La pala y la política: arqueología como instrumento colonial en Palestina
En enero de 1992, un arqueólogo estadounidense fue asesinado en Cisjordania. Lo que había desenterrado Albert Glock era incómodo: evidencia de una presencia palestina antigua, continua, y perfectamente documentable.
El 19 de enero de 1992, Albert Glock fue asesinado en Cisjordania. Dos balazos en el corazón. El arqueólogo estadounidense, de 66 años, era director del departamento de arqueología de la Universidad de Birzeit, en territorio ocupado por Israel. Nadie fue condenado. El caso permanece sin resolver.
Glock había llegado a Palestina en los años sesenta como misionero luterano. Con el tiempo abandonó la búsqueda de confirmaciones bíblicas que guiaba a la mayoría de sus colegas y se dedicó a documentar la vida cotidiana de las comunidades palestinas a través del registro arqueológico. En un territorio donde la arqueología llevaba décadas siendo usada para construir argumentos de soberanía, eso no era un gesto neutral.
La Biblia en una mano, la pala en la otra
Para entender por qué el trabajo de Glock era tan perturbador, hay que entender qué había sido la arqueología en Palestina antes de él. Desde el siglo XIX, los arqueólogos occidentales —primero misioneros protestantes, luego académicos europeos y estadounidenses— llegaron a la región con un objetivo declarado: confirmar la historicidad de la Biblia. Excavaban en busca de Abraham, de David, de Salomón. Lo que no encajaba en ese relato —trece siglos de presencia árabe, capas islámicas, otomanas, medievales— era considerado un obstáculo, no un objeto de estudio.
Cuando Israel fue fundado en 1948, heredó esa tradición y la intensificó. Ben-Gurión trataba la Biblia como el documento fundacional de la identidad nacional. Durante casi veinte años organizó en su casa un grupo de estudio bíblico al que asistían académicos y figuras del Estado. En ese marco, la arqueología no era una disciplina académica entre otras: era la búsqueda de las raíces materiales de la nación.
Los arqueólogos israelíes que siguieron esa línea —Yigael Yadin, Benjamin Mazar, Yohanan Aharoni— eran parte de la élite gobernante. Yadin fue jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel antes de convertirse en arqueólogo, y luego vicepresidente del gobierno. Sus excavaciones en Masada, Hazor y Meguido eran trabajo académico, pero aún más importante eran actos de construcción nacional.
La lógica era circular: se usaba la Biblia para decidir qué buscar y cómo interpretar lo encontrado, y luego se presentaban esos hallazgos como prueba de que la Biblia decía la verdad. El método se confirmaba a sí mismo. La arqueóloga Eilat Mazar resumió ese método con una frase que vale como definición de toda una escuela: trabajaba "con la Biblia en una mano y las herramientas de excavación en la otra". El objetivo no era descubrir lo que había, sino confirmar lo que el relato nacional necesitaba que hubiera.
En junio de 1967, tres días después de capturar Jerusalén Este, las topadoras israelíes demolieron en menos de 24 horas el Barrio Marroquí —un vecindario de 700 años de antigüedad con 650 residentes— para construir la plaza actual del Muro Occidental. Sobre ese mismo terreno, Benjamin Mazar inició al año siguiente las excavaciones arqueológicas que buscarían confirmar el relato bíblico. El orden de los hechos es elocuente: primero se borró el presente árabe, luego se excavó en busca del pasado judío.
Lo que Glock desenterró
Albert Glock pasó décadas excavando en la región. Pero a diferencia de sus contemporáneos, no estaba buscando a los reyes de Israel. Estaba buscando a los palestinos.
Su proyecto era construir lo que llamaba una "arqueología palestina": el estudio de la vida cotidiana de las comunidades que habían habitado esa tierra a lo largo del tiempo, sin descontar la diversidad étnica y religiosa de la región. Excavó durante años el sitio de Tell Ta'annek, en Cisjordania. Pero incorporó además una metodología poco común en la época: la etnoarqueología, que estudia comunidades vivas para entender mejor el registro material del pasado. Glock hizo trabajo de campo en campamentos de refugiados palestinos, documentando tradiciones, objetos y formas de vida que permitían interpretar con otros ojos lo que la tierra devolvía.
Fundó y dirigió el departamento de arqueología de Birzeit, la primera institución palestina dedicada a preservar y estudiar su propio patrimonio. Hasta entonces, la población nativa había sido relegada al rol de mano de obra en excavaciones dirigidas por extranjeros que se llevaban los hallazgos a museos y universidades de Occidente.
Lo que Glock demostraba, capa tras capa, era que Palestina no había estado vacía. Que los pueblos palestinos tenían tradiciones materiales continuas y documentables. Que la historia árabe e islámica de la región no era un paréntesis entre el Israel bíblico y el Israel moderno, sino la mayor parte del registro arqueológico. Para la narrativa sionista que necesitaba un territorio sin pueblo para un pueblo sin territorio, eso era un problema.
