El cambio en la doctrina de seguridad que define la identidad de Israel

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El cambio en la doctrina de seguridad que define la identidad de Israel
Tamir Hayman (Foto: DF Spokesperson's Unit photographer)

¿Qué cambia cuando la doctrina de seguridad de un país cambia?

Un exjefe de la Inteligencia Militar israelí describe los conceptos que, a su juicio, guían hoy a Israel: la guerra como condición permanente, la paz como simple instrumento, la ruptura con un Estados Unidos visto como potencia en declive y los civiles y asentamientos convertidos en parte de la línea de defensa.

Tamir Hayman es general de división en la reserva y director ejecutivo del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS) de la Universidad de Tel Aviv. Sirvió 34 años en las Fuerzas de Defensa de Israel y fue jefe de la Dirección de Inteligencia entre 2018 y 2021. Asumió la dirección del INSS en mayo de 2024. En su documento publicado por ese instituto el 12 de octubre de 2026 describe y plantea que una transformación profunda se está produciendo sin decisión explícita, sin documento oficial y sin debate público.

Postula que desde el 7 de octubre de 2023 se ha hecho evidente que Israel se guía, en la práctica, por un “nuevo concepto de seguridad” informal que podría reflejar que la identidad del Estado está cambiando.

Es un texto escrito desde el corazón del establecimiento de seguridad israelí y publicado por una de sus instituciones de análisis más influyentes.

Tres capas para entender el argumento

Para sostener su tesis, Hayman distingue tres niveles que se condicionan entre sí. En la base está la identidad nacional: la definición de qué clase de Estado es Israel, derivada de su Declaración de Independencia y de su herencia fundacional.

Sobre ella se levanta el concepto de seguridad, un marco relativamente estable que traduce esa identidad en principios generales: cómo se entiende la amenaza, qué se protege y de qué modo.

En la parte superior se ubica la política de seguridad, que es la aplicación práctica que cada gobierno hace de ese concepto según su ideología y sus cálculos políticos.

La jerarquía importa porque el concepto de seguridad no es autónomo: toma su autoridad de la identidad del Estado y, por eso, no debería cambiar de un gobierno a otro. De ahí se desprende el núcleo del argumento.

Cuando lo que cambia no es una decisión puntual, sino el concepto mismo, lo más probable es que haya cambiado, o esté cambiando, aquello de lo que ese concepto deriva. Un giro profundo en la capa intermedia sería, así, un síntoma de un desplazamiento en la identidad nacional.

Un ejemplo sencillo lo aclara. Si un Estado se define como el Estado de todos sus ciudadanos, con igualdad plena, su concepto de seguridad protegerá a todos por igual y no tratará a una parte de la población como amenaza permanente.

Si el concepto pasa a priorizar a un grupo sobre los demás, no se está aplicando la misma identidad con otra política: se está expresando otra identidad.

Hayman no afirma que ese desplazamiento ya esté consumado. Se limita a describir los rasgos que, a su juicio, han pasado a dominar el concepto de seguridad, y plantea dos preguntas: si este nuevo concepto refleja una nueva identidad del Estado y cuáles serían sus consecuencias.

Qué plantea

El documento, titulado “The ‘New’ National Security Concept: Conceptualization and Questions for Discussion” y publicado el 12 de octubre de 2026 como “Publicación especial” del INSS, sostiene que desde el 7 de octubre se ha hecho evidente que la política israelí, en la práctica, ya no responde a la doctrina no escrita que se formó durante décadas, sino a un concepto nuevo que tampoco ha sido formulado ni aprobado, aunque sus principios “informan la toma de decisiones”.

Hayman infiere esos principios de la política en curso y advierte que son una interpretación subjetiva, teórica y deliberadamente exagerada. Son diez:

Primacía de la identidad judía sobre la democracia. El carácter judío del Estado, de raíz étnica, religiosa y nacional, prevalece sobre su sistema democrático, aun a costa de erosionar sus valores, y debe primar también sobre otras identidades nacionales presentes en el país, como la árabe-islámica o la cristiana.

La paz como medio y no como fin. Todo acuerdo con actores árabes se considera temporal y engañoso, y buscar la paz equivaldría a repetir la “concepción” errada que llevó al 7 de octubre. La paz deja de ser un valor en sí y pasa a ser un arreglo técnico, revisable según los objetivos de cada momento.

Rechazo a la existencia independiente de los Estados árabes. La mayoría de ellos no serían verdaderos Estados nacionales, sino conjuntos de tribus y grupos étnicos sin una historia común. Debilitarlos se ve como un proceso natural que Israel maneja mejor que la presencia de Estados fuertes, y que incluso debería fomentar.

