Identidad judía: soltar para poder crear

«Lo que te es odioso no se lo hagas a tu prójimo; el resto es comentario». Con la vara de Hilel, Elías Cohen se pregunta qué significa ser judío frente a Gaza, y encuentra en la Cábala una respuesta: soltar la identidad para que la chispa circule.

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Identidad judía: soltar para poder crear
El siguiente texto resume lo expuesto en el conversatorio «Judaísmo y sionismo, una identidad en crisis», organizado por AJDA

Nací en Chile en 1973 y viví mi juventud bajo la dictadura. Por eso desconfío de todo Estado que dice proteger a un pueblo mientras usa la fuerza contra otro.

El conversatorio de AJDA, en la Librería LOM, preguntó si se puede ser plenamente judío sin suscribir las políticas de Israel y si dudar nos deja fuera del colectivo aunque la identidad judía sea profunda. Quiero responder con lo que pienso y también con algunas vivencias que me han marcado.

A los veinte años viví en Israel. En Jerusalén oriental unos jóvenes árabes me pidieron que me fuera, y su rabia, nacida de muchos años de opresión, me pareció entonces un obstáculo. Hoy la entiendo del todo.

En otra oportunidad, en una noche de Shabat, unos policías de civil me tomaron por árabe y me golpearon hasta que vieron mi apellido “Cohen” en la cédula chilena. Ahí pude sentir en carne propia lo que se puede vivir cuando se nace como árabe en ese territorio.

Respecto a la primera pregunta, mi respuesta es que sí se puede ser plenamente judío sin suscribir las políticas de Israel, y la propia tradición lo muestra.

El Talmud cuenta que un hombre le pidió a Shamai que le enseñara toda la Torá mientras se mantenía sobre un solo pie, y Shamai lo echó con una regla de constructor. Ese hombre fue donde Hilel, famoso por su paciencia, y Hilel le dijo: lo que te es odioso no se lo hagas a tu prójimo, eso es toda la Torá y el resto es comentario. Que fuera a estudiar.

Hilel pone al otro antes que el Eterno y antes que los preceptos rituales. Con eso dice que el Shabat, las leyes y los rezos sirven para aprender a no dañar a nadie.

Con esa vara, la ocupación por la fuerza y el exterminio de la población de Gaza por parte del Estado de Israel contradicen lo más profundo de la tradición judía. No hace falta un argumento externo para decirlo, porque el criterio está dentro de la tradición misma. Quien se horroriza ante Gaza está tomando en serio el judaísmo.

Sé que la pregunta por el colectivo no se contesta solo con ideas. Una comunidad se parece más a un tejido que a un edificio, hecha de hilos que se cruzan, se tensan y a veces se aflojan, y se sostiene por la tensión entre ellos y no porque todos tiren hacia el mismo lado. También se parece a un bosque, donde árboles distintos tienen raíces que se buscan bajo la tierra y se pasan agua unas a otras.

Pero cuando un hilo se corre del dibujo, o un árbol crece hacia otro lado, el conjunto suele vivirlo como una amenaza. La historia judía conoce bien esa escena. En 1656 la comunidad sefardí de Ámsterdam, hecha de descendientes de conversos que habían huido de la Inquisición, expulsó a Baruch Spinoza con un herem de una dureza notable, y hoy su nombre figura entre los grandes pensadores que dio el judaísmo. Un pueblo perseguido aprendió a cerrar filas para sobrevivir, y es comprensible, pero muchas veces confundió la lealtad con la unanimidad.

Que a uno le cierren una puerta no significa que deje de pertenecer, porque la pertenencia viaja con lo que uno estudia, recuerda y transmite junto a otros que hacen lo mismo, aunque sean pocos y vivan lejos. En el conversatorio dije que preguntarse por la identidad es un proyecto con muchos rostros. Frente a esa pregunta, el judío suele convertirse en un problema, porque una identidad que se defiende con demasiado celo se endurece y se aleja de los otros, de la vida y de la creación.

El pueblo judío ha sido una tribu rizomática. El pasto, el jengibre y el bambú no tienen una raíz central, crecen por brotes bajo la tierra y se pueden cortar en cualquier punto porque siguen vivos desde otro lado. Así sobrevivió el pueblo judío en la diáspora. Cada comunidad y cada casa de estudio podía reconstruir el conjunto sin pedir permiso a un centro.

Esa adaptabilidad a los territorios nos constituyó más que cualquier pureza. Un ejemplo cercano son los primeros criptojudíos (judíos que mantuvieron oculta su identidad en cuanto judíos) que llegaron a Sudamérica huyendo de la Inquisición después de 1492. Algunos se internaron en el campo chileno, lejos de la vigilancia de Lima y de Santiago, se hicieron campesinos y tomaron apellidos del paisaje.

Nadie puede probar con papeles la ascendencia de cada familia. Lo que sí está documentado es que las décimas campesinas comparten la métrica de los romances castellanos que los sefardíes llevaron al exilio. Esa historia dejó huellas en lo que cantamos y hacemos sin saber de dónde viene. De ese cruce salió una riqueza intercultural nueva, andina, mapuche, árabe y judía a medias escondida. Me parece maravilloso abrazarla y una lástima encerrarse en una identidad judía pura, como si alguna vez hubiera existido una versión sin mezcla.

