Reseña de libros:

63 estudiantes de Gaza narran, desde el asedio y el hambre, su rechazo a desaparecer en silencio. LOM Ediciones presenta la edición en español.

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Reseña de libros:

"Nos rehusamos a ser borrados"

Voces de la generación de estudiantes de Gaza

Hace ya casi tres años que la juventud de Gaza vive bajo bombardeo, asedio y desplazamiento forzado.

Tres años en los que estudiar, graduarse o simplemente celebrar un cumpleaños con la familia dejaron de ser certezas para convertirse en algo que hay que arrebatarle a cada día.

Miles de estudiantes han visto morir a compañeros, profesores, hermanos, padres y vecinos; han dormido en aulas convertidas en refugio, han medido su seguridad por el sonido de los aviones, y han enterrado a los suyos sin poder siquiera detenerse a llorar, porque la guerra no da tregua para el duelo.

Que en medio de todo esto haya surgido un libro es, en sí mismo, un acto de una fortaleza difícil de dimensionar.

Nos rehusamos a ser borrados. Una antología de resiliencia, duelo e inquebrantable esperanza de estudiantes universitarios de Gaza (LOM Ediciones) reúne escritos de 63 estudiantes gazatíes, editados por Jacob Norris (historiador de la Universidad de Sussex, especialista en la Palestina de los siglos XIX y XX) y Zahid Pranjol (catedrático de Ciencias Biomédicas en la misma universidad, quien desde abril de 2024 apoya a más de dos mil estudiantes de tres universidades de Gaza con material didáctico, mentoría y contención). La traducción al español estuvo a cargo de un equipo de diez traductores.

El libro no se presenta como una colección literaria más: es, en palabras de sus propias autoras y autores, un testimonio escrito con hambre, a la luz de la vela, bajo el zumbido de los drones, sin saber si sobrevivirían la noche. Y sin embargo, ahí está: escrito.

Cada texto es una prueba de que, incluso cuando se les ha arrebatado el hogar, la seguridad y a los seres queridos, estos jóvenes se niegan a que también les arrebaten la voz.

Escribir, para ellos, no es un ejercicio literario sino una forma de seguir existiendo y de afirmar, frente a un mundo que mira hacia otro lado, su humanidad intacta.

A continuación, algunos de los textos que representan el conjunto de la obra.

 

 

We are still here, seguimos estando aquí: Voces de la generación de estudiantes de Gaza
 Este libro no es simplemente una colección de historias y poemas. Es el latido de un corazón.
Un llanto.
Un testamento.
Teníamos a la vista ceremonias de graduación, celebraciones familiares, despertares en mañanas ordinarias. En vez de eso, despertamos en medio de la guerra. La hambruna. El silencio.
Vivimos bajo asedio, despojados no solo de comida y abrigo, sino también de los elementos más básicos de la humanidad: agencia y seguridad.
En un mundo que ha dado vuelta el rostro, donde nuestras historias se pierden bajo los escombros y los titulares, escribimos porque escribir es resistencia.
Escribimos mientras tenemos hambre.
Escribimos a la luz de la vela, bajo el zumbido de los drones. Escribimos sin saber si sobreviviremos la noche.
Este libro nos da lo que el mundo nos ha negado: una voz.
Aquí encontrarán fragmentos de vidas interrumpidas, esperanzas denegadas y futuros en pausa. Pero también encontrarán resiliencia. En cada verso y en cada memoria, desafiamos el borramiento. Documentamos nuestro dolor, nuestros anhelos, nuestra fortaleza y, sobre todo, nuestra inquebrantable humanidad.
Lean estas palabras no como tragedias distantes, sino como verdades en tiempo real. Escúchenlas. Cárguenlas. Déjenlas hacer eco.
Porque ser escuchado es existir.
Y nos rehusamos a desaparecer en silencio.
 
