Brit Shalom: el pacto que no prosperó
En el otoño de 1925, un grupo de intelectuales judíos fundó en Jerusalén Brit Shalom —Pacto de Paz—, convencidos de que Palestina pertenecía a dos pueblos y que ignorar ese hecho conduciría inevitablemente a la violencia. Tenían razón. Nadie con poder los escuchó.
En el otoño de 1925, un grupo de intelectuales judíos se reunió en la casa de Arthur Ruppin en Jerusalén. No eran figuras menores: entre ellos había filósofos, historiadores, sociólogos y académicos que formaban el núcleo intelectual del recién fundado proyecto universitario judío en Palestina. Lo que fundaron esa tarde tenía un nombre en hebreo antiguo que rezumaba ambición moral: Brit Shalom, Pacto de Paz.
Su propuesta era, en el contexto de la época, profundamente heterodoxa. Mientras el movimiento sionista dominante avanzaba hacia la construcción de un hogar nacional judío en Palestina con el respaldo de la Declaración Balfour y el mandato británico, estos intelectuales sostenían algo que los haría profundamente impopulares: que Palestina pertenecía a dos pueblos, y que cualquier solución política que ignorara ese hecho estaba condenada a engendrar violencia.
No eran antisionistas en el sentido convencional del término. La mayoría creía en la necesidad de una presencia judía significativa en Palestina y en la renovación cultural del judaísmo. Lo que rechazaban era la lógica del Estado-nación exclusivo, la idea de que los judíos debían construir una mayoría demográfica sobre una tierra habitada por otro pueblo. Ese rechazo los enfrentó, desde el primer día, con la corriente principal del sionismo político.
Los fundadores y sus ideas
Arthur Ruppin fue quien convocó la reunión fundacional de Brit Shalom en su casa de Jerusalén. Su perfil lo hacía, en apariencia, un candidato improbable para presidir una organización dedicada a la coexistencia árabe-judía: era el director de la Compañía de Desarrollo de Tierras de Palestina, el principal instrumento institucional para la adquisición de tierras palestinas, y había sido ya en 1911 uno de los primeros sionistas en proponer formalmente la "transferencia" de la población árabe hacia Siria.
Su participación en Brit Shalom no era, entonces, la de alguien que cuestionaba la lógica del desplazamiento: era la de alguien que buscaba, en un momento específico, una vía menos conflictiva hacia el mismo proyecto colonial. Cuando los disturbios de 1929 le mostraron que esa vía no existía, abandonó el grupo sin ambigüedades.
Ruppin es, en ese sentido, la figura que mejor ilustra la contradicción estructural de Brit Shalom: una organización que buscaba la paz desde las mismas manos que compraban la tierra.
El peso intelectual y moral del grupo recayó en otras figuras. Martin Buber, el filósofo cuyo pensamiento dialógico —la idea de que el ser humano se constituye en la relación con el otro— resultaba incompatible con cualquier forma de dominio étnico, participó activamente desde Alemania antes de emigrar a Palestina en 1938.
Para Buber, el sionismo tenía una vocación espiritual y ética que la lógica estatal-nacional estaba traicionando. La conquista de una mayoría demográfica como objetivo político era, en su lectura, la rendición del judaísmo ante el peor modelo del nacionalismo europeo. A diferencia de Ruppin, Buber nunca abandonó el binacionalismo: lo sostuvo hasta el final, incluso cuando se volvió políticamente irrelevante.
Gershom Scholem, el gran estudioso de la mística judía, Hans Kohn, historiador del nacionalismo, Hugo Bergmann y Ernst Simon completaban un círculo intelectual de excepción. Había además figuras asociadas que no se incorporaron formalmente: Judah Leon Magnes, el primer rector de la Universidad Hebrea, fue quien con más constancia y durante más tiempo encarnó los objetivos del grupo, y Albert Einstein expresó su apoyo desde la distancia.
El grupo publicó una revista mensual en hebreo, Sheifoteinu (Nuestras aspiraciones), y organizó cursos de árabe para judíos residentes en Palestina. Esos cursos no eran un gesto cosmético: reflejaban la convicción de que el diálogo real requería la voluntad de conocer la lengua del otro.
Brit Shalom nunca superó el centenar de miembros. Era, por definición, una elite intelectual sin base popular. Pero su influencia simbólica fue, y sigue siendo, desproporcionada respecto a su tamaño.
Los debates internos: entre la ética y la urgencia
Brit Shalom no fue un bloque homogéneo. Desde sus primeros años arrastró una tensión constitutiva que terminaría por fracturarlo: la distancia entre quienes querían deliberar y quienes querían actuar.
