La agonía del sionismo liberal

Durante décadas, el sionismo liberal más que una posición política fue una identidad. La convicción de que era posible ser judío, comprometido con Israel y fiel al mismo tiempo a los principios universales de los derechos humanos.

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La agonía del sionismo liberal
Peter Beinart durante una manifestación por la paz en la ciudad de Nueva York, agosto de 2025.

Durante décadas, el sionismo liberal más que una posición política fue una identidad. Era la convicción de que es posible ser judío, comprometido con Israel y fiel al mismo tiempo a los principios universales de los derechos humanos.

La idea era coherente en su propio marco: un pueblo que había sobrevivido siglos de persecución merecía un hogar seguro; ese hogar, precisamente por su historia, sería necesariamente ético, democrático, sensible al sufrimiento ajeno.

Amos Oz, el novelista israelí fallecido en 2018, fue quizás la figura más reconocible de esa tradición. Cofundador del movimiento Paz Ahora, veterano de las guerras de 1967 y 1973, defensor incansable de la solución de dos estados. Durante décadas fue, como lo describió The New Yorker, "el padrino de los israelíes por la paz". El intelectual que Occidente podía señalar como prueba de que existía una Israel progresista y autocrítica.

Pero Oz murió en 2018 y la Israel que él imaginaba nunca llegó a existir. La posición que encarnó —critica la ocupación, pero defiende el proyecto sionista— los hechos la fueron volviendo cada vez más difícil de sostener.

La contradicción que siempre estuvo ahí

El problema del sionismo liberal no es de implementación. Es estructural.

El liberalismo, en su formulación más básica, parte del individuo y de la igualdad de derechos entre todos los seres humanos, independientemente de su origen étnico o religioso.

El sionismo, en cambio, define un Estado en función de la pertenencia a un pueblo específico: el judío. Esa tensión —entre universalismo liberal y particularismo nacional— no es un defecto corregible. Es la contradicción fundante.

Los sionistas liberales encontraron durante décadas una salida: separar el ideal del Estado judío de la realidad de la ocupación.

El Israel que debía existir era democrático y ético; el Israel de los asentamientos y los checkpoints era una desviación, una traición al sueño original.

La ocupación de 1967 era el problema; antes de eso, el proyecto era legítimo.

Esa distinción funcionó como refugio intelectual. Permitía criticar a Netanyahu sin cuestionar el sionismo, apoyar a los palestinos sin abandonar Israel.

Pero con el tiempo fue haciéndose más frágil. ¿Cómo explicar que esa "desviación" lleva más de cincuenta años? ¿Cómo separar el Estado que se construyó de los medios con que se construyó?

El viaje de Peter Beinart

Nadie ilustra mejor ese proceso que Peter Beinart. Periodista, académico y editor de Jewish Currents, fue durante años la voz más influyente del sionismo liberal estadounidense. La revista Foreign Policy lo ubicó entre los cien pensadores globales más importantes de 2012.

En ese mismo año publicó La crisis del sionismo, libro en el que diagnosticaba el problema con precisión: las políticas israelíes en los territorios ocupados eran incompatibles con los valores liberales que la comunidad judía estadounidense profesaba. Pero su conclusión entonces seguía siendo reformista: el sionismo liberal debía recuperar su alma, presionar a Israel desde adentro, defender la democracia en el Estado judío.

En junio de 2020, Beinart cruzó lo que él mismo llamó una "línea roja". En artículos simultáneos en el New York Times y en Jewish Currents, anunció que abandonaba su compromiso de décadas con la solución de dos estados. La verdad dolorosa, escribió, es que el proyecto al que los sionistas liberales habíamos dedicado décadas —un Estado para los palestinos separado de un Estado para los judíos— había fracasado.

Era tiempo, concluía, de abandonar el objetivo de la separación judeo-palestina y abrazar el objetivo de la igualdad judeo-palestina.

La reacción fue intensa. El embajador estadounidense en Israel lo acusó de ser "más insidioso de lo que parece". Pero Beinart no era un antisemita: era alguien que había pensado en serio y había llegado a una conclusión que sus propios valores le imponían.

Tras el 7 de octubre de 2023 y la guerra en Gaza, Beinart fue aún más lejos. En su libro de 2025, Ser judío después de la destrucción de Gaza, planteó que la comunidad judía necesitaba hacerse cargo de lo que estaba ocurriendo. No para abandonar el judaísmo, sino para recuperar lo que él entiende como su núcleo moral más profundo.

El despertar de octubre de 2023

El 7 de octubre de 2023 y la guerra que siguió no crearon las contradicciones del sionismo liberal. Las hicieron imposibles de ignorar.

Durante décadas, la posición "soy sionista liberal, estoy contra la ocupación" funcionó porque la realidad podía mantenerse a cierta distancia. Había informes, estadísticas, testimonios —pero también la posibilidad de decir: esto no es lo que Israel debería ser. La ocupación es una desviación, no la esencia.

Después de Gaza, esa distancia se cerró.

Las instituciones judías establecidas —AIPAC, las grandes federaciones, los liderazgos comunitarios— apoyaron o guardaron silencio ante una campaña militar que organismos internacionales, relatores de la ONU y juristas especializados en derecho internacional calificaron como posiblemente genocida. La "desviación" resultó ser la norma.

Para el sionista liberal que había construido su identidad sobre la convicción de que era posible ser judío, sionista y coherente con los valores de su propia tradición liberal, Gaza lo obligó a preguntarse si eso había sido verdad alguna vez, o si había sido siempre una forma de no mirar.

Beinart no llegó a donde llegó por resentimiento ni por presión externa. Llegó porque pensó con honestidad. Porque se preguntó qué significa defender valores liberales universales mientras se apoya un Estado que los niega sistemáticamente a parte de la población que vive bajo su control.

El trayecto de Oz o de Beinart, —con sus diferencias y sus límites— señala algo: cuando los valores liberales se toman en serio, terminan por entrar en conflicto con el sionismo realmente existente. No con el sionismo ideal, no con el sionismo que pudo haber sido, sino con el que es.