial desde comandante de escuadrón en adelante adoptara un apellido hebreo "para ser modelo para sus soldados", exigiendo que las Fuerzas de Defensa de Israel fueran "hebreas en espíritu, visión y en todas las expresiones internas y externas".
En 1950 se emitió una orden vinculante para los funcionarios del Estado, en particular para los que representaban a Israel en el exterior, y se creó un Comité de Nombres Hebreos para supervisar su cumplimiento. En 1955, Ben-Gurión hizo obligatorio el cambio para todos los oficiales de teniente coronel en adelante.
La coerción fue especialmente severa con los inmigrantes. Durante los años cincuenta, funcionarios de inmigración a menudo asignaban a los recién llegados nombres hebreos sin consultarlos: *Layla* se convertía en *Leah*, *Franz* en *Efraim*, *Irwin* en *Aharon*. Los niños sefardíes y mizrahíes recibían nuevos nombres de pila en la escuela, con frecuencia sin permiso de sus padres. La lógica era la misma que la del Comité Gubernamental de Nomenclatura creado por Ben-Gurión en julio de 1949 para reemplazar los topónimos árabes de Palestina por nombres hebreos "históricos": borrar el paisaje cultural previo para instalar uno nuevo.
El Sabra como antídoto
El objetivo último de toda esta operación semántica era antropológico: fabricar un nuevo tipo humano. El *Sabra* —así llamado por la fruta del cactus, dura y espinosa por fuera, tierna por dentro— debía encarnar todo lo que el sionismo diagnosticaba como ausente en el judío diaspórico: musculatura, contacto con la tierra, dominio de las armas, auto-confianza colectiva, secularismo.
En la simbología del movimiento, el judío del gueto era una figura patológica, producto de una historia que el Estado se proponía cerrar definitivamente. Eliminar el apellido de la abuela polaca o la madre yemení no era, por tanto, un trámite burocrático: era un rito de iniciación cívica, la firma de un contrato de renuncia al pasado diaspórico.
La hebraización tuvo también otro efecto dentro de la propia sociedad judía: permitió ocultar sus desigualdades.
Los apellidos delataban el origen: distinguían a los *ashkenazíes*, judíos de origen europeo que formaban la élite del país, de los *mizrahíes*, llegados de países árabes y musulmanes, que sufrían discriminación.
Por eso muchos inmigrantes, sobre todo mizrahíes, hebraizaron sus nombres no por patriotismo, sino para ocultar ese origen y fundirse en la "identidad israelí colectiva".
Así, el nombre hebreo funcionó como un disfraz: borraba una de las huellas del origen, pero no las demás. El acento, el color de la piel, el barrio o el pueblo de residencia y el registro del país de nacimiento seguían delatando a los mizrahíes, y la brecha en educación, empleo e ingresos persistió durante décadas.
Consecuencias y legado
El éxito de la operación fue notable: gran parte de la nomenclatura de la élite israelí —desde Ben-Gurión hasta Barak, nacido Brog— es producto de esta transformación.
Pero sus costos fueron igualmente significativos. Familias enteras perdieron el hilo genealógico de sus nombres; las comunidades inmigrantes vieron fragmentada su memoria cultural; y la identidad israelí quedó marcada por una relación ambivalente, y a menudo hostil, con la propia historia diaspórica, cuya riqueza literaria, religiosa y comunitaria fue sistemáticamente devaluada durante generaciones.
Hoy, la *shlilat ha-golah* ha perdido buena parte de su consenso ideológico. Intelectuales israelíes y de la diáspora cuestionan la narrativa que reduce siglos de vida judía a una mera patología, y algunos académicos hablan de recuperar el exilio como categoría positiva.
Aun así, la estructura simbólica construida en el siglo XX permanece: en los nombres de las calles, en los apellidos de los generales, en la pedagogía del sistema educativo.
La hebraización de nombres demuestra que los Estados-nación no solo gobiernan territorios y ejércitos, sino también algo mucho más íntimo —la palabra con la que cada persona se nombra a sí misma— y que toda fundación nacional lleva consigo, necesariamente, un catálogo de aquello que prefiere olvidar.
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