Escrito por estudiantes universitarios de Gaza,
Palestina, junio de 2025

 

 

 

Regresamos de entre los muertos
 Mohaned Jehad Youssef Alnajjar
 
El 23 de diciembre, la mañana llegó envuelta en miedo.
Las fuerzas israelíes avanzaron sobre nuestra pequeña ciudad, dejando atrás un rastro de muerte y pólvora, bajo una lluvia de fuego como nunca habíamos visto antes.
El estruendo de las aeronaves no cesaba. Las balas atravesaban el cielo. Los edificios se derrumbaban como hojas de otoño.
Los llantos de los niños se mezclaban con las oraciones de las madres, y la preocupación se grababa en los rostros que no conocían otra cosa que la adversidad.
En medio de todo esto, estábamos allí, huyendo no solo con nuestros pies, sino con nuestras oraciones, aferrándonos desesperadamente a la vida. Fuimos desplazados.
Dejamos todo atrás: nuestro hogar, nuestros recuerdos, las fotos en las paredes, incluso los juguetes de los niños.
Sobrevivimos por milagro, como si Dios nos hubiera salvado del abrazo de la muerte en el último momento.
Desde ese día, la noche se volvió aterradora.
No dormimos de verdad, solo esperamos la próxima explosión. Medimos la seguridad por el sonido de los aviones.
Cuando se van, respiramos aliviados, brevemente.
Cuando regresan, cubrimos la cabeza con las mantas y nos preparamos para lo que venga.
Y aún así, seguimos escribiendo. Escribimos para decir que estuvimos aquí.
Que resistimos la muerte, no solo con desafío, sino con nuestras historias,
nuestra resistencia,
y nuestro rechazo a dejar de vivir.

 

 

Una noche sin amanecer
Rasha Ismail Musabeh
 No dormimos esa noche.
El terror se aferró a nuestros corazones y nos robó el aliento.
Los aviones de la ocupación no cesaron de bombardear ni un solo momento.
Estábamos atrapados dentro de esta escuela, sin poder salir.
Nos pasamos todo el tiempo aguardando desesperadamente por la mañana.
Fue la noche más larga que he tenido que vivir. Todo fue absolutamente aterrador.
El resplandor de los misiles pintaba de naranja el cielo nocturno, seguido de un sonido más allá de cualquier descripción,
uno tan poderoso que sentí que mi alma podría abandonar mi cuerpo. Mi corazón se congelaba en esos momentos, y cerraba los ojos con fuerza, convencida de que quizás nunca más se volverían a abrir.
Y tan pronto como llegó la mañana,
corrimos a la ventana del aula para ver dónde habían caído las bombas durante la noche.
Pero lo que vimos fue impactante,
todo estaba tan cerca.
Empecé a temblar.
Le supliqué a mi familia que nos fuéramos,
pero me dijeron que la situación afuera era demasiado peligrosa.
«Tenemos que quedarnos aquí», dijeron.
«No tenemos otra opción más que morir donde estamos, igual que las decenas de miles que ya han martirizado en esta guerra».
No podía soportar esas palabras.
Mis ojos congelados, clavados en la ventana, sin poder apartar la mirada del enorme alcance de la destrucción enfrente de mí.
Durante todo el día tuve una sensación,
de que algo terrible iba a pasar en esta escuela. No sabía cómo ni cuándo,
pero esa sensación no me abandonó.
Exactamente a las 2:30 de la tarde,
estaba barriendo el aula, limpiando como de costumbre. Mi hermana lavaba los platos.
Mi madre estaba en la planta baja, comprando algo de pan para el almuerzo.
Entonces, de repente,
el sonido de la pesadilla.
Un misil cayó en el centro del patio de la escuela. Vidrios hechos añicos.
Fragmentos del cohete llovían sobre nosotros.
Solté la escoba de mis manos
y corrí a la puerta del aula, gritando a todo pulmón:
«¡Mamá! ¡Mamá!».
Corrí lo más rápido que pude. Sólo podía ver gris:
el humo del misil había cubierto cada rincón de la escuela.
Cuando finalmente llegué a la planta baja, vi a mi madre.
No podía creer lo que veían mis ojos.
Antes de darme cuenta, la estaba abrazando con fuerza,
revisándola por completo, asegurándome de que el misil no la hubiera herido.
Luego, desvié la mirada de mi madre al patio de la escuela, y lo vi empapado en la sangre de mártires.
Un escalofrío me recorrió mi cuerpo.
De repente, recordé la sangre del sacrificio que vemos durante el Eid al-Adha.
Pero nunca imaginé que nosotros seríamos el sacrificio.
Niños esparcidos por el suelo. Ancianos.
Mujeres.
Estoy hablando de una masacre,
veinte mártires cuya sangre pintó el patio de rojo.
No pude ayudar a nadie.
Lo único que pude hacer fue mirar
en silencio, envuelta en un shock tan profundo, un dolor que no ha sido, ni será, olvidado.