Hans Kohn representaba el ala más radical. Desde 1925 presionó, sin éxito, para que la organización adoptara posiciones públicas más firmes y dejara de operar como un foro de discusión académica. Kohn veía en la timidez política del grupo una forma de complicidad: si el sionismo dominante avanzaba sobre el terreno construyendo hechos consumados, la deliberación sin acción equivalía al silencio. Su insatisfacción era también ideológica: Kohn concebía Brit Shalom no como una variante heterodoxa del sionismo sino como una impugnación de su lógica esencial. Esa diferencia de diagnóstico lo separaba de miembros que seguían creyéndose sionistas disidentes antes que antisionistas.
La tensión se expresaba con mayor claridad en el debate sobre la inmigración, que era el más explosivo de todos. Para Brit Shalom, cualquier propuesta binacional creíble debía incluir alguna forma de límite voluntario a la inmigración judía, o al menos asumir la paridad demográfica como horizonte permanente, para evitar que el crecimiento de la comunidad judía se convirtiera en un instrumento de desplazamiento de la árabe. Era la única forma de hacer la propuesta creíble ante la población palestina. Pero esa posición era políticamente suicida en el contexto del movimiento sionista, que veía en la inmigración masiva la condición de posibilidad de todo lo demás.
El nudo era irresoluble: Brit Shalom pedía al sionismo que renunciara a su instrumento principal. La respuesta, previsible, fue la acusación de traición.
1929: el año que lo cambió todo
En agosto de 1929 estallaron en Palestina los peores disturbios desde el inicio del mandato británico. Los enfrentamientos, detonados por una disputa sobre el Muro Occidental en Jerusalén, se extendieron a Hebrón, Safed y otras ciudades. Murieron 133 judíos y 116 árabes. Las imágenes de la masacre de la comunidad judía de Hebrón —una de las más antiguas de Palestina— marcaron a fuego la memoria colectiva del Yishuv.
La reacción de Brit Shalom ante los disturbios fue, políticamente, una catástrofe para el grupo. En lugar de condenar sin matices la violencia árabe, sus miembros plantearon que la crisis debía ser una ocasión para la autocrítica sionista, y señalaron la responsabilidad del propio movimiento en haber creado las condiciones para la explosión.
En el contexto emocional de 1929, esa posición fue leída como una justificación del asesinato de judíos. Gran parte del Yishuv giró hacia las posiciones de Jabotinsky, que proclamaba la necesidad de una muralla de hierro frente a la hostilidad árabe.
Dentro de Brit Shalom, el quiebre fue definitivo. Tras los disturbios de 1929, tanto Ruppin como Kohn abandonaron el grupo, aunque por motivos muy distintos
Ruppin en 1911 había propuesto la transferencia de la población árabe hacia Siria, y mientras presidía Brit Shalom siguió dirigiendo la adquisición sistemática de tierras palestinas para la Agencia Judía. Encontró en los disturbios de 1929 la confirmación de lo que siempre había pensado.
En 1936 escribió que el destino del sionismo era "estar en un estado de guerra continua con los árabes."
Kohn optó por una salida aún más drástica. En noviembre de 1929, en una carta dirigida a Berthold Feiwel conservada en la Biblioteca Nacional y Universitaria Judía de Jerusalén (referencia archivística 376/224), escribió lo siguiente:
"Llevamos doce años en Palestina [desde el inicio de la ocupación británica] sin haber intentado siquiera una vez, seriamente, buscar mediante negociaciones el consentimiento de la población indígena.
Hemos confiado exclusivamente en el poderío militar de Gran Bretaña. Nos hemos fijado objetivos que por su propia naturaleza tenían que conducir al conflicto con los árabes... durante doce años fingimos que los árabes no existían y nos alegramos cuando no nos recordaban su existencia."
Hans Kohn a Berthold Feiwel, Jerusalén, 21 de noviembre de 1929. Jewish National and University Library, 376/224.
Su carta es, a casi cien años de distancia, deja sentir el peso de lo que vendría. “Doce años de fingir que los árabes no existían”. La frase describe una política y también una estructura mental.
La violencia de 1929 y la respuesta del establishment sionista ante ella lo convencieron de que un Estado judío en Palestina solo podía construirse y sostenerse por la fuerza.
Renunció a su cargo en el Keren Hayesod y emigró a Estados Unidos, donde enseñó en el Smith College y luego en el City College de Nueva York.
Su obra La idea del nacionalismo (1944) lo convirtió en uno de los fundadores del estudio académico del nacionalismo como disciplina, y la distinción que elaboró entre nacionalismo cívico y nacionalismo étnico sigue siendo un instrumento de análisis vigente. Nunca regresó a Palestina.
El ocaso: Hitler y el fin de la deliberación
Incluso sin la fractura de 1929, Brit Shalom habría enfrentado un obstáculo que ninguna coherencia intelectual podía resolver. Con el ascenso de Adolf Hitler al poder en 1933, la situación de los judíos europeos cambió de naturaleza. La inmigración a Palestina dejó de ser una opción entre otras para convertirse, literalmente, en una cuestión de vida o muerte.
