Del mapa árabe al mapa bíblico

Israel reemplazó miles de nombres árabes por nombres hebreos y usó la arqueología para reforzar el relato bíblico.

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Del mapa árabe al mapa bíblico
Detalle de un mapa del Survey of Palestine (década de 1940) con Tell Dūthān (Tel Dothan) y sus alrededores, cerca de Jenin, con los nombres árabes transcritos al alfabeto latino. Fuente: Wikimedia Commons.

Israel reemplazó miles de nombres árabes de pueblos, aldeas, cerros, quebradas y manantiales por nombres hebreos, y usó la arqueología para reforzar el relato bíblico, borrar del paisaje la presencia palestina y presentar el dominio judío del territorio como una continuidad ininterrumpida. En el Líbano, la muerte del investigador Ze'ev Erlich, que en 2024 entró al sur del país junto a tropas israelíes, alimentó el temor de que esa misma lectura del paisaje se aplique a su territorio.

El historiador y ex vicealcalde de Jerusalén Meron Benvenisti, hijo de un geógrafo que participó en la hebraización de los topónimos (los nombres de lugares), documenta en Sacred Landscape (University of California Press, 2000) que la nomenclatura hebrea reemplazó los nombres árabes de más de 9.000 accidentes naturales, aldeas y ruinas.

Uno de los hitos de este proceso es julio de 1949, cuando Ben-Gurión constituyó a nueve académicos como Comité para la Designación de Nombres en la Región del Néguev, conquistado pocos meses antes. En 1951 se formalizó como Comité Gubernamental de Nomenclatura, con competencia ya no solo sobre el Néguev, sino sobre todo el territorio del Estado, y con la tarea de sustituir los nombres árabes anteriores a 1948 por nombres hebreos. El comité sigue existiendo.

Antes del Estado: de 1907 a 1932

El comité de 1949 no partió de cero. En 1907, la Comisión para Palestina del Congreso Sionista preparó un mapa mural hebreo para uso escolar, sobre la cartografía del alemán Heinrich Kiepert, al que se irían agregando nombres hebreos y colonias judías.

En 1925, el Fondo Nacional Judío creó un comité para nombrar los asentamientos judíos. Según Benvenisti, en sus primeros 22 años asignó unos 200 nombres. Su presidente, Menachem Ussishkin, fijó el principio: el nombre hebreo histórico es la prueba más fiable de que esos lugares son patrimonio judío desde siempre.

El episodio más revelador ocurrió en 1931. El gobierno del Mandato publicó una lista de más de 1.100 topónimos que transcribía al hebreo los nombres árabes: Nablus en lugar de Shejem, Isdud en lugar de Ashdod. Los ferrocarriles y el correo llegaron a cambiar rótulos.

El Vaad Leumi, el consejo de la comunidad judía, protestó ante el gobierno, con copia a la Sociedad de Naciones. El director británico de Educación, Humphrey Bowman, objetó que la lista del Vaad Leumi aplicaba nombres bíblicos y talmúdicos a muchos lugares que ni se llamaban así por tradición ni estaban identificados científicamente.

Qué se buscaba al cambiar los nombres

Renombrar un lugar no es un trámite cartográfico.

Un mapa no es un registro neutral del espacio, sino una forma de poder. Es una afirmación sobre quién estuvo primero y a quién pertenece la continuidad. Un mapa con nombres bíblicos presenta la llegada de colonos europeos del siglo XX como un regreso, y deja sin nombre propio a quienes vivían allí.

Según Benvenisti, los académicos del comité sabían que su tarea no era un ejercicio técnico, sino un acto de apropiación; se les había pedido redactar «una escritura de propiedad judía» de más de la mitad del territorio de Israel. El nombre anterior se trata como una marca de lo ajeno, y el nuevo como la prueba de un arraigo antiguo

Hubo un problema práctico, y es que la Biblia no alcanzaba. Para el Néguev había apenas unas decenas de nombres bíblicos utilizables, y el comité debió inventar o adaptar el resto. En la práctica, muchos nombres hebreos nuevos eran adaptaciones de nombres árabes o beduinos ya existentes. El pasado «recuperado» se fabricaba en parte con material local.

Tres grados de sustitución

No todas las sustituciones borran igual. El comité usó varios procedimientos, y se pueden ordenar según cuánto del nombre árabe sobrevive en el nuevo.

Procedimiento

Qué conserva del nombre árabe

Ejemplos

Traducción

El sentido

Ein Ayala, de Ein Ghazaleh («manantial de la gacela»); Ayelet HaShahar, de Najmat al-Subh («estrella de la mañana»); Nahal Me'arot, equivalente a Wadi el-Mughara («cauce de las cuevas»)

Adaptación por sonido

El eco, no el sentido

Ein Hod, de Ayn Hawd: el hebreo significa «manantial del esplendor», mientras que ḥawḍ es «pila» en árabe. Agur, de Ajjur: según Zochrot, una palabra hebrea elegida por sonar parecido

Nombre nuevo

Nada

Kerem Maharal, en el sitio de Igzim, por el rabino Maharal de Praga. Kiryat Shmona, en el de al-Khalisa, por los ocho caídos de Tel Hai. Eilat, en el de Umm al-Rashrash, tomado de una localidad bíblica que se cree cercana

La traducción es el procedimiento que menos borra. Quien conoce el nombre hebreo conoce, de algún modo, el significado del árabe, y la relación entre ambos sigue siendo reconocible.

