Jabotinsky: el que perdió y finalmente ganó.
En el sionismo hay un perdedor que resulta incómodo de recordar. Su nombre era Vladimir Ze’ev Jabotinsky. Murió en 1940, marginado del movimiento que había contribuido a forjar y sin embargo, es su proyecto el que sobrevivió, porque el Israel de hoy se parece demasiado a lo que él propuso.
Jabotinsky nació en 1880 en Odessa, ciudad cosmopolita del Imperio ruso. Fue periodista, escritor, políglota y orador brillante. Se incorporó al sionismo tras los pogromos de principios de siglo, y durante la Primera Guerra Mundial promovió la creación de la Legión Judía en el ejército británico, convencido de que los judíos debían conquistar su propio Estado con las armas, no negociarlo con nadie.
Esa convicción lo fue alejando del sionismo dominante. En 1923 fundó el movimiento juvenil Betar y en 1925 organizó la Alianza de Sionistas Revisionistas, con la que exigió abiertamente una inmigración masiva hacia Palestina y la creación inmediata de un Estado judío en ambas orillas del Jordán.
La dirección sionista, encabezada por Chaim Weizmann y luego por David Ben-Gurion, lo consideraba un peligro. Ben-Gurion llegó a llamarlo “Vladimir Hitler”. Jabotinsky por su lado respondía con desprecio hacia lo que llamaba el gradualismo ingenuo de sus adversarios.
Una patria espiritual llamada Italia
Para entender de dónde venían sus ideas hay que mirar antes de Palestina. Entre 1898 y 1901, Jabotinsky vivió en Roma, donde estudió derecho en la Universidad de La Sapienza y trabajó como corresponsal de prensa para diarios de Odessa, firmando con el seudónimo italiano “Altalena”. Años después llamaría a Italia su “patria espiritual”, y en su autobiografía fue más lejos: “Todas mis opiniones sobre los problemas de la nación, el Estado y la sociedad se formaron en aquellos años bajo influencia italiana”.
La Italia que lo formó era la del nacionalismo integral posterior al Risorgimento: la nación como valor supremo, la unidad por encima de las divisiones de clase, el culto a la voluntad y a la fuerza.
De esa matriz salió la doctrina que Jabotinsky llamó “monismo”: una sola bandera, un solo ideal, sin mezclas con el socialismo ni con ninguna otra causa. Y de ella salió también Betar, su movimiento juvenil, concebido como una escuela de disciplina militar y de lo que Jabotinsky llamaba “hadar” — un ideal de porte, ceremonia y obediencia que sus adversarios reconocieron de inmediato: era el mismo lenguaje estético de los movimientos de camisas y desfiles que crecían en Europa.

La afinidad no fue solo estética. En 1934, Betar llegó a operar una academia naval en Civitavecchia con la autorización del régimen de Mussolini. Cuando Ben-Gurion lo llamaba “Vladimir Hitler” no estaba inventando un parecido: estaba nombrando una familia ideológica que el propio Jabotinsky nunca se esforzó demasiado en desmentir.
El judío que había que borrar
La Italia de Jabotinsky le enseñó a admirar al hombre nuevo que el nacionalismo producía. El problema era el material de partida.
El judío de la diáspora — comerciante, letrado, urbano, hablante de yiddish, acostumbrado a negociar su existencia en sociedades que lo toleraban con condiciones — no se parecía en nada al sujeto que el sionismo revisionista quería construir. Jabotinsky lo dijo sin rodeos.
En un texto de 1906 — usando el término despectivo ruso con el que los antisemitas denominaban a los judíos — escribió: “Nuestro punto de partida es tomar al zhid típico de hoy e imaginar su opuesto diametral. Porque el zhid es feo, enfermizo y carece de decoro, dotaremos a la imagen ideal del hebreo de belleza masculina. El zhid es pisoteado y se asusta fácilmente; por eso el hebreo debe ser orgulloso e independiente. El zhid es despreciado por todos; por eso el hebreo debe cautivar a todos. El zhid ha aceptado la sumisión; por eso el hebreo debe aprender a mandar. El zhid quiere ocultar su identidad ante los extraños; por eso el hebreo debe mirar al mundo a los ojos y declarar: ‘¡Soy hebreo!’”
El vocabulario es el de los antisemitas rusos. Jabotinsky lo usa sobre los judíos de la diáspora y lo convierte en el punto de partida de su proyecto político.
El sionismo revisionista no venía a rescatar al judío diaspórico: venía a reemplazarlo con una figura nueva — viril, militar, con tierra y con armas — que no se pareciera en nada al original.
Esto ilumina algo que raramente se dice con claridad: el sionismo y el antisemitismo europeo partían del mismo diagnóstico.
Ambos coincidían en que los judíos eran un cuerpo extraño en las sociedades europeas y que su integración era imposible. El antisemita concluía que había que perseguirlos o expulsarlos; el sionista concluía que había que trasladarlos a Palestina. Pero el diagnóstico era idéntico.