En ese contexto, cualquier propuesta que incluyera límites voluntarios a la inmigración judía —por razonables que fueran desde el punto de vista del equilibrio demográfico y de la justicia hacia la población árabe— se volvía moralmente insostenible. ¿Cómo pedirle a un judío polaco que esperara su turno mientras los hornos se encendían en Europa? La lógica del binacionalismo, que requería moderación y negociación en el tiempo largo, chocaba de frente con la urgencia brutal del tiempo corto.
El grupo se desintegró hacia mediados de los años treinta sin una disolución formal. Sus miembros tomaron caminos distintos: algunos se incorporaron a la corriente laborista del sionismo, otros emigraron, algunos simplemente se silenciaron. La organización no murió en una batalla: se evaporó bajo el peso de la historia.
Su heredera directa fue Ihud (Unidad), fundada en 1942 por Magnes junto a Buber, Ernst Simon y Henrietta Szold.
El programa que Ihud presentó ante el Comité Anglo-Americano de Investigación en 1946 proponía órganos conjuntos de gobierno árabe-judío y una división administrativa del territorio por distritos de base comunitaria, todo ello inscrito en una federación árabe más amplia.
Lo que rodeó esa presentación merece atención. La Agencia Judía había obligado a todos sus partidos constituyentes a respaldar ante el Comité la demanda de un Estado judío exclusivo.
Partidos que internamente apoyaban el binacionalismo — como el Hashomer Hatzair — no pudieron presentar esa posición en público.
Magnes, al frente de Ihud, actuó al margen de ese diktat. Su comparecencia ante el Comité fue también un acto de disidencia frente al bloque sionista unificado que la Agencia Judía había construido para la ocasión.
El Comité votó en buena medida a favor de las propuestas de Ihud, recomendando una unión económica en Palestina. Pero sus recomendaciones fueron ignoradas por los gobiernos británico y estadounidense.
En 1947, Ihud expuso su posición ante el Comité Especial de las Naciones Unidas sobre Palestina, con idéntico resultado. En mayo de 1948, cuando se proclamó el Estado de Israel, Magnes estaba en Nueva York intentando sin éxito convencer a la ONU de detener la partición. Murió ese mismo octubre.
Lo que Brit Shalom vio y lo que no pudo hacer
La historia de Brit Shalom es, en un sentido, la historia de un diagnóstico correcto y una impotencia política total. Sus miembros identificaron con precisión el problema central: que el proyecto de un Estado judío exclusivo en una tierra habitada mayoritariamente por árabes solo podía realizarse a través de la fuerza, el desplazamiento o ambos. Lo dijeron en voz alta cuando aún había tiempo de que importara. Nadie con poder los escuchó.
Sus limitaciones también son reales. Brit Shalom fue siempre una elite intelectual sin arraigo popular, ni en la comunidad judía ni, crucialmente, en la árabe.
No existe registro de que el grupo haya establecido contacto político sostenido con el liderazgo palestino de la época. Sus propuestas fueron elaboradas por judíos para ser evaluadas por judíos; la voz palestina brilló por su ausencia en el debate interno.
Esa asimetría de una propuesta de coexistencia que no se co-construye con el otro tiene, desde el principio, un problema de legitimidad. Los disturbios de 1929 revelaron, además, que la violencia real —y no solo la teórica— destruía los consensos frágiles sobre los que el binacionalismo se apoyaba. Cuando la sangre corría, la deliberación perdía.
Una pregunta que el tiempo no ha resuelto
Brit Shalom desapareció hace casi noventa años. La partición de 1947, la guerra de 1948, la fundación del Estado de Israel y la Nakba palestina convirtieron su programa en historia contrafactual. Y sin embargo, las preguntas que ese pequeño grupo de intelectuales formuló desde la casa de Ruppin en Jerusalén siguen sin respuesta.
¿Puede existir una solución justa al conflicto en Palestina que no pase por el reconocimiento de la igualdad de derechos de ambos pueblos sobre la misma tierra? ¿Es posible una convivencia real entre dos identidades nacionales que reclaman el mismo territorio? ¿O la lógica del Estado-nación exclusivo —la misma que Buber, Kohn y Magnes cuestionaron— sigue siendo el único horizonte imaginable?
Durante décadas, la respuesta dominante fue la solución de dos Estados: Israel y Palestina, separados por una frontera negociada sobre la base de las líneas de 1967. Esa propuesta fue el consenso diplomático internacional durante treinta años. Hoy, a la vista de la expansión de los asentamientos en Cisjordania, del crecimiento exponencial de la población colona, y del voto de la Knesset en julio de 2024 declarando que la creación de un Estado palestino representaría un peligro existencial para Israel, cabe preguntarse si la solución de los dos estados tiene alguna viabilidad.
Si la solución de dos Estados ya no es posible —y esa es una pregunta abierta que merece ser formulada con honestidad—, entonces las ideas que Brit Shalom planteó en 1925 no son arqueología política. Son, quizás, el punto de partida de un debate que el mundo debe retomar.