La adaptación por sonido es más engañosa. Conserva una huella fonética que permite presentar el nombre como si siempre hubiera sido hebreo, pero el significado original desaparece. Se documentan casos en que se eligió una palabra hebrea por parecerse a la árabe, aunque dijera otra cosa.

El nombre nuevo no conserva nada, ni el sonido ni el sentido. Además, rompe la memoria oral: el nombre árabe ya no sirve para ubicar el lugar en el mapa oficial.

Cinco lugares de hoy y su nombre anterior

La lista de nombres sustituidos es larga. Estos cinco casos muestran las variantes del procedimiento: renombrar un sitio existente, adaptar el nombre árabe al hebreo o fundar un pueblo nuevo sobre una aldea despoblada.

Nombre actual

Nombre anterior

Qué ocurrió

Eilat

Umm al-Rashrash

Puesto policial de la época del Mandato, tomado por Israel en marzo de 1949. Ese año el comité de nomenclatura del Néguev le dio el nombre de una localidad bíblica que se cree ubicada cerca, en la actual Jordania.

Ashkelon

al-Majdal

Ciudad árabe. En 1949 pasó a llamarse Migdal (ambas palabras significan «torre»), luego Migdal Gaza, Migdal Gad y Migdal Ashkelon. En 1953 adoptó el nombre actual, el de la Ascalón bíblica, una ciudad filistea cuyas ruinas, junto a la costa, están a pocos kilómetros de al-Majdal.

Kiryat Shmona

al-Khalisa (Khalsa)

Aldea beduina despoblada en mayo de 1948. La ciudad se fundó en 1949 en el sitio, primero como Kiryat Yosef. Su mezquita sobrevive como museo de la ciudad.

Sderot

Najd

Aldea cuyos habitantes fueron expulsados el 12 y 13 de mayo de 1948. Sderot se fundó en 1951 en tierras de la aldea, unos kilómetros al sur del sitio.

Ein Hod

Ayn Hawd

Aldea de la ladera del Carmelo. En 1949 se reasentó con inmigrantes y se rebautizó con una adaptación de su nombre árabe; desde 1953 es una colonia de artistas. Parte de sus vecinos fundó cerca una aldea nueva, que lleva el nombre original.

Montes, valles y manantiales

El encargo original del comité no hablaba solo de pueblos: debía asignar nombres hebreos a todos los lugares del Néguev, «montañas, valles, manantiales, caminos». Después extendió la tarea al resto del territorio.

Según una reconstrucción de sus criterios, el orden de preferencia era este: primero un nombre hebreo antiguo documentado; luego uno bíblico; después la traducción del nombre árabe; luego su hebraización por sonido o raíz; y por último un nombre nuevo, «simbólico», a menudo ligado al movimiento sionista o a la guerra de 1948.

Por eso los casos más claros de accidentes naturales no son nombres bíblicos restituidos, sino adaptaciones: el nombre hebreo traduce o imita el árabe, y el árabe deja de ser el nombre oficial.

Región

Nombre hebreo

Nombre árabe

Cómo se hebraizó

Costa de la Alta Galilea

Rosh HaNikra

Ras an-Naqura

Versión hebraizada del nombre árabe. La Encyclopaedia Judaica traduce el hebreo como «cabo de la hendidura» y lo da por derivado del árabe.

Monte Carmelo

Nahal Me'arot

Wadi el-Mughara

Los dos nombres equivalen a «cauce de las cuevas». La UNESCO inscribió el sitio con ambos nombres.

Desierto de Judea

Nahal Arugot

Wadi ʿAreijeh

El nombre hebreo se basa en la forma árabe, que significa «ascenso».

Néguev

Har Karkom

Jabal Karkum, también Jabal Ideid

«Monte del azafrán» en hebreo, derivado del árabe Karkum. El arqueólogo Emmanuel Anati registró Jebel Ideid en 1954, nombre usado por guías beduinos.

Néguev

Makhtesh Ramon

Wadi Rumman («arroyo del granado»)

Benvenisti señala que una guía israelí deriva el nombre del adjetivo hebreo ram («elevado»), aunque el nombre árabe era Wadi Rumman.

Benvenisti calcula más de 9.000 accidentes naturales, aldeas y ruinas renombrados. Un catálogo del Instituto de Estudios Palestinos publicado en 2004, Geographic Sites in Palestine: Arabic Names and Hebrew Denominations, calcula unos 7.000 nombres palestinos hebraizados en 125 años, más de 5.000 de ellos de sitios geográficos.

La tabla no pretende ser un recuento, sino mostrar el mecanismo: lo árabe se reutiliza como materia prima, y el resultado se presenta como un regreso al nombre antiguo.