La poesía hebrea medieval aprendió de la árabe y los cabalistas conversaron con los sufíes. Ocurrió entre los siglos X y XIII, en Al-Ándalus y en Egipto. En la Córdoba del siglo X, Dunash ben Labrat, llegado de Fez, adaptó al hebreo la métrica de los poetas árabes, y en el siglo XI Shmuel ha-Nagid, en Granada, y Salomón ibn Gabirol, en Málaga y Zaragoza, escribieron en hebreo poemas sobre el vino, el amor y el exilio con esa forma prestada. Hacia 1080, en Zaragoza, Bahya ibn Paquda escribió en árabe Los deberes de los corazones, un tratado de vida interior que los estudiosos leen cerca de la ética sufí, y en el siglo XIII, en El Cairo, Abraham, hijo de Maimónides, impulsó entre los judíos de Egipto un movimiento pietista que adoptó prácticas de los sufíes, como la meditación solitaria y la postración, mientras Abulafia, nacido en Zaragoza, trabajaba con técnicas de respiración y repetición de nombres divinos que los especialistas comparan con el dhikr.

Durante el conversatorio, Paulo recordó el lema del Bund, “aquí donde vivo es mi tierra”. Me parece una buena definición política del rizoma: una identidad que se construye donde está y no necesita una capital que la certifique. El Estado de Israel tomó ese rizoma y lo convirtió en un árbol de raíz única. Un árbol así es fuerte mientras está sano y vulnerable cuando lo atacan, porque si se corta la raíz cae entero.

Quiero llevar esto a la Cábala, con la que cerré mi intervención. Ein Sof es lo infinito, sin atributos ni límites, la fuente de todo, más allá de los nombres con que hablamos de lo divino.

La tradición enseña que para que algo nuevo existiera hizo falta un vacío. Ese retraimiento se llama tzimtzum, y en él lo infinito se retira para dejarle lugar a lo otro. Algo parecido nos toca a nosotros. Para encontrar un espacio propio y reconectar con la vida y con la creación necesitamos soltar la identidad, aflojarla hasta que algo de ella se vacíe.

Abulafia, un cabalista del siglo XIII, hablaba de desatar los nudos del alma, que son el ego y los conceptos heredados. A mí me pasó con Israel. La identidad judía que traía puesta se cayó allá y me costó un tiempo juntar los pedazos que sentía realmente míos. Eso es para mí el Shabat Interior, un descanso profundo en el que uno deja de producir y de defenderse, y está presente y en relación con todo lo vivo.

Vale la pena detenerse en lo que ese vacío significa, porque no se parece a una ausencia.

Los rabinos llamaban a Dios HaMakom, el Lugar, y un midrash dice que Dios es el lugar del mundo y que el mundo no es su lugar: lo que existe cabe dentro de algo que lo excede y que, para dejarlo existir, se hace a un lado.

Isaac Luria, en la Safed del siglo XVI, imaginó que ese hacerse a un lado fue el primer acto de la creación, antes de la luz y antes de las palabras, y que después los vasos que debían contener la luz se quebraron, de modo que el mundo nace de un retiro y de una rotura. Quien lo lea con ojos de historiador reconocerá la época: Luria enseñaba tras la expulsión de España, en una comunidad hecha en buena parte de descendientes de desterrados que debían explicarse por qué el mundo se había roto y qué hacer con los pedazos.

Su respuesta fue el tikún, la reparación, que no consiste en pegar los vasos como estaban sino en recoger las chispas dispersas, y que es tarea de todos y no de un centro. La identidad puede pensarse entonces como uno de esos vasos: sirve mientras contiene, y cuando se vuelve tan rígida que no deja pasar la luz ni al otro, el gesto fiel a la tradición es soltarla para que la chispa circule. Lo que el Shabat, de shavat, cesar, enseña a la semana, lo enseña el tzimtzum a la identidad: durante un tiempo, dejar de defender la forma.

Alguien puede pensar que esto es una forma de mirar hacia otro lado mientras en Gaza siguen cayendo las bombas. Yo lo veo al revés.

El tzimtzum hace lugar al otro, y quien no suelta su identidad no tiene dónde recibir al palestino, su dolor y su derecho a existir. Una identidad aferrada termina siendo una cárcel, y desde ahí se justifica lo injustificable en nombre de lo judío.

Por eso propongo cambiar la pregunta. En lugar de averiguar quién es judío y quién no, o hasta dónde se puede disentir sin quedar afuera, podemos preguntar cómo habitar una identidad sin que se vuelva una cárcel, qué hacemos con lo que somos frente al otro y qué podemos crear cuando dejamos de defendernos.

Se puede disentir y seguir sentado a la mesa, que es más antigua y más ancha que cualquier Estado. Dice un midrash que la tienda de Abraham tenía puertas en los cuatro costados, para que nadie que llegara de cualquier rumbo tuviera que dar la vuelta. Me gusta pensar la identidad judía así, como una casa a la que el viento entra por todas partes y que por eso mismo no se cae.

El tzimtzum es ese gesto de despejar un lugar en el centro para que pueda sentarse alguien más: el palestino que hoy nos exige mirarlo, el árabe que habita nuestra poesía y nuestros apellidos, los pueblos que ya estaban en esta tierra cuando llegamos, el que piensa distinto en la mesa del viernes.

Hilel le encargó a aquel hombre ir y aprender, y creo que lo que hay que aprender es eso, a vaciar un poco la casa para poder recibir. Entonces el Shabat deja de ser solo un día de descanso y se vuelve una manera de estar, la de quien ya no necesita defender su forma porque se ha hecho lugar de encuentro.