La guerra como condición fundacional. La guerra es indispensable para la seguridad y no puede ser reemplazada por la paz; verla como un mal que hay que evitar habría sido parte del error que condujo al 7 de octubre. La guerra preventiva es preferible, y su presencia constante, con intensidad variable, se considera un activo.

Autosuficiencia y ruptura de la dependencia de Estados Unidos. La seguridad de Israel descansa solo en sus propias capacidades, y la relación con Washington es puramente de intereses. Como EE. UU. sería una potencia en declive, cuyos valores progresistas chocan con el carácter judío de Israel, romper con él se presenta como inevitable y deseable.

Prioridad absoluta de la iniciativa y la ofensiva. Los golpes preventivos y sorpresivos se consideran la única vía hacia la victoria: si Israel no puede resistir un ataque sorpresa ni asegurar una alerta temprana, debe atacar primero.

Defensa avanzada. Cuando no es posible atacar primero, Israel establece zonas de defensa más allá de sus fronteras para llevar la guerra al territorio enemigo lo antes posible. Esas zonas se conciben como una ofensiva diferida.

El conflicto palestino como un conflicto árabe-israelí permanente. El movimiento nacional palestino se considera un relato occidental inauténtico, y la lucha palestina, un intento árabe más de destruir Israel. De ahí se derivan la oposición a toda separación y a un Estado palestino, y la expansión de los asentamientos a ambos lados de la Línea Verde, que se considera ficticia; los árabes que permanezcan recibirían derechos de residencia y autogobierno local.

Asentamientos y civiles como componente central de la seguridad. Se recupera el modelo del Yishuv, el período previo al Estado, cuando la seguridad se lograba asentando población y con una defensa civil local. Esto implica crear comunidades y puestos en todas las zonas de fricción con la población árabe, en Cisjordania y en zonas de seguridad en Siria, Líbano y Gaza.

Prioridad de la independencia industrial y de defensa. Por la vulnerabilidad de las cadenas de suministro, la producción local y la inversión en tecnología de defensa, ciberseguridad e inteligencia artificial deben anteponerse a otros sectores. La investigación científica debe avanzar de manera independiente y no en marcos de cooperación internacional como Horizonte Europa.

Lo que Hayman hace y no hace

Es importante leerlo con precisión. Hayman no defiende estos principios ni declara que Israel ya haya cambiado de identidad. Hace tres cosas:

1.       describe una doctrina que, según él, opera en silencio;

2.       la contrasta con los principios fundacionales (la Declaración de Independencia, la idea de prosperar “entre guerras”, el respaldo de una gran potencia, “soldados antes que civiles”);

3.       formula preguntas críticas y exige un debate público.

Aun así, sus preguntas apuntan casi siempre a costos. ¿Es compatible restringir los derechos de los ciudadanos árabes, cerca de un quinto de la población, con ser un Estado “judío y democrático”? ¿Qué le ocurre a una sociedad cuando la guerra se vuelve norma? ¿Es viable, para un país pequeño y dependiente del comercio, cortar la cooperación científica y defensiva internacional?

Entre esas preguntas figura una especialmente relevante para la sociedad israelí: cómo afrontaría el país el riesgo de emigración, incluida una fuga de cerebros de una escala que amenace la economía y la resiliencia de la sociedad.

Hayman presenta el nuevo concepto como una ruptura con el pasado. Cabe, sin embargo, otra lectura, que es el que varios de estos principios no sean nuevos, sino que hayan estado presentes permanentemente, desde antes de la fundación del Estado, y que lo nuevo sea que hoy se expresan abiertamente.

El propio Hayman recurre a referencias anteriores al Estado, como el modelo del Yishuv o, en una nota al pie, el verso «Sheket hu refesh» («el silencio es inmundicia») del Himno del Betar, escrito por Ze'ev Jabotinsky en 1932. En el pensamiento revisionista, explica, el «silencio» simboliza la complacencia pasiva, mientras que la lucha nacional activa se considera esencial para la dignidad y la supervivencia.

Para los palestinos, que vivieron la Nakba, el gobierno militar sobre los ciudadanos árabes hasta 1966 y más de medio siglo de ocupación y asentamientos, y también para los países vecinos, nada de esto sería una sorpresa.

La sorpresa es para la parte de la sociedad israelí que creyó en el relato oficial, la hasbará, de un Estado que buscaba la paz y solo se defendía. Visto así, lo que cambia no es tanto la identidad como la distancia entre lo que el Estado hacía y lo que decía de sí mismo.

 

Fuentes: Tablet Magazine, “The Scroll” (14 oct. 2026) · INSS, historia del instituto · INSS, CV de Tamir Hayman · artículo de Hayman publicado por el INSS.

 

 

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