En los territorios ocupados en 1967 el patrón dominante es otro. Cisjordania pasó a llamarse oficialmente Judea y Samaria y, en Jerusalén Oriental, la calle Nablus se convirtió en Derech Shejem.

La arqueología como segunda capa

Los nombres fijan el relato en el mapa; la arqueología lo fija en el suelo.

La antropóloga Nadia Abu El-Haj sostiene en Facts on the Ground (University of Chicago Press, 2001) que la arqueología cumple un papel fundamental en la construcción de la identidad nacional israelí y en la afirmación de derechos territoriales. Su libro fue muy discutido: una campaña de críticos intentó impedir su titularidad en Barnard, que la universidad concedió en noviembre de 2007.

Gidon Suleimani trabajó veinte años como arqueólogo de la Autoridad de Antigüedades de Israel. Según él, desde que la organización de colonos Elad empezó a administrar el Parque Nacional Ciudad de David, en Silwan, y a inyectar fondos en las excavaciones, la Autoridad adoptó una agenda centrada en las capas de soberanía judía antigua, bíblica y del Segundo Templo, e ignora las capas musulmana, cristiana y pagana.

El investigador palestino Mahmoud Hawari, de la Universidad de Belén, describe Silwan como un proyecto doble: excavar para exhibir estructuras «bíblicas», en particular de la época del rey David, y expropiar y demoler viviendas palestinas para instalar colonos. Afirma además que no se han hallado restos significativos de ese período. Otros arqueólogos discrepan de esa afirmación.

Lo que estas fuentes documentan es un énfasis selectivo: se excava, se financia, se señaliza y se exhibe lo que confirma el relato bíblico, y se descuida o se subordina lo demás. Es una selección con consecuencias concretas: lo que no se excava, no se señaliza y no se muestra deja de existir para el visitante.

El caso Erlich: arqueología bajo escolta, en otro país

El 20 de noviembre de 2024, durante la ofensiva terrestre israelí en el sur del Líbano, murió en la aldea de Shamaa Ze'ev «Jabo» Erlich, de 71 años. Era un investigador de la historia y la geografía de la «Tierra de Israel» y vivía en el asentamiento de Ofra, en Cisjordania. El ejército lo identificó como reservista con grado de mayor, aunque no estaba en servicio activo.

Entró al Líbano con uniforme y armado, junto a una fuerza de la brigada Golani que dirigía el jefe de estado mayor de la brigada, el coronel de reserva Yoav Yarom. Según el ejército, la fuerza ingresó a un sitio arqueológico, una antigua fortaleza, donde había dos combatientes de Hezbolá. Estos abrieron fuego y mataron a Erlich y a un soldado, el sargento Gur Kehati, de 20 años; un oficial resultó gravemente herido.

Erlich habría visitado el santuario de Shamoun al-Safa (Simón Pedro, en árabe), venerado por cristianos y musulmanes chiíes y situado junto a un castillo cruzado del siglo XII.

El contexto importa. Pocos días antes, Michael Freund, exdirector adjunto de comunicaciones de Netanyahu, había publicado en The Jerusalem Post una columna que sostenía, con versículos bíblicos, que el sur del Líbano es en realidad el norte de Israel. El ministro de Cultura libanés, Mohammad Wissam al-Murtada, acusó que la visita de Erlich buscaba respaldar con «evidencia histórica» reivindicaciones sobre territorio libanés.

La toponimia y la arqueología no son disciplinas neutrales en esta historia. Son dos campos de batalla en los que el sionismo muestra que no solo busca borrar al pueblo palestino en el presente, sino también mediante una limpieza histórica quitarles el nombre a sus lugares y el pasado a su suelo.

 

 

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Fuentes

•         Meron Benvenisti, Sacred Landscape: The Buried History of the Holy Land since 1948, University of California Press, 2000.

•         Reseña académica de Sacred Landscape, Project MUSE.

•         Nadia Abu El-Haj, Facts on the Ground, University of Chicago Press, 2001.

•         Fighting for the Future of Archeology, New Israel Fund (testimonio de Gidon Suleimani y origen de Emek Shaveh).

•         Mahmoud Hawari, Silwan: Biblical Archaeology, Cultural Appropriation, and Settler Colonialism, Institute for Palestine Studies.

•         In Jerusalem, the politics of digging up the past, The Christian Science Monitor, 2013.

•         Susan Slyomovics, The Object of Memory, University of Pennsylvania Press.

•         Nur Masalha, Settler-Colonialism, Memoricide and Indigenous Toponymic Memory: The Appropriation of Palestinian Place Names by the Israeli State, Journal of Holy Land and Palestine Studies 14(1), 2015.

•         Geographic Sites in Palestine: Arabic Names and Hebrew Denominations, Institute for Palestine Studies, 2004

•         Yossi Katz, Identity, Nationalism, and Placenames: Zionist Efforts to Preserve the Original Local Hebrew Names in Official Publications of the Mandate Government of Palestine, Names 43(2), 1995, pp. 103-118.

J. B. Harley, «Deconstructing the Map», Cartographica 26