Jabotinsky no lo ocultó: llamó al antisemitismo “odio zoológico”, pero en ningún momento argumentó que pudiera ser combatido donde ocurría. Al contrario: esperaba que los judíos huyeran de él hacia Palestina. Una Europa más antisemita producía más emigrantes. Desde esa lógica, la persecución no era solo el problema — era también el motor.
De ahí su hostilidad hacia el Bund polaco y hacia cualquier movimiento que propusiera a los judíos construir una vida digna en la diáspora. Ganar derechos en Polonia o Rusia era, desde su perspectiva, un error estratégico: reducía la presión que empujaba a los judíos hacia Palestina.
Y de ahí también su disposición a negociar con regímenes que querían a los judíos fuera de Europa — porque en ese punto, al menos, coincidían.
La muralla de hierro
En noviembre de 1923, Jabotinsky publicó en el periódico sionista en ruso Rassvyet un ensayo titulado O Zheleznoi Stene — “Sobre la muralla de hierro”. Su argumento parte de una premisa que él considera elemental: la colonización sionista de Palestina no puede ocurrir con el consentimiento de la población árabe que la habita. No porque los árabes sean irracionales o intransigentes, sino precisamente porque no lo son.
Jabotinsky rechazó con desdén a quienes en el movimiento sionista creían que los palestinos podrían ser convencidos mediante promesas de prosperidad económica o progreso. Los llama ingenuos. “Comprometedores en nuestras filas intentan convencer a los árabes de que son una especie de tontos a los que se puede engañar con una formulación suavizada de nuestros objetivos”, escribe.
Su conclusión es que el acuerdo voluntario está fuera de toda discusión, y que por tanto la colonización sionista debe proceder en desafío a la voluntad de la población nativa, respaldada por una fuerza militar que los palestinos no puedan vencer ni doblar: la muralla de hierro.
Solo cuando comprendan que la resistencia es inútil, surgirán líderes dispuestos a negociar. La paz, si llega, llegará desde la derrota, no desde el consenso
Para reforzar su argumento, Jabotinsky invoca la historia universal del colonialismo: no existe un solo precedente, escribe, de una colonización llevada a cabo con el consentimiento de la población nativa. Ninguno. Y por tanto sería absurdo esperar que Palestina fuera la excepción. En este punto, su honestidad supera incluso a la de muchos críticos posteriores del sionismo: él mismo usa la palabra “colonización”, sin comillas, sin disculpas.
Las dos caras de una misma moneda
Jabotinsky fue marginado, atacado y finalmente empujado fuera del sionismo organizado. Pero la diferencia entre él y Ben-Gurion no era de proyecto sino de discurso.
El sionismo laborista de Ben-Gurion se construyó sobre una ficción: que era posible edificar un Estado judío en Palestina sin entrar en conflicto irresoluble con la población árabe, que la cooperación económica y el progreso compartido podían lubricar la convivencia. Era una posición que nadie en la dirección sionista creía realmente, pero que resultaba útil de cara a la opinión internacional y al mandato británico.
Jabotinsky no estaba dispuesto a mantener esa ficción. Él la llamaba hipocresía.
El historiador israelí Avi Shlaim, en su estudio sobre la doctrina, señala que la diferencia entre ambos líderes era en el fondo territorial y declaratoria, no estratégica: Ben-Gurion quería un Estado judío en una orilla del Jordán; Jabotinsky lo quería en ambas orillas.
Pero los dos sabían que el objetivo solo podría lograrse por la fuerza. La diferencia estaba en quién estaba dispuesto a decirlo.
El desenlace de 1948 lo confirma de manera brutal. Ben-Gurion, el “moderado”, presidió la expulsión de más de 700.000 palestinos de sus hogares — algo que el propio Jabotinsky había descartado explícitamente en 1923, cuando escribió que la expulsión de los árabes le parecía “absolutamente imposible en cualquier forma”.
Jabotinsky consideraba que no era necesario expulsar a nadie — bastaba con doblegarlos militarmente hasta que aceptaran vivir como minoría en un Estado judío. Y cuando Ben-Gurion descubrió en 1948 que la expulsión sí era posible, no hubo ningún principio que la impidiera.
La ruptura
El divorcio con el sionismo oficial tuvo fecha y escena. En el XVII Congreso Sionista de 1931, Jabotinsky exigió que el movimiento declarara abiertamente su objetivo final: un Estado judío con mayoría judía a ambos lados del Jordán. El Congreso se negó — los judíos eran entonces menos de una quinta parte de la población de Palestina, y la dirección consideraba que proclamar esa meta solo serviría para alarmar a los árabes y a los británicos. Jabotinsky rompió su credencial de delegado frente a la asamblea y abandonó la sala.