La arqueología como continuación de la guerra por otros medios
La Autoridad de Antigüedades israelí —técnicamente subordinada al Ministerio de Defensa— ha demolido construcciones palestinas, desalojado residentes y confiscado tierras bajo el pretexto de preservar el patrimonio arqueológico.
Las excavaciones en el barrio palestino de Silwan, en Jerusalén Este, ilustran ese mecanismo con claridad. Desde los años noventa, la Asociación Elad —organización colonizadora cuyo objetivo declarado públicamente es "judaizar" Silwan— financia las excavaciones que ejecuta la Autoridad de Antigüedades israelí en lo que denomina "Ciudad de David". En 2018, el gobierno israelí aprobó adicionalmente 47 millones de shekels en fondos públicos para esas mismas excavaciones. Los túneles fueron excavados bajo casas palestinas habitadas sin notificar a sus residentes. Unas 38 viviendas en el barrio de Wadi Hilweh presentaron grietas y daños estructurales durante el período de las excavaciones, diez de ellas declaradas inhabitables.
El patrón que Glock denunció en vida —no la búsqueda del conocimiento, sino su instrumentalización— no ha desaparecido.
Una arqueología para todos

No todos los arqueólogos israelíes aceptaron esa lógica en silencio. La organización Emek Shaveh —integrada por profesionales que trabajan desde dentro de la disciplina— representa la crítica más incómoda para el establishment precisamente porque no viene de afuera. Su principio central es que un sitio arqueológico no puede constituir prueba de precedencia ni de propiedad por parte de ninguna nación, grupo étnico o religión. La arqueología, sostienen, cuenta una historia independiente de los textos sagrados y de las agendas de Estado. Cada estrato tiene el mismo valor. Ninguna cultura ocupa un lugar superior en la jerarquía del pasado.
Desde esa posición, Emek Shaveh documenta cómo las excavaciones imponen una narrativa única sobre los hallazgos, excluyendo sistemáticamente todo lo que no confirma el relato bíblico, y cómo la gestión de esos sitios por organizaciones con agendas nacionalistas contradice los principios básicos de la disciplina. No es una crítica política desde fuera: es una crítica profesional desde adentro. Y es, por eso mismo, la más difícil de desestimar.
Lo que la tierra dice cuando se la deja hablar
El trabajo iniciado por Glock en Birzeit continuó. El departamento que fundó se convirtió en el Instituto Palestino de Arqueología. Opera bajo ocupación militar, con recursos escasos y con restricciones severas: Israel le ha negado permiso para excavar en el Área C de Cisjordania, donde se encuentra el 60% de los sitios arqueológicos del territorio. Sus investigadores no pueden enseñar arqueología de Jerusalén porque no les permiten entrar a la ciudad. De los cerca de 8.000 sitios identificados en los territorios ocupados, arqueólogos israelíes han excavado o relevado 1.200 sin permitir a los palestinos acceso a los sitios ni a los hallazgos.
Que el Instituto haya sobrevivido es en sí mismo un dato. Hoy forma a arqueólogos palestinos que documentan un registro que, de otro modo, sería destruido o ignorado. La arqueología, en ese contexto, es también un acto de resistencia: no se trata de probar la existencia de un pueblo —algo que ningún pueblo necesita probar— sino de impedir que esa existencia sea borrada.
Fuentes
Fox, Edward. Palestine Twilight: The Murder of Dr. Albert Glock and the Archaeology of the Holy Land. HarperCollins, 2001.
Glock, Albert E. "Archaeology as Cultural Survival: The Future of the Palestinian Past." Journal of Palestine Studies, vol. 23, no. 3, 1994, pp. 70–84.
Lamie, Katherine. "Archaeology in Palestine: The Life and Death of Albert Glock." Nebraska Anthropologist, vol. 30, 2007. University of Nebraska–Lincoln.
Silberman, Neil Asher. A Prophet from Amongst You: The Life of Yigael Yadin. Addison-Wesley, 1993.
Finkelstein, Israel y Silberman, Neil Asher. The Bible Unearthed: Archaeology's New Vision of Ancient Israel and the Origin of Its Sacred Texts. Free Press, 2001.
Abu El-Haj, Nadia. Facts on the Ground: Archaeological Practice and Territorial Self-Fashioning in Israeli Society. University of Chicago Press, 2001.
Greenberg, Raphael. "Archaeology and Nationalism in Eretz-Israel." American Journal of Archaeology, vol. 114, no. 3, 2010.
Hamilton, Annette. "In Ruins: Archaeological Warfare in the West Bank." The Drift, septiembre 2025.
Emek Shaveh. "About Emek Shaveh." emekshaveh.org. Consultado en junio de 2026.
Emek Shaveh. "Fissures and Cracks: Damage to Homes in the Wadi Hilweh Neighborhood of Silwan." marzo de 2020.
Emek Shaveh. "The Israeli Government Approved a Record Amount for Archaeological Excavations in Silwan." mayo de 2018.