Hubo un último intento de reconciliación. En octubre de 1934, Jabotinsky y Ben-Gurion se reunieron en secreto en Londres y firmaron acuerdos para poner fin a la violencia entre sus movimientos y regular su convivencia. Pero las bases de ambos bandos los repudiaron: un referéndum de la Histadrut, la central sindical laborista, rechazó los pactos en marzo de 1935. El puente se quemó por los dos extremos.
El golpe final vino ese mismo año, cuando la Organización Sionista Mundial aprobó una “cláusula de disciplina” que prohibía a sus facciones toda actividad política independiente — una norma diseñada a la medida del revisionismo, que llevaba años haciendo diplomacia por cuenta propia.
Jabotinsky sometió la decisión a un plebiscito entre sus seguidores, que votaron masivamente por la secesión. En septiembre de 1935 se reunió en Viena el congreso fundacional de la Nueva Organización Sionista, con delegados elegidos por más de 700.000 votantes en todo el mundo judío. Jabotinsky fue electo presidente. El programa: un Estado judío en ambas orillas del Jordán, inmigración libre y masiva, y la “evacuación” de los judíos de Europa oriental, cuyo peligro él percibió antes que casi nadie.
Desde entonces y hasta su muerte, Jabotinsky dirigió un sionismo paralelo: con su propia organización política, su propio movimiento juvenil — Betar —, su propio brazo armado en Palestina — el Irgún, que se reconocía en su autoridad — y su propia red de inmigración clandestina. Un Estado en la sombra del movimiento que lo había marginado.
El que perdió ganó
Jabotinsky murió el 3 de agosto de 1940, de un ataque cardíaco, mientras visitaba un campamento de Betar en el estado de Nueva York. Tenía 59 años y no llegó a ver el Estado que había exigido toda su vida. Su testamento contenía una instrucción precisa: sus restos solo podrían ser trasladados a la Tierra de Israel por orden de un gobierno judío.
Ese gobierno existió desde 1948, pero quien lo encabezaba era Ben-Gurion, y Ben-Gurion se negó durante años a dar la orden — “el país necesita judíos vivos, no huesos”, llegó a decir.
Solo en 1964, con Levi Eshkol ya como primer ministro, los restos de Jabotinsky y de su esposa Johanna fueron trasladados y enterrados en el Monte Herzl de Jerusalén, el panteón de los fundadores del Estado. Hasta en eso perdió primero y ganó después.
Jabotinsky propuso en 1923 que los palestinos serían sometidos por la fuerza hasta que abandonaran toda esperanza de resistencia, y murió convencido de que su sionismo había perdido. Cien años después, su doctrina es política de Estado.
Fuentes
Jabotinsky, Vladimir Ze’ev. “The Iron Wall” (O Zheleznoi Stene). Rassvyet, 1923. [Traducción al inglés disponible en Jewish Virtual Library]
Jabotinsky, Vladimir. Sippur Yamai (Historia de mi vida), 1936. Edición en inglés: Vladimir Jabotinsky’s Story of My Life, eds. Brian Horowitz y Leonid Katsis. Wayne State University Press, 2016. — Sobre sus años en Roma e influencia italiana en su pensamiento.
Halkin, Hillel. Jabotinsky: A Life. Yale University Press, 2014. — Sobre Italia como “patria espiritual” y la formación de Jabotinsky.
Shlaim, Avi. The Iron Wall: Israel and the Arab World. W.W. Norton, 2000.
“Revisionists, Zionist”. Encyclopaedia Judaica. — Sobre la cláusula de disciplina de 1935, el plebiscito revisionista, la secesión y el congreso fundacional de la Nueva Organización Sionista en Viena (septiembre de 1935), con delegados elegidos por 713.000 votantes.
Instituto Jabotinsky (en.jabotinsky.org), secciones “Brit Hatzohar”, “Hatzach” y “New York and Jerusalem”. — Sobre la ruptura de su credencial en el XVII Congreso Sionista (1931), los acuerdos Jabotinsky–Ben-Gurion de 1934 rechazados por el referéndum de la Histadrut, y el traslado de sus restos al Monte Herzl en 1964 tras la negativa de Ben-Gurion.
Biblioteca Nacional de Israel (nli.org.il), “Ze’ev Jabotinsky”. — Sobre el testamento, la frase de Ben-Gurion (“el país necesita judíos vivos, no huesos”) y el entierro de 1964.
Brenner, Lenni. “Zionist-Revisionism: The Years of Fascism and Terror”. Journal of Palestine Studies. — Sobre la academia naval de Betar en Civitavecchia (1934) y el rechazo de los pactos de 1934 por la Histadrut.
Jabotinsky, Ze’ev. “The Iron Law” (1906). En: The Selected Writings of Ze’ev Jabotinsky. Ed. Qatsin Zelec Goldsmith. South African Betar, 1962, p. 26. También citado en: Rubinstein, Amnon. From Herzl to Rabin: The Changing Image of Zionism. Holmes & Meier, 2000, cap. 1. — Fuente de la cita sobre el “zhid” y el “hebreo ideal”..